” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

lunes, 17 de marzo de 2014

Cuentos

   A veces, después del asado o de un almuerzo cualquiera, el padre contaba cuentos. O recitaba versos. También en algunas noches, cuando la luna alumbraba tan transparentemente que parecía de día, como solía decirse entonces. Muchas veces era el segundo vino tinto el que propiciaba aquellas expansiones. 
   Salían a relucir entonces los cuentos de Don Juan, el zorro, pero en versiones que no hemos vuelto a escuchar en relatos orales, ni hemos hallado en recopilaciones de especialistas, cuando ya nuestros intereses y las necesidades del oficio nos llevaron por entre los libros como en aquellos años nos llevaba el senderito de ladrillos por entre los frescos eucaliptos del bulevar.
   Bajo el algarrobo, que en la memoria es gigantesco y magnífico y en el presente es achaparrado e inclinado hacia el sur como un anciano que va luchando contra el viento, con el poncho desmadejado y deshilachado, apañados por esa sombra que recordamos fresca y solidaria y que ahora solo abriga humedad y abandono, allí oíamos los relatos, con un asomo de sonrisa, con una pizca de curiosidad, infantiles y simples, todavía vírgenes de otros relatos mucho más crudos y terribles que nos estaban esperando al otro lado de la página, en el siguiente tramo de la vida.
   Don Juan había pasado varios días con sus noches jugando al truco con otros camaradas, tal vez el tigre y seguro el tatú. Así como hemos hallado al tatú o el carpincho como víctimas de la astucia aprovechadora del zorro en las asociaciones propiciadas por el zorro con el fin de beneficiarse del trabajo de aquel, así también en este cuento el zorro apunta al tatú para satisfacer su hambre.
   Porque los jugadores hace mucho que están gastando energías en su entretenimiento y están hambrientos. El Zorro orejea las cartas, aquí sería maravilloso poder transmitir la entrañable imagen recordada del narrador imitando el gesto característico de los jugadores de carta que desplazan uno sobre otro los pequeños recortes de cartón ilustrado para armar el esquema de su puntaje y espía por sobre las orejitas de las cartas los gestos, y si puede también las cartas, de sus rivales para poner en juego las picardías que permite el juego del truco.
   En este caso, mientras canta flor y truco, truco y envido, todo ese galimatías propio de la jerga del juego de cartas más representativo del criollo rioplatense, el zorro apunta con sus ojitos legañosos y malignos la rechoncha figura del tatú, al que imaginábamos apoyadito en la silla con su traserito casi en punta, la cola dobladita hacia un costado y la naricita vibrante husmeando las cartas sobadas y un poco gracientas por el uso.
-Tengo hambre- dice el zorro, y empieza a mirar golosamente al tierno, ingenuo, un poco tonto, tatú, combinándose con los otros para un probable festín... de tatú.
   En cierto modo, el tatú parece pero no es. Así que apercibiéndose del peligro que está corriendo decide una retirada con dignidad y en una orejeada última, vuelca sus cartas sobre la mesa y señala, perspicaz y oportuno:
-El que tiene patas cortas puede salir disparando, nomás.
   Tal vez no lo decía el tatú sino su pareja de juego que no logramos recordar quién era. Tal vez lo decía el tigre que sabía lo que era ser continuamente estafado por el zorro. Tal vez lo decía el tatú para anunciar que se mandaba a mudar. 
   Es este un cuento mal contado; porque la memoria emocional no es como la memoria que cultivamos en la escuela, en el estudio, en la práctica aplicada y constante de la reflexión. La memoria del pasado privado está armada de frases, imágenes, gestos, menudos chisporroteos de emoción y silencio y música  y un clima perdido para siempre que a veces vuelve con esa frase: 
-El que tiene patas cortas, puede salir disparando, nomás. Y la imagen del tatucito, real, tan claro, tan gracioso, escapándose, no como en los libros en dos patas verticales, humanizado, sino como un tatú, con ese trote de breves y menudos pasitos increíblemente rápidos.
   Eramos absolutamente solidarios con el tatú: por bonachón, por buena gente, por pacífico y gauchito. Porque nosotros éramos niños de campo, un poco como él, patitas enterradas, lomito oscuro, siempre a merced de los sagaces habilidosos dueños de los artilugios de la sobrevivencia en este mundo lleno de zorros, de tigres, y de alianzas por conveniencia entre los zorros y los tigres.  




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