” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

viernes, 4 de abril de 2014

¿Te acordás, Gabriel García?

   En ese edificio ahora está el museo. Pero hace cuarenta años atrás allí estaba el correo. Y en la vereda, donde antes había un quiosco de chapa, de aquellos plegables, hoy hay una locomotora antigua, también de hierro. En aquel quiosco pobre, con revistas ajadas de segunda, tercera, incontables manos, tuvimos nuestra primera cita. No, nuestro primer encuentro, con amor a primera vista. 
   Teníamos unas pocas  monedas. A esa edad, al borde de la infancia que demoraba en irse, otra muchachita habría comprado chicles bazooca o una revista de fotonovelas con Franco Gasparri. Pero en nuestro caso buscábamos libros. Y encontramos uno que era el único que podíamos pagar. Estaba muy barato porque había atravesado alguna lluvia y sus hojas estaban onduladas, deslucidas.    Las tapas eran rosadas, de un rosa que se había vuelto pálido por la mojadura y el título era largo, muy largo, y para colmo, doble. Lo llevamos acuaciados por el deseo siempre insatisfecho de leer. Ya conseguiríamos las de Franco Gasparri. Todas las chicas las leían y circulaban entre nosotras como hoy esa amiga de hojitas a la que en clave llaman maría.
   En la otra esquina, donde ahora está el Club de Pesca y entonces había una vivienda colectiva de estudiantes, vivían unas rubias despampanantes que eran de Coronel Du Graty. En el alto veredón de ladrillos suspendimos el pedal de la bicicleta y le echamos la primera ojeada: era una edición de Sudamericana, tenía un prólogo de Luis Hars y traía dos novelas cortas. Luis Hars hablaba de un escritor colombiano y, la verdad sea dicha, aunque leímos varias veces ese prólogo no sabríamos decir ahora si gracias a él comenzábamos a conocer a aquel morocho risueño y bigotudo, o si solo recordamos la aluvial sensación de deslumbramiento, el aleteo chisporroteado que anunciaba el nacimiento de un gran amor.
   Y el amor fue total. Nos enamoramos de esos personajes siempre vacilantes en la cuerda floja que pulsa sobre los ciegos precipicios de la tragedia, de ese mundo de sombras y miseria, donde la soledad late como un forúnculo caliente a punto siempre de estallar en desahogo de desgracia, de asco y de dolor, ese mundo de lujos apolillados, ese mundo decadente, machista, fantástico y exótico donde una muchacha podía llamarse Eréndira y ofrecer las hilachas de su cuerpo en oferta al último hombrecito de la tierra solo por amor y donde una vieja esposa, enferma y piojosa, aceptaba agonizar de hambre pero no dejaba de acompañar a su hombre hasta el extremo de la desolación.
   Un día llegamos a la universidad y compartimos nuestras lecturas con un novio eventual. El nos acercó "El Castillo" de Franz Kafka. Y se llevó a cambio el librito de tapas color rosa. Aquel romance de estudiantes terminó más temprano que tarde y los pobres libros se quedaron con las vidas cruzadas. Todavía en nuestros anaqueles está el libro de Kafka. No sabemos qué fue de aquel otro, ojalá lo hayan tratado bien.
   Añoramos largamente aquel pequeño libro donde leímos por primera vez La increíble y triste historia de la cándida  Eréndira y de su abuela desalmada, que era acaso la fábula de la hedionda, pegajosa explotación de América Latina, pero que nosotros leíamos como un cuento de hadas, hadas bizarras y caídas, pero hadas al fin. Accedimos también al, ya entonces, unánimemente aplaudido El coronel no tiene quien le escriba, relato de ignominia y resistencia que nos llevó mucho tiempo entender.
  Alguna tarde, ya en Resistencia, con penas de amor por el novio y el libro escamoteado, encontramos Cien años de soledad. Se nos desgarraba el pecho de felicidad con esas frases engoladas y al mismo tiempo transparentes que ojalá hubiéramos podido escribir nosotros. El amor era cada día más grande.
   Veinte años después, en un quiosco de un pueblo perdido en el viento norte y el polvo del Chaco adentro encontramos El amor en los tiempos del cólera. Y aquella siesta horrible, acezante de calor, mientras esperamos tres horas el colectivo destartalado que nos devolvía al hogar, después de un día de inútil y esforzado trabajo docente, renovamos los votos con el galán colombiano.
   Y no hace tanto leímos, otra vez asombrados, Del amor y otros demonios. No citamos los demás. Él hizo que América Latina fuera apreciada y respetada. Él nos dio un regalo invaluable: creó nuestras señas de identidad, enjuagó nuestra ignominia con el agua bautismal de su lenguaje lleno de poesía. 
   Ahora viene la dama con sus huesos batientes, fosforescentes. Anda extendiendo dedos dubitativos y temblorosos y aparta hojas de bananeros y de palmas, frescas hojas salpicadas de rocío. Y de lágrimas nuestras. Estamos llorando por Gabriel, el llamado García, de los Márquez. Aquel que conocimos una siesta, en la esquina del correo viejo, donde ahora está el museo, cuando teníamos catorce y no sabíamos nada de eso que llaman literatura. Y fue amor a primera vista... para siempre.

                                   Las imágenes han sido tomadas de https://www.villaangela-chaco.com   (a quienes agradecemos)


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