” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

jueves, 9 de mayo de 2013


  Walter y Aracelia

   Cuentan en el pueblo que cuando vinieron ella era muy bonita pero ya todos sabían que le llevaba once años. En aquella época, once años era como decir podría ser la madre. Ahora, cuando uno los ve juntos, ella parece una niña avejentada y ñoña, pero todavía se percibe, bajo los manotazos del tiempo que nos amasa con crueldad, lo que fue una bella boca, un rostro delicado de actriz de cine y una naricina recta y agraciada como dibujada por un pintor enamorado. Es verdad, con una notable tendencia a la figura de tonel y un pasito cortito de gorriona, esta vieja pícara, inteligente y amatronada, ha sido hermosa.
   Él, por su parte, jugó discreto y solapado, el rol del intelectual que lee mucho, que tiene ideas sobre todos los grandes problemas del mundo y que podía emitir opinión equitativa hasta en las cuestiones más álgidas y que más resquemores generaban en el pueblo. Fue durante treinta años la voz concienzuda y ecuánime que dirimía con su sola presencia conflictos entre padres e hijos, entre políticos peleados a muerte, entre facciones de todo tipo. Hombre de prédica progresista y mano de hierro en el gobierno de la escuela que dirigió, sin nunca levantar la voz, pero tampoco sin desviar un mínimo micrón de lo socialmente establecido, del mandato cultural que castiga a la hembra que se embaraza y exonera al hombre que la ayudó.
   Llegaron juntos, juntos trabajaron en la escuela durante treinta años, juntos vivieron en la misma casa (al principio alquilada y luego propia), juntos participaron de todas las situaciones referidas a la institución que dirigían y juntos desarrollaron actividades culturales de todo tipo. Sin embargo, durante treinta años se trataron de usted delante de los testigos, se llamaban mutuamente señorita y señor, y –dicen en el pueblo- negaron sistemáticamente que fueran amantes.
   También es un hecho que hoy, con la vejez encaramada al hombro, ninguno de los dos parece tener demasiada gente que los visite o esté dispuesto a colaborar con ellos, a aliviarles la soledad o a ayudarlos desinteresadamente en caso de enfermedad o alguna dificultad. Es cierto que no han tenido hijos. Pero muchos viejos que fueran padres prolíficos y dedicados, también quedan solos frente a su destino en el tramo final y más arduo de la vida. Además, aunque no engendraron hijos de su carne, si ayudaron a crecer a unos cuantos muchachuelos de este pueblo, a varios les dieron comida y libros, ropa y consejos, o pequeños trabajos que compensaban con algún dinero.
   No todo lo que se dice de ellos es piadoso con sus años y su soledad. Siempre hay alguien que rememora la rigidez farisea de la moral del señor o las cuentas sin pagar de la señorita, siempre aparece quién sintió herida su sensibilidad con el autoritarismo del profesor o aún se crispa con el recuerdo candente de los arranques de violencia verbal de la señorita. Sin embargo ellos están ahí, en su discreta casa, con sus ñañas de viejos y vaya a saber con cuantas frustraciones o sueños rotos.
   Para muchos, el señor y la señorita son parte de la historia de este pueblo de chusmas, lleno de secretos a voces, como todos los pequeños pueblos. Pero pocos saben que ellos mismos son un reservorio de historias y que más que dos viejos que marcaron una época, tal vez la edad de oro de la vida comunitaria y cultural de S.S., ellos son la fuente más rica de crónicas de este rincón de la provincia.
   A veces, cuando reciben una visita, prodigan un mate cálido, de amigos, él explica, ameno, inteligente, juvenil, la simbología de la fea estatua que vigila el acceso al centro urbano del pueblo. Es un icono blanco y tieso que representa un gaucho con un brazo extendido cuya mano ofrece un mate al que llega.
   El profesor dice, todavía hoy con acendrada emoción, que la mano con el mate que el gaucho extiende hacia el recién llegado está posicionada a la altura del corazón. Sentimental y cursi, tal vez; anticuado, decimonónico, puede ser. Sin embargo, estos ancianos venidos de otro mundo, descendientes de europeos conquistadores (sus antepasados se remontan a la madre de Cristóbal Colón, que se apellidaba Fontanarrosa), han hecho patria, a la antigua, desde la renuncia.
   Como el gaucho, con el que él, sin disimulo, se identifica. 



3 comentarios:

  1. Excelente. Una historia para saborear.
    "Quintana, es gual a su padre " , "Quintana , por lo menos tengo un alumno que sabe donde queda Asia", jaja. No puedo dejar de sonreir al pensarlos... Gracias Gregoria !!

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