” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

martes, 31 de diciembre de 2013


Inusitado lector:
   No son estos escritos para leerse apenas. Prueba a cantarlos con la música que tu garganta sienta más profunda. Le hallarás un ritmo a estas palabras, una cadencia a cada frase, un ramo de aleteos que anuncian vuelo y cielo.
   Prueba a gritarlos, a decirlos con ronca algarabía de vino y de guitarra. Cuando encuentres la íntima armonía que te los haga tuyos, entonces serán versos.
   Acaso así nos encontraremos, esta mujer que escribe y ese lector que tiembla.





Humanitas: (latin): humanidad, lo humano, la condición humana. Es decir lo que nombra este libro: la vida que pasa, el amor, el dolor, la vejez y la muerte. No hallé otros temas de mayor importancia.
Parábola: pequeño relato (a veces inconcluso) de interpretación abierta. Verbigracia, la paradoja que conlleva el hecho de que alguien que está al borde de la muerte, se quite la vida.
Escena: Breve secuencia determinada por entrada y salida de personaje (teatro). También esas situaciones sueltas y recurrentes que se expresan en una imagen o un recuerdo.

P./D.: La vida de la humanidad es un conjunto de parábolas y un rosario de escenas a menudo repetidas.


miércoles, 25 de diciembre de 2013

Cuestión de género

   La antropóloga Margaret Mead, seguidora del método etnocéntrico, de la escuela estructuralista de Levi Strauss, propuso la hipótesis de que los rasgos distintivos de género (básicamente femenino-masculino) no son inmanentes sino culturales y están determinados por el esquema básico de la cosmovisión de la comunidad. La creencia de que lo masculino se define por la agresividad, la capacidad de emprendimiento y la fuerza física y moral, y de que lo femenino se configura por la fragilidad, la docilidad, en la dependencia y básicamente en la maternidad. 
   Es sabida la polarización del afuera y el adentro (el mundo y la casa) que estipuló Lacan como la verdad absoluta para los roles masculinos femeninos en la vida comunitaria de occidente.  Lacan ha disparado fanatismos y rivalidades extremas: los que avalan con su mirada el principio machista que organiza, aún hoy, nuestra sociedad lo aman tanto como lo detestan las feministas, incluso las que nunca lo han leído. En el bulevard creemos que Lacan, como lo hizo antes Freud, solo señaló una realidad, o mejor dicho le puso teoría a un panorama tan evidente que se hacía difícil rebatirlo. 
   Los hombres en la calle, manejando la ley y el erario público, haciendo la guerra, ganando dinero y gastándolo, fue una realidad total en occidente hasta la segunda guerra mundial. Después el mundo occidental cambió de modo irregular y aleatorio: hubo avances y retrocesos, surgieron nuevos valores y perimieron otros. En un occidente devastado por la guerra, muchos hombres habían perdido la posibilidad de controlar el predominio de sus genes en su estirpe (miles de hombres, baldados y maltrechos tuvieron que criar a los hijos de sus vencedores, resultados del estupro de sus hijas, la violación de sus mujeres o sencillamente el comercio que estas realizaron por necesidad de sobrevivencia con los enemigos). Esos hombres además no podían mantener a sus mujeres que se las habían arreglado mal que bien sin ellos durante la guerra y no podían dirigir hogares que habían modificado su esencia y trastornado los roles de sus integrantes.  
   A este panorama, que fue muy visible en Europa, se le sumó la mirada subversiva de las vanguardias, que en un alto porcentaje estuvo en manos de hombres que gustaban de hombres. Las ideas disruptivas de las vanguardias pusieron a la vista temas que hoy está naturalizados y están regulados por leyes o son objeto de debate. Así, cuando Margaret Mead propone revisar si la condición masculino-femenino es equivalente de agresividad-delicadeza, está pellizcando en la carne viva del narcisismo occidental. Y está cuestionando, con menos prensa y popularidad que el machista Lacan, la cuestión de género tal como se la percibía en occidente (pero también en las complejas civilizaciones orientales).
   Ser mujer, ilustra Mead, es una condición biológica, que se concreta socialmente de diferente modo según la cultura y su particular cosmovisión. La cultura occidental y cristiana polariza las cualidades de violencia-fuerza en el varón y debilidad-dulzura en la hembra. Sin embargo, ciertas culturas, (ella estudia específicamente culturas de Nueva Zelanda) organizan el tejido social en uno de estos principios reguladores de la sobrevivencia: la agresividad, la suavidad y la dulzura, o la polarización inversa a la conocida entre nosotros. 
   En las sociedades con matriz agresiva, sobrevive el que se impone por la resistencia dura, la fuerza e incluso la violencia, en ese caso el canibalismo es un ritual y un mecanismo psico-cultural coadyuvante fundamental. De idéntico modo las sociedades pacíficas no hacen distingo entre varón-agresivo, mujer-sumisa; por el contrario, en esos casos la agresividad y la violencia son signo de inadaptación, tanto para uno como para otro. Mead encuentra además una cultura en la que los roles femenino-masculino son inversos a los de occidente: la mujer es allí productora de bienes y es el varón el que se adorna y embellece tratando a lo largo de la vida, desde que siendo niño es expulsado de la casa de las mujeres, de conquistar el esquivo corazón de la madre primero, de la hembra después. 
   Recuperando la hipótesis de Margaret Mead, nacer mujer es una condición biológica que solo en la cultura, cuando ésta está modalizada de ese modo, exige de la hembra dependencia y sumisión. Del mismo modo, este determinismo cultural establece tácitamente el maltrato, el abandono y la degradación del débil, en primer lugar de la hembra, pero por reflejo de cualquiera que se le equipare en condición de inferioridad: el enfermo, el viejo, el niño, el anormal y finalmente los seres que quedan en la base de la pirámide de Aristóteles, es decir animales y plantas.
   Eric Fromm revisó este escalofriante modelo y señaló, también polarizando, puesto que ésa es la cosmovisión de occidente, que solo hay dos posibles matrices de comportamiento: la autoritaria o la democrática (o del consenso). Cuando alguien recupera la antiquísima, y perimida, diferencia y oposición entre Adán y Eva (que es solo un mito cruel y antiquísimo), entre hombre y mujer, entre machismo y feminismo (que es solo una elaboración del siglo XX para revisar e intentar superar la antinomia), creemos que está olvidando, no que somos iguales, puesto que no son iguales un hombre y una mujer, o dos hombres entre sí, o dos mujeres que comparten la incómoda condición de su sexo, sino que está olvidando los rasgos esenciales de la condición humana. 
   Nacemos, crecemos, vivimos y sufrimos, como seres humanos. Cuando el dolor o la dicha llegan, cuando la enfermedad o la muertte llegan, cuando la plenitud y la expansión espiritual llegan, cuando la trascendencia nos toca a través de la inteligencia (extraño y terrible don), no lo hacen más que como lo que somos: humanos. 
   La condición de género es una diferenciación y un recorte injusto y hasta malsano, ha dado herramientas inhumanas para marcar diferencias que no nos merecemos y que no deberíamos tolerar. La única condición que importa no es genérica sino universal; si pensáramos en humanidad y humanitariamente, no nos reconoceríamos como hombres o mujeres sino como un fenómeno excepcional y maravilloso acerca del cual pocas certezas tenemos pero que nos ha sido dado por algún ingénito misterio y nos ha puesto de cara, desnudos y solos, ante la maravilla de la existencia del universo y de la nuestra propia. 
   No me define mi condición de género. Me define, si algo me define, puesto que no tengo certezas ante el misterio, mi condición de ser humano. Sobre todo cuando me reconozco en la posibilidad de aprehender la belleza inconmensurable de este cielo estrellado, el desamparo desconfiado de este perro, la soledad inhóspita y desnuda que me ha tocado en suerte y la maravilla de encontrarte a vos, mi hermano, mi otro, en la senda polvorienta de este bulevar que empieza y que termina, pero que me ha sido dado a recorrer por una única, inédita e irrepetible vez.


   

sábado, 21 de diciembre de 2013

Santino y la resistencia

    El boulevard es un lugar austero, seco, polvoriento y expuesto a la luz anaranjada de este sol sin filtro que te cocina el alma. Lo atravesamos inclinados hacia la buena tierra que estertora de calor y fatiga, pero aún nos sostiene. Llegamos, con el sol declinado, a los multicolores mercados de los hombres. Espacios en donde las muchachas en vez de estar sacudiendo su pelo mojado en mitad de un patio verde y lleno de flores, gastan la frescura de sus días tras un mostrador, esculcando los billetes lilas con el ojo fosforescente de un pequeño falo de metal que les indica si el billete es válido o no. 
   Allí, entre artilugios de plástico brillante que educarán el sentido del consumo de las nuevas generaciones entrenándolos en el deseo siempre insatisfecho y la acumulación nunca completa, circulamos las abuelas intentando hallar el objeto maravilloso que logre decir lo que nunca aprendimos a decir. Objetos que traduzcan sin palabras el sentido trascendente e inconcluso de ese río que desde nuestro corazón hacia el mudo se soltó con la llegada del hijo y que hoy se extiende hacia más allá con la risa y el asombro del nieto; eso que seguirá en sus descendientes hasta que todo estalle o todo se duerma, gris y frío, en el final predecible... pero tan lejano...  
   Elegimos un objeto vistoso, tratamos de encontrarle razones a la sinrazón, de justificar nuestra inoperancia humana para hacer lo que decimos y vivir como creemos que creemos. Como la contradicción nos acosa acompañamos el obsequio con el único objeto al que le asignamos cierto valor y que regalaríamos siempre, aún cuando no tengamos abrigo ni comida y que recibiríamos con felicidad, aún cuando no tuviéramos abrigo ni comida. 
   Compramos un libro para cada uno de los niños. Lo elegimos cuidadosamente: no un volumen muy vistoso ni atractivo, pero si un volumen que tenga cierto mensaje; al menos algo cercano al que creemos que nos gustaría hacerle llegar a estos principitos que la cultura del consumo fagocita hambrienta y amasija salaz. Libros que hablen del hombre, del conocimiento, libros ricos, potentes, con alma.
   El primer regalo es tomado con entusiasmo. Camilo es amable y lee con precisión. Lee las tarjetas, distribuye, nos soluciona el tremebundo problema del pudor  que tanto dificulta el acercamiento a los que amamos. Algarabía, expresiones de sorpresa, aceptación, al menos es lo que se demuestra.
   En una segunda entrega alargamos los libros. Somos conscientes de que no es un regalo vistoso ni esperado. Camilo toma el libro y lo hojea, lo revisa como un cirujano, lee frases, circula por las páginas con un orden aleatorio y sus ojos negros y vivos se zambullen en ese manantial maravilloso que es para un lector novísimo un libro desconocido. Santino, frontal y malhumorado, rechaza abiertamente este segundo obsequio. Los padres incómodos y un poco avergonzados lo presionan para que tome el libro. Santino alza el brazo y acompaña el gesto despectivo y hastiado con una justificación irrebatible: -No quiero. ¡Yo ya tengo un libro!



domingo, 15 de diciembre de 2013

El cuchillo de José Dolores

   Queimada es una película de la que nunca había oido hablar. La compré porque Marlon Brando era uno de los protagonista y soy consecuente con mis debilidades. Fue una sorpresa desgarradora. Brando siempre tan ambiguo, tan crudo, tan insondable. Y frente a él, Evaristo Márquez, hermoso hombre, hermoso actor. Pero la película no es Brando o Márquez sino la metáfora que ambos representan tan magníficamente: el desencuentro humano, la ambición de las multinacionales, la cruda verdad de que las revoluciones latinoamericanas, de las que tan orgullosos estamos, fueron promovidas por el cambio de los mercados internacionales.
   También la historia del revolucionario muestra como los gestores de imperios no fueron, ni son, capaces de prever que una vez que los oprimidos entienden que la revolución es la única salida, con su escalofriante cuota de dolor y de muerte, ya no hay camino de vuelta. Las rebeliones pueden ahogarse en sangre pero siempre aparecerá un rebelde nuevo con su terrible cuchillo vengador.
   Sin embargo la película no habla de venganza sino de la conciencia que alcanza una población sojuzgada acerca del lugar que le ha sido asignado en la distribución del trabajo, sus beneficios y los derechos que le han sido negados, y la evolución de esa conciencia desde la mera resistencia individual a la rebelión colectiva en prosecución de la modificación del statu quo; ergo: la revolución. 
   En medio de esa propuesta conceptual se dan los detalles vívidos del ciclo de los individuos que simbolizan a ambos colectivos. El inglés, un empleado cínico, cuya maldad nunca queda totalmente desnuda porque no es solo suya, es la maldad de un sistema, impersonal, calculadora, distante, descomprometida con lo humano. Sin embargo lo humano lo alcanza, lo desorienta, lo deja en la cumbre áspera de la soledad y lo destruye. El esclavo, negro, por supuesto, que despierta a la complejidad de una cultura que le es ajena y que se transforma en un hombre autónomo, consciente de su condición y de sus posibilidades como herramienta de lucha, como líder, como jefe; y finalmente como símbolo que se legitima en el martirio.
   Queimada es una película que apareció antes de que fuera publicada "Las venas abiertas de América Latina". Y tiene con la obra de Galeano una serie de coincidencias estéticas y temáticas que ilustran el drama inacabable de los pueblos colonizados-descolonizados. De esas imágenes-metáforas, la más evidente es la cita visual de la niñez. Los niños arrastrando el cadáver de su padre ajusticiado por rebelde; José Dolores, el jefe revolucionario, levantando un bebé desnudo (los niños siempre están desnudos en la película) en la primera celebración de victoria; los soldados ingleses rescatando, o atrapando, un niño de la aldea incendiada en una de las escenas finales. Galeano señala en el prólogo de sus "Venas...": "(...)hay trecientos millones de niños en el ojo de la tormenta." después de asegurar que la única salida para A.L. será la violencia. 
   Para lo viejos que aún rescatamos la esencia de  la revolución cubana, su verde cogollo de promesas, y no olvidamos la belleza inimitable de los ojos del Che, Queimada desgarra con filosa uña nuestra inmensurable tristeza por los sueños no cumplidos, traicionados, pisoteados, olvidados. Y sopesamos nuestra ilusión de mejorar el mundo con palabras frente a la posibilidad de quedar, hieráticos y mudos como José Dolores, aceptando el castigo que sufren los rebeldes, para rebrotar, en algún lugar, como un cuchillo vengador y desnudo, justiciero... 

  Queimada es una película de Gillo Pontecorvo.

martes, 10 de diciembre de 2013

  De Don Quijote y los refranes 

   Aquel día don Quijote le recriminó a Sancho su irritante costumbre de hablar, responder, argumentar, con refranes. Sancho hizo una larga defensa de su hábito de raíz popular y demarcó un espacio de las posibilidades de la comunicación humana que amerita una pequeña reflexión: nada nuevo hay bajo el sol, todo lo que podría decirse, dicho está. 
   Además de apreciar el profundo conocimiento de la sabiduría popular de Miguel de Cervantes Saavedra, capaz de hacer una de las recopilaciones más memoriosas del refranero español, y de demostrar el ingenio insuperado del escritor al elaborar una sesuda argumentación cocatenando refranes en una relación significativa, creativa, rítmica y oportuna; además de asumir que aunque el Quijote es un libro que nos ha costado esfuerzo leer también es un libro que no se termina nunca de decodificar e interpretar; además de apreciar en El Quijote a la primera novela total de la literatura occidental; además de todo eso, tenemos que agradecerle esa mirada recopiladora sobre las creaciones del lenguaje popular que tan útil nos es en este momento par sintetizar con un refrán de antigua raigambre española lo que nos inspira este paisaje de desazón social en que nos ha zambullido el momento de enfrentamientos, conflictos, caos, que nos toca observar desde el bulevard.
   Consignando algunas páginas de opinión leídas en la web (Que explica el fenómeno de los saqueos -Fernando Laborda- La Nación / El origen: una crisis social no reconocida -Joaquín Morales solá- La Nación), Sancho tal vez diría: "Cría cuervos y te sacarán los ojos". Porque Sancho, con su saber pragmático y utilitario, era capaz de prever, ya que no preveer, el futuro. Si solo miramos el presente es probable que perdamos de vista el futuro y que en ese futuro, que agazapado nos saltará un día a los ojos, valga el retruécano tomado del refrán, para cobrarse las deudas con el porvenir que no supimos considerar.
   Los que guardamos la juventud como una fuente de eterno alimento sabemos que es allí donde está la raíz de este ser que hoy somos: los sueños del joven serán probablemente el punto de partida de los esfuerzos del adulto. Aquel joven que fuimos, lleno de ideales, de deseos ingenuos de mejorar el mundo, de utopías irrealizables pero infinitamente bellas, nos dio esperanzas para regar el árbol difícil y rústico de la resistencia terca en que se encueva la ignorancia, nos dio poder para enfrentar el reconcomio de la envidia, la maldad y el resentimiento de los que no creían en el cambio, en la verdad, la justicia y la bondad. Pero toda esa potencia moral, ética, espiritual si se quiere, ha tenido su fuente en una visión del mundo que se formulaba a partir y a través de la educación. Y esa educación, con las contradicciones que son naturales en cualquier cultura, con los defectos que podamos encontrarle, con su matriz autoritaria y su sesgo disciplinar y coactivo, con sus marcas de prejuicios raciales, sociales, culturales, religiosos, políticos, esa educación nos preparó para vivir con otros: convivir.
   En dos páginas que siempre releemos a la sombra de los eucaliptos de nuestro bulevard, Pedro Salinas, en Historia de la literatura española (Del Mío Cid a García Lorca), analiza la relación que él observa entre Quijote y Sancho: una relación dual. Así como Quijote es el ideal, la ascesis,  Sancho representaría todo lo grosero del ser humano (así lo dice Salinas). Y sin embargo Quijote buscó a Sancho para que lo acompañe, porque aún cuando salimos a buscar el ideal, a desfacer entuertos, a arreglar el mundo, no podemos deshacernos de Sancho, de esa parte nuestra sin la cual estaríamos escindidos, incompletos. Sin embargo, Quijote establece las regulaciones de la convivencia, Sancho asume de a poco su posibilidad de bondad, de trascendencia, la convivencia con Quijote lo hace bueno, dice Salinas. Porque Quijote es el mejor. Quijote es esa parte de nosotros que debemos alimentar, hacer crecer, para que se imponga sobre los bajos, aunque naturales, comprensibles, instintos de nuestra parte Sanchezca.
   Cuando nuestra educación dejó morir a Quijote, lo descuidó al extremo de que lo sanchezco saliera crudo y absoluto, desnudo dueño de la realidad, nuestra convivencia comunitaria inició esta debacle socio- cultural que nos arrasa. Se le han dado nombres a esta cultura de la vulgaridad, la grosería, la desconsideración hacia el prójimo, se la ha catalogado como tinelización, plebeyización, entre otros adjetivos. Es evidente que la degradación de la empatía hasta el punto de su desaparición, la exacerbación de la sensualidad, de la búsqueda de satisfacción inmediata, el cultivo sistemático del resentimiento y el desprecio por el otro, el reinado infinito y pegajoso de la calumnia y el chisme, la maldad como espectáculo, nos han instalado en una cultura de profundo menosprecio por la vida ajena. Basta recorrer los medios de comunicación masiva, incluyendo las redes sociales de la web, para tener infinitos ejemplos de ello.
   Si en esta población que sale a destrozar el mundo por diversión, por resentimiento, por crueldad, por vaya a saber que insospechado sentimiento de venganza o resarcimiento, hubiéramos educado esa veta de bondad necesaria para la convivencia tal vez hoy podríamos, como Quijote y Sancho, sentarnos alrededor de un fueguito fraterno, junto a humildes pastores a compartir mansamente el pan escaso pero tan generosamente repartido y compartido.
   Quijote, que era pobre de solemnidad, no necesitó ni aún pedir para saciar su hambre y fue capaz de reflexionar melancólicamente sobre la pobreza a partir de un agujero en sus gastadas medias. Quijote habría sido capaz de pasar hambre antes de robar o de dañar a alguien. Al menos eso queremos creer. Queremos creer que nuestra parte quijotesca es capaz, aún en la peor de las situaciones, de mirar las riquezas, los alimentos, los bienes que acaparan otros sin osar levantar un dedo contra esos bienes ni menos aún contra esas personas. Queremos creer, contra toda contraria certeza, que aun en un sistema de disolución moral extrema, de corrupción impune, de desolación y decepción infinita, todavía el sol sale para todos y mañana será otro día. Todavía podemos decir junto a Sancho, llorando suplicantes: -No se muera, señor Don Quijote, aún nos falta salir a conquistar el reino de la bondad y la justicia.


domingo, 8 de diciembre de 2013

De la columna al bulevard

   Simón, el estilita, vivió toda su vida adulta alejado del mundo. Lo logró en gran medida buscando la altura: primero fue un promontorio, pero como la gente llegaba igual y no lo dejaba gozar del deseado aislamiento, Simón se instaló sobre una columna, la cual fue adquiriendo mayor altura cada vez, hasta llegar a medir quince metros. Debió haber vivido en esa condición entre veinticinco y treinta y cinco años. No fue el único, pero es de quién he tenido noticias siendo yo muy joven, gracias a mis apasionadas lecturas de la obra de Herman Hesse. 
   El mayor asombro, y las preguntas en aquellos años, lo constituían para mi las cuestiones prácticas de una vida en esas condiciones. Viniendo de una cultura campesina, sintiéndome dueña de las distancias y de anchos paisajes como lo son aún hoy los del Chaco rural, era difícil de asumir que alguien viviera en una superficie tan estrecha como aquella plataforma a la intemperie donde Simón pasó su larga vida. La estrechez del lugar, la desnudez, la probable ausencia de todo tipo de higiene, me asombraban y me repugnaban en medidas iguales.
   Han pasado muchos años en mi vida; y en el mundo han pasado muchos siglos desde la vida de Simón y su ascética manera de buscar la santidad. El mundo y la humanidad son aterradoramente multitudinarios y la tecnología digital ha replanteado la concepción de la soledad y de las búsquedas personales. Se está hoy en un estrecho lugar, eso sí lleno de confort, y se está allí solo, pero a la vez en relación con mucha gente, algunas decenas o algunos miles, según que uno sea más exhibicionista o más popular o más vistoso, o más consecuente con la cultura de la imagen. 
   Esos ámbitos digitales dan cierta percepción de vida social, de acompañamiento, de posibilidades de cercanía y participación. Son ricos en personas que tienen muy poco para decir y, en general eso que tienen para decir consiste en una receta sobre como vivir maravillosamente bien, maravillosamente light, maravillosamente perfectos. En esas redes todos son tan buenos y dulces y generosos, todos tienen la justa y verdadera opinión sobre todo. Nadie en realidad escucha y mira al otro más que con la caliente mirada de la competencia y el exhibicionismo. 
   Simón, el estilista, intentó separarse del mundo. sin embargo el mundo lo seguía adonde fuera y multitudes de hombres desfilaron al pie de su columna y muchos treparon a ella para pedirle consejos o escuchar su prédica espiritual. Simón no salió al mundo. el mundo vino a él.
   No puedo, como Simón, subirme a una columna, padezco de vértigo y soy extremadamente sensible a la intemperie. Pero tengo un bulevard por el que he andado y desandado mi infancia, mi ingenua adolescencia y mi atormentada juventud. Vuelvo a él cada tanto. Bajo sus viejos y maltrechos eucaliptos camino y divago mientras espero que lo poco que he aprendido y sembrado y cuidado, florezca para otros como florece el trébol su flor amarilla o azul; tímido, pequeño, sin claudicar, en cada primavera.
   El bulevard es un lugar donde seguramente podré defender la posibilidad que cada hombre tiene de ser distinto, de sufrir su propia desazón de existencia absurda, de celebrar la mansa felicidad del amor cotidiano, de beber la exaltación de la lucha necesaria, de vivir la vida sin necesidad de exhibirla a las miradas de nadie pero también sin esconderla en la miseria o el temor.
   En este bulevard no hay negros ni blancos, hombres o mujeres, jóvenes o viejos, lindos o feos. El bulevard es un ámbito donde todos merecen la vida, hasta los pequeños escarabajos que empujan como Sísifo la oscura pelota de su tristeza. Este bulevard es un homenaje a la bondad, a la libertad y a la palabra. Nadie te pedirá que vengas. Pero aún sin llamarte podrás entrar y caminar por él.
Porque, finalmente, aunque me aterran las magníficas alturas de la santidad y la gloria, quiero ser un poco como Simón, aquel ermitaño que quería estar a solas con su dios pero que nunca rechazó a ninguno de los que se acercaron a los pies de su columna.











jueves, 5 de diciembre de 2013


 
     He tomado esta imagen prestada de la red. No conozco el nombre del autor. Gracias.
Este chico
                                                                                                              A Gachi López, por la lucidez  

   Este chico ha tenido, básicamente, mala educación. 
  Ha tenido (un 70 % de posibilidades) malos padres. Y no malos padres porque no trabajaran o no lo cuidaran; malos padres porque no sabían decir que no cuando había que decir que no, porque cuestionaron a los docentes que estaban para enseñarle a pensar, porque le dieron lo que no podían darle a costa de fiados que no podían pagar y a costa de dinero que no le enseñaron a ganar. Malos padres porque no le mostraron, con ejemplo, con palabra, con disciplina, cual era la diferencia entre ser decente y ser un energúmeno maleducado e insolidario. 
   Este chico ha tenido malos ejemplos.
   Este chico creció en una sociedad que prioriza la imagen, el consumo y el entretenimiento como ejes de las búsquedas existenciales. Sus modelos fueron adultos que mentían enfermedades que no tenían para cobrar una pensión, docentes que elegían hacer paro para salir de shopin, empleados públicos que consiguen un cargo a pesar de su incompetencia solo porque son punteros políticos del mandamás de turno, policías que solo saben golpear cuando deberían proteger al ciudadano, gobernantes que se van de vacaciones en el avión oficial mientras los aborígenes de los bordes mueren de hambre. Y la enumeración puede seguir indefinidamente.
   Este chico ha tenido desde que nació identificado lo bueno y lo bello con lo violento y lo bizarro.
  Este chico quiere ser como Ricardo Fort, absurdo, ridículo, egocéntrico y auto destructivo, pero que todos hablen de él, aunque en ello le vaya la vida. Quiere vivir y morir como Paul Walker, estrellado y quemado, pero glorioso (la medida de la gloria no es equivalente a la que aprendimos los de la vieja generación, San Martín, Belgrano, etc).
   Este chico ha tenido muchas oportunidades de ser diferente.
   Este chico tuvo escuelas a pocas cuadras de su casa, tuvo clubes deportivos casi al lado de las escuelas, tuvo cines y teatros, tuvo festivales a los que asistir y apreciar la plenitud del alma y el corazón cuando sobrevuela por sobre nuestras cabezas como un ala dorada, borracha de felicidad y entusiasmo, impulsada hacia la altura por la música de una guitarra.
   Este chico, en cambio, no tuvo la oportunidad de punto de partida.
   Este chico nació en una cultura donde la juventud periférica es un castigo porque no se espera nada de ellos. Este chico no ha tenido, ni tendrá, la oportunidad de que el mundo espere de él algo diferente de lo que está haciendo en esa imagen. Por eso se les dan becas sin esperar que estudien o aprendan algo, Por eso es más fácil decir que los Pisa están mal planteados. Este chico está siendo utilizado por el sistema para dañar. Y eso da pena. Y miedo.

                           

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Nombres de mujer

   Pueblos, ciudades, con nombre de mujer. Villa Ángela. Dicen que viene de doña Ángela, esposa de Julio Martin, y que se debe en alguna medida, a que esta señora donó el terreno para la iglesia. Idéntico relato encontré en Santa Sylvina. Allí también. Casi sin variantes cuentan que la esposa del hombre fuerte de la zona se llamaba Sylvina y que donó el terreno para la iglesia. Por lo visto es el relato popular, instalado, una especie de tradición oral que en alguna medida recorta una imagen idealizada de esas mujeres según un estereotipo de mandato socio cultural de época.
   Mujeres devotas, amas de casa aplicadas, señoras de su casa, tal vez sumisas, conservadoras. Pero también mujeres que vivieron el rol de pioneras por razones de fuerza mayor, por elección, por esas circunstancias imponderables que nos arrastran hacia nuevos destinos antes de que podamos decidir el si o el no. 
    He visto otros casos de pueblos con nombres de mujeres. No conozco la leyenda que lo justifica. Pero no debe de haber mucha diferencia con estos de por aquí. Como todo relato oral, transmitido de boca en boca, se dice que había otra Ángela, que no era tan dama, ni tenía la posibilidad de donar tierras del estado para la santa casa de dios. Pero esa Ángela se ha perdido. Ha prevalecido la primera, primera dama, dama y señora.
   Los restos de dicha dama reposan en una cripta vidriada en la iglesia de la villa. A su lado, otra urna igual a la suya conserva, dicen, los restos del esposo, ese señor Martin, que junto a Grüneisen y algunos otros más, atravesó a machete los montes del Chaco austral y se instaló justo en el lugar donde las aguas de abundosas lluvias fluían hacia el sur y donde el tren de la lejana capital comenzaba a aquietar su sonoro traqueteo. Fin de la punta de rieles y justo al borde norte de los bajos submeridionales, con sus aguas indomables y sus ñacanináes mitológicas.
   A ese lugar vinieron, seguramente en el tren, acaloradas, curiosas y expectantes, las esposas de los exploradores, adelantados, conquistadores, colonizadores del siglo XX. Pocos relatos escritos quedan de esos días. Esas mujeres, ¿habrán escrito diarios íntimos, recetas de cocina, cartas a su familia lejana, esquelitas de chismes, anónimos ponzoñosos, mensajitos de amor y paz, postales de navidad? Si lo hicieron, ¿dónde fue todo eso? De ellas queda solo este puñado de cenizas, este nombre de filiación dudosa, y el nombre de un hombre y sus hazañas.

   Adheridas como una costra seca y polvorosa a los talones indomables de sus hombres esas mujeres no existieron más que como parte de un todo que las sobrepasaba y las anulaba y las desaparecía. Prototipo de rol de mujer se ocuparon de lavar, planchar, cocinar, coser, callar… y rezar. Algunas han dejado la pequeña escama de su nombre titilando como una luciérnaga pálida, bajo el sol endiablado de esta tierra excesiva. Otras dejaron hijos, sudor y lágrimas. Alrededor un gran silencio. El silencio impiadoso de la eternidad.



sábado, 30 de noviembre de 2013

Estampas con fondo verde

   El camino repetido incontables veces a lo largo de cinco lustros puede sernos indiferente. Pero no. A la vera de la ruta, varias veces reciclada y mejorada en estos más de veinticinco años, un paisaje inminente y siempre nuevo nos acuna los ojos y nos aliviana el corazón.
   Viaje de mediodía caluroso, hora impregnada de sudor y de una ardiente llamarada anaranjada que reverbera en el tramo final de la cinta grisácea y pegajosa. El ómnibus, una chatarra traqueteante, estrecha, recargada, acumula olores y gemidos, charlas grotescas, familiares o exóticas, dentaduras melladas de pobres campesinas de anchas caderas o de caras agrietadas, o con todo eso junto. El ómnibus es lugar de reencuentro, solidaridades, niños con mocos y pequeñas princesas emperifolladas con moños y puntillas. Aborígenes tímidos de El Pastoril se trepan desconfiados y tristes, hablan suave y opaco, tratando de ocupar su estrecho lugar sin molestar. Criollas charlatanas despellejan amigas comunes, hombres toscos se hacen bromas rudas y ríen a carcajadas. El ómnibus es un microcosmos donde se cruzan todas las clases, los gustos, las edades.
   Afuera el paisaje se va quedando, con sus casitas grises o blancas, como una larga estampa que fuera cambiando con el tiempo. Pueblos melancólicos se han ido extendiendo como salpicaduras de espuma, ganándole espacio al monte achaparrado, derrotado. El Pueblo Díaz era casi fantasma hace veinticinco años, ahora es una comunidad de casitas enredadas entre calles irregulares que imitan los lazos de un moño grande. Peguriel era solo un nombre, ahora hay vacas gordas pastando en potreros feraces y las casas viejas del pasado se ven florecientes, con plantas y gallinas en el patio. Coronel Du Graty, pretencioso y colorinche en el pasado, ya no es tan florido ni tan coqueto. Pero se ha vuelto ancho hacia el norte y hacia el suroeste mientras un basural al aire libre en el lomo cocinado de incendios le afea la espalda de chacras y viveros. La urbanidad siglo XXI no siempre les hace bien a los pueblos pequeños.
   Mucho más adelante caminos mejorados con ripio y anchas llanuras desmontadas rinde culto a la extensión de la frontera agropecuaria. En medio de esos campos se percibe algún techo de la llamada Villa Correa, o El Ñandubai, o ….. algo así. Lo que fuera también una colonia de campesinos desahuciados se está convirtiendo en un pueblo, a pesar de que como en todos estos lugares los jóvenes siempre se van.
   Al final de algo más de una hora de viaje zangoloteado y ruidoso, se ven las casuarinas costeras de Santa Sylvina. Santa Sylvina con sus murales y portalones de acceso tan kitch, con su juventud frívola, con sus sueños rotos, con sus luchas internas y agobiantes, con su esperanza, pueblos del interior, siempre apabullados de soledad, siempre deseantes del afuera.
   De Villa Ángela a Santa Sylvina, desde una ventanilla con visillos sucios y pringosos, junto a niños pegajosos de caramelos, resistiendo  la música machacona y desquiciante con un verso secreto de Conrado Nalé Roxlo (mi corazón eglógico y sencillo se ha despertado grillo esta mañana), vamos mirando las mutaciones magníficas de la cinta de mundo que nos ofrece este Chaco inigualable. Verde en siestas de agreste primavera, florecidos hasta lo indecible sus garabatos y sus chañares, grandes matas de flores amarillas o lilas en las orillas de los campos o las banquinas. Marrón y gris a fines del otoño, rastrojos sin final, tierra arrasada esperando la lluvia, negros pájaros acechando los terneritos recién nacidos o los pollitos graciosos e indefensos. En el invierno sábanas interminables de escarcha y un vapor de gasas inasibles estirando dedos agrios hacia el cielo.  Y el girasol con sus ojazos dorados bajo la luz de noviembre. Y el algodón lleno de flores de un rosado que vira hacia el amarillo suave, sedoso, inmaterial.
   Cuando se tiene la suerte de ocupar el primer asiento, y nadie se interpone entre el paisaje y los ojos, se aprecian mejor los pastores con sus cabras o sus vacas, bajo el sol imperioso, hombres simples y un poco tristes que saludan al paso levantando la mano. Si el conductor es amable incluso les envía un bocinazo, que seguro alegrará por unos minutos ese día de guardia interminable.
   En los viajes nocturnos, lo mejor es la luna. Las casuarinas parecen (y sé que la imagen no es original) ciegos monjes mirando a la distancia, los ceibos redondean su copa enrevesada y una plácida lechada de silencio blanco asabana la mágica distancia. Hay sobre el mundo, bajo esa luz ajena y desvaída, un profundo latido de eternidad. Una eternidad que dejamos atrás kilómetro a kilómetro, de una ciudad en otra, de una ventana iluminada a otra, de un árbol oscuro y quieto a otro árbol, más ciudadano, donde duermen, arrullándose tiernos, los gorriones.
   A veces viajamos bajo torrenciales bocanadas de lluvia o vientos rugientes, tremolantes. Dioses furiosos, antiguos, desterrados, muerden el lomo rasguñado de la tierra, deseando volver, buscando reintegrarse al oscuro terrón, a la retorcida y profunda raíz, al verde que renace en infinitos círculos de vida nueva. Los pueblos del interior del Chaco amanecerán mañana hablando de la lluvia, de árboles arrancados de raíz, de grandes lagunas pasajeras donde pájaros blancos y espadañas de hojas esmeraldinas florecerán en alas sonrosadas y canutos dorados.
   De Villa Ángela a Santa Sylvina no solo hay una cinta de asfalto. Hay, más que nada, un mundo que se hace y se rehace sin final, paciente y resistente, maravilloso y pleno. Cuando cierre los ojos, para volverme polvo, como debiera ser, aún estaré viendo esos árboles, esos pueblitos nuevos, esos niños. Y querré todavía que ellos amen ese verde… ese verde.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Sentido de urgencia

   Todos hemos mirado las fotografías, las desgarradoras y mediáticas imágenes de Filipinas: esa ciudad, para nosotros desconocida, lejana, exótica. Hemos sentido la pena momentánea y efímera de aquello que pasa muy lejos, que nos afecta con un leve temblor de empatía. Pero enseguida entramos al facebook y lo olvidamos todo porque allí hay abracitos, y hay cartelitos ingeniosos sobre la independencia de la mujer y sobre la buena onda y sobre el carpe diem.
   El cambio climático ha llegado. Es como esas visitas de las que se habla mucho, se anuncian y se anuncian, hasta que un día están a la puerta y toda la familia descubre, por fin, al desconocido que fuera tema de conversación, sobre el que circulaban leyendas pintorescas y terribles. Era verdad, existía. Ahora, cuando ya nos habíamos acostumbrado a que fuera un personaje de ficción, se aparece ante nosotros, tan carnal, tan verdadero, tan concreto.
   El cambio climático, resultado directo de la aceleración del calentamiento global, aceleramiento al que la actividad humana ha aportado mucho, casi demasiado, está aquí. No está ya llamando a nuestra puerta, como el lobo malo que soplaba y soplaba para derrumbar las casas de los tiernos chanchitos. Está dentro de nuestra casa, y arriba y alrededor. Es como un abrazo de constrictor: Asfixia, resquebraja, mata.
   Hay algunas personas que han planteado el riesgo y las posibles, seguras consecuencias con énfasis, con conocimiento, e incluso con valentía. Al margen de las críticas y acusaciones que se le hagan, Al Gore es uno de los hombres con poder que más ha trabajado para crear conciencia y generar cambios estratégicos en las políticas de las grandes potencias, empezando por su propio país, respecto de la cuestión climática.
   Su trabajo ha sido reconocido pero no es popular. Acerco un enlace interesante para ver una de sus conferencias y apreciar la lógica de su discurso y la fuerza de su entusiasmo en el intento de convencer, a los estados y a los particulares, de la urgencia que requiere el problema del cambio climático.
                                 http://video.ted.com/talk/podcast/2008/Impala/AlGore_2008.mp4
   Si, como debería ser, esta cuestión se convierte para vos en una urgencia, recomendá este y otros documentales de Al Gore. Desde el Boulevard intentamos, tan chiquitos nosotros, cambiar el mundo, este poquito de mundo. Es urgente.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Paisaje de muerte

   Paisaje trastrocado. El ancho bulevard vuelve a vivir, como todos los años, el día de los muertos. Vendedores de flores de papel, de plástico, de pasta, flores artificiales, colorinches y tristes. Tristes vendedores suplicantes ofreciendo paquetitos de velas, ramilletes de pétalos mentidos, jalonan el camino, extienden sus manos y te miran con ojos desolados. A veces, es más triste la vida que la muerte.
   En el extremo del bulevard, frente al puente alto que lleva a la entrada principal del cementerio, ha crecido una tusca, verde, luminosa, coqueta. Es una adolescente fresca y grácil, la tusquita, solita y sola mece su cabellera en el aire enamorado y asoleado, aprovechando el fresco que trajo la lluvia tormentosa de la noche pasada. Viudas y huérfanos pasamos a su lado rumbo a la casa muda y seca donde aguarda el muerto que nos ha tocado en suerte. A veces la vida es tan indiferente con la muerte.
   Guardias urbanos con ropa oscura y un chaleco fosforescente organizan la entrada de autos y de motos. Hay bicicletas, también. Pero en vano buscar un carro, una volanta: el tiempo ha pasado y trajo este paisaje tan distinto. Tampoco hay heladeros. Sobre las tumbas humildes los niños saltan, corren, ríen persiguiéndose traviesos y dichosos. A veces, la muerte se cambia de sonrisa y de peinado.
   Al costado oeste del cementerio hay un gran descampado verde, alto. Muchachos gritones juegan un picado de fútbol sin importarles la conmemoración que se desarrolla a cien metros de sus corridas, de su sudor juvenil, de su entretenimiento de cada fin de semana. No hay llantos en el cementerio, salvo una mujer mayor que se inclina sobre una cripta fresca y se seca dos lágrimas detrás de sus anteojos de sol. Lo demás es apenas trajín, idas y venidas. A veces, la muerte cambia su música.
   El cementerio ha extendido su predio solariego en al menos tres manzanas más desde aquellos tiempos de la infancia perdida. Un hombre robusto y rozagante se detiene frente a mi acurrucada tristeza y pregunta si éste es el fulano muerto que él busca. No creo. Le hago una síntesis de la vida de mi padre y él me da ciertos datos sobre su propio muerto. Sólo coinciden los apellidos. El hombre se aleja espiando entre los nuevos muertos, perdido, buscando su perdido muerto. Siempre, nunca a veces, la muerte es una pérdida.

martes, 29 de octubre de 2013

 Libros, esos mundos callados

   Enumero los libros leídos en estas dos últimas semanas:
Primo Levi: Trilogía de Auschwitz
Roberto Perdía: Montoneros -El peronismo combatiente en primer persona
Antonio Pau:Juan Ramón Jimenez, el poeta en el jardín
Mario Vargas Llosa: Conversación en La Catedral
Antonio Tabucci: Dama de Puerto Pim
Joseph Roth: La leyenda del santo bebedor.
Y he leído en un día y una noche, sin detenerme a dormir y apenas parar para preparar un mate, de Jan Valtin: La noche quedó atrás.
   Estoy leyendo ahora, en intermitente combinatoria: Aldo Leopold: Una ética de la tierra y Hans Magnus Enzensberger: Hamerstein o el tesón.
   Con algunos de estos libros he padecido mucho. Levi y Valtin son desgarradores. Con otros he completado lagunas de información, como es el caso del libro de Perdía. Y me he reído con Roth y su borracho, con el Jimenes que enamoraba monjas mientras se curaba sus tristezas existenciales. ¡Pícaro don Juan Ramón!
¿Para qué leo? Solo como otros viajan o tienen amantes. Los libros son universos en los que navego sola, abandonada y, más que nada, libre. Y eso no tiene precio, no se puede explicar demasiado por que no alcanzan las palabras. Es una manera de llegar al núcleo esencial de la vida... apenas eso.
   También leo para compartirlo con alguien que en alguna parte estará esperando a que yo le cuente de esos mundos callados por los que anduve sin mas compañía que mi solitario y deambulante yo.  

martes, 8 de octubre de 2013



¿Te acordás de Lili Süllos?


   Murió la maga, la magnífica. Alguna vez esta mujer de cara eslava y pálida tuvo una melena lacia y negra como el ala de un cuervo y decía, socarrona y oportunista, que era descendiente de cierto Drácula. No el personaje escalofriante de la novela y sus tantas películas, ni el conde Vlad Tepes, el príncipe del empalamiento, el guerrero temible, impiadoso y tétrico que aterrorizó a los boyardos y construyó un reino de sangre y lodo. Pero finalmente, de algún antepasado misterioso y terrible habrá herdado ella su vocación de magia y misterio.
   Decía que había nacido en Transilvania y su rostro de pétrea quietud no lo desmentía. Decía conocer lo que los astros nos tienen reservado y era capaz de describir nuestros más recónditos misterios, deseos y aspiraciones con solo medir la distancia habida entre la luna y mercurio en la hora del día  en que nacimos.
   Decía que los astros, los de sus profecías siempre mesuradas, predisponen pero no imponen los rasgos de nuestro carácter, nuestras tendencias, nuestra vocación de salvación o de derrumbe. Así también, los astros y sus circunvoluciones aristotélicas y perimidas, determinaban la posibilidad de encontrar el amor, la felicidad, el dinero, el poder; pero no establecían ninguna certeza puesto que por cada promesa de amor hemos recibido una carga inmensurable de desamor, por cada gota de felicidad se pagan tantas tormentas de tragedia, por cada hora de prosperidad se arrastran tantos años de esfuerzo y de escasez, por la remota ilusión de poder se viven tanta incertidumbre y tanto desamparo.
   Aún sabiendo que su arte era falible, inasible, y sus pronósticos tan ubicuos, confusos y ambiguos, hemos leído cada mensaje suyo que nos anunciaba la llegada de lo maravilloso cada semana, cada mes, cada año de esta ya larga vida. Y lo hemos leído con ilusión y con benevolencia, porque sabíamos que era en gran medida como la maga lo anunciaba: tal vez todo estaba a la vuelta de la esquina pero hemos elegido otro camino, como Caperucita nos fuimos entre las engañosas flores y caímos en la boca del lobo.
   De todos modos no importaba lo que fuéramos a encontrar, si el príncipe o el ogro, si el tesoro o el dragón. Lo que importa, señora Maga, es el sueño, el maravilloso poder de persuasión de la ilusión a la que tanto aportó tu frase meliflua y consoladora. Por esa dulce consolación, por la necia esperanza (la esperanza en este mundo de trágico destino siempre es necia) sin la que los humanos no podríamos nunca vivir.
Que el negro manto moteado de astros luminosos te cubra para siempre, princesa eslava venida de los bosques donde hombres y mujeres crueles y tenebrosos buscaron la eternidad en la sangre chorreada y palpitante del prójimo. Que ese manto te dé abrigo y te restituya a la luz infinita donde las Magas viven para siempre.

sábado, 3 de agosto de 2013

El abrazo de mis muertos


   La región chaqueña es una larga y ancha llanura con una leve inclinación hacia el sureste que en la actualidad constituye porciones de territorio argentina, boliviano y paraguayo. Hace quinientos años los españoles llegaron a esta región desde todos los puntos cardinales y apenas consiguieron ingresar en ella. El áspero y orgulloso monte que la cubría le dieron a los pueblos seminómades que vivían en ella un natural escudo protector contra la conquista. Los arios conquistadores apena pudieron fundar algunas ciudades en las periferias, cerca de alguno de los grandes ríos que circulan por esta verde zona como nervaduras rojizas o marrones y que dan a la tierra una húmeda fortaleza vegetal que aún hoy, medio milenio después de innúmero saqueo, la hace esplendorosa.
   Una de esas ciudades fundadas por españoles, a orillas del río Paraguay, fue Asunción, hoy capital del Paraguay. Otra, pero en la orilla opuesta del Paraná, fue Corrientes. En el Chaco profundo poco pudieron hacer los conquistadores vestidos de hierro o de ásperas sotanas. Sin embargo, la conquista dejó los procedimientos, las escalofriantes estrategias del genocidio, el desplazamiento, la esclavización, la tortura y la marginación, como formas de domeñar a estos gráciles y oscuros pobladores a los que era tan difícil subyugar.
   Una vez independizadas las colonias y constituidos los estados nacionales, los gobiernos elitistas y oligárquicos que llevaron adelante a los nuevos países aplicaron los mismos métodos atroces para desbrozar el territorio y apropiarse de los recursos que esas nuevas superficies ofrecían. No hay casi nada nuevo que decir acerca de ello porque escritores investigadores como Eduardo Galeano o Gastón Gori ya lo han hecho con detallada precisión y todo lo que queda es leerlos a ellos.
   El Chaco, como todos los lugares de América tenía su oro. En las planicies frías del altiplano tal vez era la sal. En las playas del Pacífico el guano de las aves marinas. Y así había una riqueza deseable para el hombre blanco en cada cauce, en cada quebradura de la tierra, en cada loma, en cada valle. En el Chaco había árboles. Dicen que eran los más grandes, magníficos, orgullosos y duros árboles que pueda imaginarse. Dicen. Mi generación ya no los conoció.
   Por cada árbol, y eran miles, morían de a decenas hombres de piel marrón, ojos mansos, dulce lengua de húmedos sonidos glóticos. Morían trabajando intoxicados de alcohol que el blanco le acercó para no pagarle con alimentos para los hijos, morían rebeldes, desengañados, masacrados por los ejércitos del estado, morían en la arrasadora guerra de conquista que el general Victorica ideó apoyando sus duros y calientes pies de fuego en hileras de fortines que avanzaron sobre el territorio haciendo el viaje inverso a su declive: hacia el norte y hacia el oeste.
   Una vez masacrados, dominados, se los trasladó a reducciones, algunas de las cuales todavía existen, o se los entregó a empresarios para que usufructuaran la fuerza de sus brazos a veces hasta la misma muerte. Muchas de las naciones desaparecieron y solo dejaron un nombre, alguna palabra suelta en el paisaje arrasado, ya sin grandes árboles. Otras sobrevivieron segmentadas, silenciadas, abrumadas por la conquista y la aculturación impiadosa. Los Qom, Los Wichí, los Mocoví, los Vilelas aún resisten. Esta es la historia de la humanidad. La historia de un genocidio.
   Esta es una historia que aun no ha terminado. Porque el genocidio sigue cerrando sus pegajosos y hediondos pétalos carnívoros sobre los pueblos del Chaco. Lo que ayer se hizo por el quebracho o el algodón hoy se hace por la soja. Mueren sus adolescentes a manos de empresarios sojeros, o sus sicarios, mueren sus mansas muchachitas bajo el falo sádico de los muchachotes indignos, mueren sus bebés por que los senos correosos de sus madres no tienen la leche necesaria, mueren por falta de atención médica, mueren de hambre, mueren de abandono, de desprecio, de tristeza.
   Por eso espero que un día todo cambie, que podamos abrazarnos en paz con nuestros muertos por que el mundo ha logrado cambiar y los muertos y los vivos se reconocen en la piedad y la bondad, en la convivencia equitativa, en el improbable amor, que tanto nos cuesta cultivar.
  Y porque estos sobrevivientes, asumen el peso de la historia y lo intentan. Ver elace: http://pocnolec.blogspot.com.ar/
  

domingo, 28 de julio de 2013

   Mirando abajo, parece un sueño

   Ningún río vuelve a cruzar dos veces por el mismo cauce. Eso decía, probablemente, una frase que resumía, con la clásica metáfora de Jorge Manrique, el fluir ineluctable de la vida, el irse, siempre irse, solo irse. Según esta frase, no hay regreso.
 Se puede volver a las calles donde la infancia tejió distracciones livianas como panaderos navegantes del viento. Se puede volver a las veredas desparejas de la adolescencia, que casi nada han cambiado, donde la adolescencia desanduvo ese tramo luminoso y liviano junto a la hermana elegida por nuestra amistad y nuestra confidencia. Se puede volver a mirar desde afuera el patio amado donde la adultez nos cacheteó una tarde con sus rudas verdades y nos llevó a asumir los quehaceres inevitables que el destino nos tenía preparados. 
   Vuelve esta cáscara ajada que ahora camina solitaria sobre blandas alpargatas, ya no sobre los resistentes tacones de la juventud. Vuelve esta vieja triste que ha dejado la mitad más jugosa de su vida en otras calles, entre otras gentes, con otras tareas que las que había soñado a los diecisiete. 
   Vuelve una mujer sola, esforzada, materialista y seca. Lo decía Francisco Noriega, el viejo maestro cínico: de jóvenes somos platónicos, de viejos nos volvemos aristotélicos. 
   Francisco Noriega había venido de las secas laderas de Catamarca, de aquellos vallecitos verdes, bajando el caminito típico que lo llevó a las ciudades del sur, como a tantos otros pobladores de estas “crueles provincias”, que exprimen sus secas ubres alimentando inteligencias y músculos para dárselos a las locas y ruidosas capitales del país y/o del mundo. 
   Francisco llegó a La Plata a estudiar filosofía y un día encontró en esas aulas universitarias a una muchachita de rostro exótico y pálido, en cuya fisonomía y contextura se manifestaban los rasgos de los pueblos que han venido, como los elfos de Tolkien, del otro lado del mar. Esa cara de frágiles huesos medio eslavos y la disposición para escucharlo y admirarlo que ella le ofreció, lo trajeron a las calles claras, llanas, luminosas de Villa Ángela. 
   En la villa, el profesor Francisco fue respetado y admirado, apreciado por colegas y alumnos, hizo gala de sus dotes de gentilhombre y sentó premisas de varón de justicia en sus clases dialécticas que se organizaba desde la mirada socrática del cuestionamiento y la pregunta. En esas clases poco se escribía, mucho se debatía y alguna vez se hacía silencio para registrar con el oído del asombro las explicaciones del profesor que en esa época, esto lo supimos cuando ya éramos viejos, era joven y apuesto como un galán de cine.
   Algunos alumnos recuerdan que el profesor, distraído, o imbuido de concentrada profundidad reflexiva, se fumaba la tiza mientras iba dejando cigarrillos ordenados simétricamente sobre el escritorio. Sin embargo alguno de nosotros no recuerda eso sino que en esa clase se levantó ante nuestros ojos asombrados una gran árbol de verde, de redonda y no tan alta copa, en medio de un umbrío bosque, húmedo y cerrado, secreto. En la sombra silenciosa se desprendía del árbol una manzana y caía con un suave y blando rumor sobre el humus cubierto de hojas que se deshacían bajos los dedos de la vida y de la muerte en escondida soledad. ¿Un pequeño momento de la vida, un segmento de realidad? No. Porque, como allí no había ningún hombre para atestiguar que esto sucedía, ese hecho no existía. Francisco Noriega explicaba al detalle la más eficaz metáfora del idealismo alemán. 
   Aborigen idólatra, la alumna protestó. Ahora, cuarenta años después, el corazón retoza burlón y avergonzado, cuando la alumna ingenua y hambrienta de saber que fuera aquella, recuerda la rebelión, el cuestionamiento, el asombro. Ah los hombres…! Tan creídos, tan egocéntricos, que suponen que el mundo no existirá cuando ellos no estén aquí. Ah… los hombres! Tan tontos que creen haber inventado el mundo, que suponen que sueñan el mundo. Tolerante el profesor aceptaba los retruécanos y esgrimía su liviana sonrisa un poco torcida, despectiva, la delicada sonrisa que mellaron los años e insultaron las tristezas y las soledades que ese día ni siquiera imaginábamos.
   Tal vez fueron meses después, tal vez solo semanas, acaso días, una mañana cualquiera el profesor no regresó. Ni él, ni su dama con cara de elfa, la cual era la profesora de literatura. El Proceso Militar los puso en disponibilidad. Francisco Noriega fue encarcelado. La familia de su mujer tal vez tuvo algo que ver en el hecho de que casi un año después fuera liberado y no formara parte de aquel grupo que acabó fusilado impiadosamente en Margarita Belén. O tal vez fue solo liberado por ese mecanismo azaroso de la maldad y de la fuerza que deja, a veces, caer algunos granos de la molienda sin destruirlos, de pura casualidad. O acaso porque las puertas de la ley así como se abren sin estar cerradas también a veces se cierran sin haberse abierto. 
   Francisco Noriega ya no volvió a ser el mismo porque ningún río pasa dos veces por el mismo cauce. Y si bien su encantadora presencia dio brillo y galanura al negocio de librería que emprendieron y llevaron adelante con su habilidosa dama élfica, cuyas dotes comerciales los pusieron una vez más en la cresta de la ola de la popularidad pueblerina, el escritor, que la celda carcelaria y sus miserias censuró, ya nunca renació. Acaso no estaba destinado a escribir aquellos libros que soñó. Tal vez solo tenía que explicar el idealismo alemán y contarnos a todos que había un escritor, judío y checo, elfo del este, que había escrito unos libros maravillosos. O decirnos que Sören Kierkergaard había planteado en una cursi novelita la semilla del existencialismo. O hacernos ver que la verdad y la justicia no suelen recibir ninguna paga.
   Francisco Noriega ha vuelto a Catamarca. Viejo y enfermo, solo. No se puede decir que ha vuelto fracasado. Ha hecho lo que un hombre como él tenía que hacer: pensar y enseñar, ser feliz y sufrir, beber los tragos de soledad que la vida nos ofrece con esa dignidad, con esa delicada elegancia, con esa suave y fresca soltura con que alguna vez nos pintó, en un sostenido y poético soliloquio, aquel verde, oscuro, secreto y frondoso, solitario, desconocido y deseado árbol de los sueños y las ideas del hombre.

sábado, 13 de julio de 2013

   Aquella quena



   Cuentan... que Julio Cortázar le dijo alguna vez a Don José María Arguedas: Usted toca la quena en el Perú mientras yo dirijo una orquesta en París. Y era verdad...
   El dulce, silencioso, misterioso indio de sangre europea tocó largamente esa quena aborigen: desde sus primeros relatos, cargados de pesados silencios hasta el momento en que acezante y agotado se arrastró hasta la boca de la mina de contradicciones en la que quemó su vida y miró de frente la luz infinita que añorara desde la adolescencia y a la que ofreció su último latido.
   Asombra esta severa falta de respeto del admirado escritor que eligió el español argentino para expresarse por una de esas paradojas de la vida, del que muchos han testimoniado un serio compromiso con América Latina. Si bien no sé en que contexto se deslizó esta afirmación es notable la precisión con que un dicho tan poco feliz señala, sin embargo, la profunda llaga  humanitaria que nos ha segregado y condenado al fracaso y a la dependencia a los pueblos de América Latina toda.
   Tengo la convicción de que esta frase dicha con la probable intención de herir la susceptibilidad del profundo escritor que fuera Arguedas, expresa una ineludible verdad pero también manifiesta solapadamente otras cuestiones que explican (aunque no lo disculpen) el punto de vista de Cortázar.
   Cortázar representa en su ciclo vital, en su actitud de vida, en su obra, al intelectual argentino tipo, el latinoamericano europeizante por antonomasia, y el hombre de letras inmerso en un panorama intelectual ajeno a la etnografía, la antropología y la historia de los pueblos de la América Latina profunda.
   Considero fundamental reflexionar sobre estas cuestiones que llevaron a hombres como Cortázar o Borges a desconocer elementos constituyentes de la idiosincrasia de los pueblos de  Latinoamérica y a menospreciar y/o desconocer la terrible soledad del criollo de la tierra, del indio, o del negro.
   Es necesario delimitar y diferenciar el uso que se está haciendo, en este caso, del término desconocimiento. Cortázar no era un intelectualoide, un ignorante; es fundamental asumir que por formación (era maestro normal) y por el tiempo que le tocó vivir tenía saberes significativos acerca del país en el que creció y realizó sus estudios. Conocía las luchas sociales y fue un partidario declarado y comprometido de la utopía de igualdad y justicia social que atravesó la segunda treintena del siglo XX.
   También tenía conocimientos notables sobre las altas culturas indias. Esto significa que sabía de América Latina todo lo que circulaba en la elite ilustrada a la que perteneció. Los saberes señalados, sin embargo, impresionan como solamente librescos, enciclopedistas, mero recurso de sus juegos literarios.
   Las marcas de la formación académica son muy patentes en Cortázar: hombre de letras cuyos planteos teóricos-temáticos  iluminan un tipo humano que puede cuestionar, rechazar, abandonar y recuperar un espacio, un lugar en el mundo, porque ocupa (a disgusto, siempre insatisfecho), un lugar en el mundo. El vago urbano de la narrativa cortaziana es un rebelde vivillo, de afectos anestesiados, profunda, inútil y amorfa disconformidad existencial.
   José María Arguedas es el otro ante Cortazar. Arguedas creció calzando ushutas, abrigado de poncho indio, manipulando las hondas de cuero que arrojan certeras piedras desde los cerros como si fueran escupitajos de la montaña; su formación fue, antes de ser intelectual, emocional, afectiva y estética: los relatos indios, impregnados de maravilla, la rebelión acuciante del que no tiene ningún lugar en el mundo porque el propio le ha sido expropiado, la música de los trompos, sordo zumbido, aguda queja, pulieron su mente y su sensibilidad.
   Ambos, Cortázar y Arguedas, representan en esa denigrante apreciación del primero (la quena en el Perú / la orquesta en París) la paradoja ineludible de la América Latina del siglo XX. Esa oscilación que Rubén Darío ilustró e intentó revertir cuando dejaba a “su esposa en América para visitar su amante en París” (aclaro, para los más jóvenes, que esto lo decía el mismo Darío, quien por otra parte tenía amantes no sólo en París, y que se refería específicamente a las raíces líricas de su poesía). La oscilación que señalamos es el núcleo problemático que propongo  analizar.
   Los teóricos marxistas proponen como punto de partida del análisis, la reflexión y finalmente, la acción, lo que Marx denomina la conciencia de clase, que bien podríamos llamar la aceptación de una condición. A los marxistas le debe América Latina el que su pueblo haya puesto en palabras una vivencia de más de cuatro siglos: la conciencia de su sojuzgamiento. Esa conciencia se desarrolló pronto (los Incas refugiados en Machu Pichu, José Gabriel Condorcanqui, el cura Hidalgo, son prueba de ello), pero las palabras que expresan el análisis, la reflexión sobre la ignominia aparecen con escritores como Eduardo Galeano, o Fernández Retamar, se manifiestan en la gran movida liderada por Vargas Llosa y García Márquez (aunque no se puedan ni ver), adquiere una voz lírica inconfundible con la poesía de César Vallejo, de Cardenal, de Nicolás Guillén.
   En ese panorama es difícil instalar a Cortázar como parte de lo latinoamericano culto que mira a los suyos con dolor y temblor. Es cierto que tiene cuentos con escenas imaginadas de la guerra florida de los mayas o con tótems que sacan a relucir la insaciable sed de sangre de los imperios, pero su mirada es snob, fría, ajena, la mirada oportunista del turista.
   Y decimos esto fundamentándolo con otro imperativo del pensamiento social científico que propone una nueva mirada superadora del etnocentrismo: lo que los teóricos de la sociología llaman la “ruptura de la burbuja de cristal”. En este punto creo haber llegado al meollo intrincado de la incomprensión de estas dos mentes sensibles, luminosas, pero acotadas a sus propios ámbitos, incomunicadas.
   Cortázar estaba guardado incólume y engallado por la burbuja llena de luces del intelectual cosmopolita, prohijado por un paradigma europeizante de etnocentrismo ario, en el cual la ninfa Europa legitimaba el rol, la estética y la temática de su obra.
   En la antípoda el quichuista Arguedas todavía se atosigaba con las mieles del mito prehispánico y su burbuja se opacaba con las humaredas de los incendios que arrasaron estirpes completas de aborígenes. Su mirada se volcaba aún hacia el pasado porque América Latina no lograba suponerse un futuro: sabemos que su futuro estaba en manos del cajetilla capitalino, vacuo y sádico que en los grupos de tareas torturó y asesinó a una generación que estaba acaso destinada a superar las amargas dicotomías.
   Puesto que esa generación frustró sus utopías más radiantes y pagó con infinito dolor el ramo sangriento de sus sueños y considerando el oxímoron de esta América Latina, es fundamental plantear una salida a esas contradicciones que tan bien ilustran la des-graciada (por falta de gracia) frase de Cortázar: la quena en el Perú / la orquesta en París.
   Hace treinta y cinco años  atrás, Vietnam enfrentaba esta contradicción: el norte y el sur, el comunismo o el capitalismo, la vida o la muerte. Ha pasado tiempo suficiente para ellos y para nosotros; es hora de que dejemos de elegir entre ellos y ellos, es hora de que los latinoamericanos elijamos América Latina; pero que también esa elección sea lúcida: sin luces extranjerizantes, sin hogueras de resentimientos o  complejos de inferioridad.
   Cuba lo hizo, pionera y salvaje, le costó medio siglo de desgarros, ganó y perdió como todo el que avanza sobre el futuro sin concesiones y sin miedos; Bolivia lo intenta y nadie puede decir qué perderá un pueblo como el boliviano que tiene casi nada para perder.
   En tanto el futuro nos acecha, desolador, a nosotros que tantas veces miramos hacia los duros y terribles imperios victoriosos que nos esquilman y menosprecian sin piedad.
   En gran medida la historia de América Latina alude a nuestra derrota, la terrible dicotomía, la escisión que nos desangra desde hace cinco siglos. Es hora de salir de nuestra cáscara y tocar el caliente corazón de América Latina: sus pueblos que agonizan de hambre e ignorancia, sus suelos que se desmigan envenenados de glifosato, sus adolescentes que se enajenan con la hipnosis de las pantallas luminosas, sus jóvenes descreídos del esfuerzo, vegetando en la ignominia de la limosna agraviante.
  Generalmente se piensa que la juventud es la mejor etapa de la vida pero en un sentido liviano y frívolo. Naturalmente que la juventud es la etapa fundante de la vida: los jóvenes están despertando a la conciencia inmensurable de los males y bellezas del mundo, los jóvenes están en la circunstancia precisa de quebrar la burbuja de cristal dentro de la cual crecieron. Están en la tesitura de elegir lo que van a amar para siempre, el lugar material e ideológico del que se van a apropiar para irse y volver a él sabiendo que el presente es urgente pero el futuro es inexorable.
  El enlace que les dejo constituye una mirada luminosa sobre aquellas esperanzas y estos desencantos.
http://www.clarin.com/sociedad/arrepiento-Revolucion-alla-desengano_0_955104607.html

domingo, 16 de junio de 2013

   Pelear con la palabra

   Poco hice hasta hoy para mejorar el mundo en el que vivo. Me acosa la pregunta de si habría salido con una carabina por esas selvas y esos montes a matar a aquellos que no creían en lo que yo creía. Tristemente pragmática creo que no lo habría hecho. Por pragmatismo o por cobardía. Puede dársele el nombre que mejor le cuadre a mi interlocutor.
   Pero el dolor del mundo es un sordo dolor que acompaña los días de quienes no aceptamos que haya comida y abrigo acaparados en altos y confortables galpones mientras niños indios mueren de hambre silenciosamente en los eriales que la frontera agrícola inaugura cada día.
   Triste mundo es este que los hombres hemos hecho. Algunos con más oportunidad de empeorarlo que otros. Pero todos responsables. Por no decir culpables. 
Para pensarlo, al menos dejo este enlace: http://www.accioncontraelhambre.org/ 

sábado, 8 de junio de 2013

   Tres imágenes de Mandela

 Mandela, el abuelo más combativo del siglo XX, está muriendo. Tal vez nuevamente sobreviva a este episodio, pero a fin de cuentas, ¿hasta cuándo seguirá el viejo árbol soportando con su frágil ramaje la dureza del tiempo que todo lo arrasa? Llegará la hora triste y veremos partir al último gran líder de ese terrible siglo que no termina de irse. 
   Porque el siglo XX ha sido el más atroz de los que tengamos memoria en muchos sentidos. Llegó a superar al siglo XVI en crueldad y artificios inventados por el hombre para dañar al hombre. Pero ha sido también el siglo que formuló un concepto fundamental, después del cual la humanidad nunca volverá a verse a sí misma del mismo modo que antes de ello. La noción de derechos humanos, no ya del hombre o del ciudadano, sino "humanos", es, por sobre cualquier otro aporte que se pudo haber hecho en ese tiempo, el más innovador y el más prometedor en relación a la posibilidad del hombre como ser trascendente. 
   Cuando se enumeran los grandes cambios de la humanidad casi siempre se piensa en máquinas ingeniosas, en la elaboración de principios que expliquen el funcionamiento del universo, de la existencia o de las sociedades. Sin embargo, aquello que nos hace humanos es apenas una leve diferencia de percepción respecto de nosotros mismos y los otros. La noción de humano está prefigurada en las ideas de que yo y el otro compartimos la misma esencia. Largos debates y desarrollos filosóficos así lo han descrito, analizado y establecido.
   Pero qué difícil vivir de acuerdo con esa tan frágil certeza. Solo unos pocos hombres y mujeres de entre millones logran hacerlo en su vida cotidiana y una ínfima parte de la humanidad se levanta por sobre las injusticias, las separaciones sociales, las diferencias culturales, las razas y las marcas del pasado, para defender y luchar por un mundo donde todos nos aceptemos y logremos vivir juntos en igualdad de condiciones y/u oportunidades.  
   Mandela pudo hacerlo. Se impuso a la represión, al estigma que lo condenaba a ser un inferior siendo uno de los hombres magníficos de su época. Se sobrepuso a la violencia de su tiempo con herramientas que recuerdan tan bien aquello de "al pueblo pan y circo" contradiciendo lo maquiavélico y lo maniqueista de esa idea.
   Mandela es el último gran jefe de la corriente humanística universal de grandes jefes, que a lo largo del siglo XX predicaron con palabras, con el ejemplo y con cualquier recurso humanístico a su alcance (desde la rueca de Gandhi al rugby del sudafricano) para que el hombre dejara de ser el lobo del hombre.
   Mandela está muriendo. Si no es hoy será mañana. Y no se puede dejar de mirar las imágenes que lo representan: el joven príncipe de su tribu, engalanado con los atributos de los suyos; el preso padeciente y nunca resignado; el líder con el gesto tenso y el puño cerrado de dolor y fuerza combatiente; el gobernante amado y sonriente que todavía levanta  la mano abierta con la línea de mercurio atravesando su destino y señalando  la eternidad de sus victorias. 
   Mandela está muriendo. Viva el legado de Mandela.


 
(Damos las gracias
a los autores
de las imágenes
que hemos tomado prestadas.
G.L.)