” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

domingo, 27 de julio de 2014

Mala noche y parir hembra

   La mirada polarizada es un eje conceptual constitutivo del paradigma de occidente. Ayer fue Grecia y los bárbaros, creyentes y gentiles, Roma y el mundo, cristianos y judíos, cristianos o herejes, blancos o negros, occidente u oriente, metrópoli o colonia. Un día se habló del norte y el sur, el este y el oeste, capitalismo o comunismo. La lista es inacabable. 
   Todas las polarizaciones imaginables tienen su lugar en ese modelo de nociones opuestas que acaso nació en la medialuna fértil con aquellos dioses de la luz y la sombra, la noche y el día, el bien y el mal: Mazda y Arimán. En realidad la historia de estos hermanos mitológicos es compleja, contradictoria y penosa, porque parte de la elección paterna que decide elegir a uno de ellos por sobre el otro para considerarlo primogénito y por ende meritorio de los derechos y prerrogativas por sobre todas las cosas. Desde el momento del nacimiento de Mazda, luego Ormuz, la existencia toda quedó partida en dos, como la relación de estos hermanos que se llevaron con su destino desde la luz hasta los olores: Ormuz será la luz y el aroma en tanto Arimán será la oscuridad y el hedor.
   Estos pueblos semitas son nuestros verdaderos padres, con sus luchas terribles y escandalosas que aún perduran, con su poder para las ideas y la resistencia, con su capacidad para mirar el cielo y descubrir ese orden inconmensurable y perenne que rige nuestro rodar infinito en el espacio. Los griegos fueron a buscarlos, los pelearon cara a cara y luego se sentaron a conversar entre ellos durante cinco siglos acerca de los saberes asombrosos que se guardaban en las severas bibliotecas del cercano oriente, entre arenas de desierto y montañas de oro conquistado.
   Y los griegos, pueblo venido de la luz, cambiaron su modelo pastoril y matriarcal por el modelo heroico, guerrero y machista de estos semitas perfumados y calientes que guardaban sus mujeres en cajas lujosas para el uso o el olvido, según sus caprichos. Ulises y Edipo lo ilustran de maravillas. Antígona luchando por hacerse oír y recuperar valores esenciales de pudor y ternura, es acaso el ejemplo más ilustrativo de los discursos que se habían subsumido con el nuevo paradigma y que habían dejado de tener sentido frente al severo modelo de autoridad varonil.
   Había llegado a ese pueblo de cabeza tan abierta y tan innovadora una noción extraña: la noción de dominación. Treinta siglos han rodado sobre las aguas del Egeo que vieron aquella mañana desangrarse una niña sobre la piedra ritual para que un ejército saliera a atrapar una mujer evadida. No importa la explicación geopolítica de aquella guerra repugnante donde muchos principios fueron pisoteados para que otros se impusieran. Es mucho más rico el mito con su sentido implícito, con su simbología: un mundo, una manera de vivir y pensar sucumbió con el incendio más monumental de la historia, ese que aún hecha sus flamas sobre occidente. 
   Desde entonces, la idea oriental de la mujer objeto disfrazada con términos como pudor, decencia, honor, obediencia, respeto, impregnó el mundo occidental y llegó a América con la conquista. La mujer como segundona, el segundo sexo, el segundo cuerpo, el cerebro de menor peso. Frued, Lacan y las leyes para justificar esa segundidad.
   ¿A quién le importa esa segundidad cuando una mujer ha sido capaz de no tenerla en cuenta, de desconocerla y vivir y crecer y envejecer como persona, al margen de su propia biología o con ella y todo? Importa sí, cuando no se logra hacer oídos sordos a las tantas mujeres que levantan sus genitales como un arma mortal de oscuridad y hedor y los exhiben impúdicas dueñas del viejo poder químico y salaz que podía, y puede, doblar cervices de reyes y de reinos. O de empresarios y capitales, hoy día.
   Mujeres que se dejan exhibir en programas televisivos, en pasarelas, en las avenidas desoladas de las locas ciudades, en las redes sociales, en cualquier esquina, ofreciendo en mercancía la mera madeja de su cuerpo como el bien absoluto. Entonces, treinta siglos de yugo se afianzan y baten carcajadas cadavéricas sobre esas nalgas expuestas cuando el conductor de televisión las termina de desnudar en público, cuando el otro conductor de televisión les dice "zorra" con toda impunidad y el insulto se replica en los medios como un eco interminable, cuando el más tosco de los hombres (dicen que sutil futbolista) hace encarcelar a una muchacha por oscuros motivos insondables (tal vez).
   Esto es solo una pizca invisible de lo que pasa en el mundo con las hembras de la especie, con sus congéneres que no aprendieron a jugar un rol digno en pro de sus derechos y los de sus hijas. Esto es occidente: un modelo de convivencia donde el principio del dominio sobre el otro no ha cambiado en treinta siglos y cuando algo se modifica es solo para invertir los roles. Este es el occidente que pretende dar cátedra en aquellos lugares donde las hogueras esplenden intentando destruir un universo para instalar el del vencedor. 
   Occidente olvida que la sangre de Ifigenia nutre soterrada e inocente su destino de siglos y que la carne de Helena aun impregna con su aroma las hogueras del mundo. Occidente debería rescatar el sentido de esa sangre que todavía pulsa en su raíz ideológica por salir a la vida y no debería volver a los pies de las altas murallas de Ilión. Ilión no necesita a Occidente y toda vez que Occidente intervino Ilión ardió. Que lo digan sino Palestina e Israel con sus niños llorando de terror entre las piedras en llamas. Y que Occidente pueda desmentir que no ha tenido gran responsabilidad en el artificioso esquema creado que hoy estalla en pedazos.

http://www.rpp.com.pe/

                                                                             -*-
                                                         

sábado, 19 de julio de 2014

Porque a sufrir has venido

   Buenos días, tristeza; así recibía una jovencísima burguesita su propia llegada a la adultez en la reconocida novela de Françoise Sagan. Tiene hilo para cortar y tejer esto de la tristeza y el llanto. Los que escribimos generalmente lo hacemos con mayor soltura y mejor estro cuando se trata de temas amargos. No se escribe porque se sea feliz sino para buscar al menos el gajo transparente y neblinoso que remeda el velo delicado de la milagrosa, mágica, reina Mab.
   El dolor, la pena, el sentimiento trágico de la vida, la tristeza secular del indio conquistado y subyugado, el pathos ineludible del predestinado griego, el padecimiento del mártir, la exacerbación de la culpa que pide castigo de los místicos, y tantas otras formas de padecer que el hombre ensalza en su continuo derrotero hacia la playa melancólica y sola del sufrimiento.
  Y en ese sufrir se confunden razones y motivos. Desde los pueriles dolores de la adolescencia que desgarra sus velos juveniles en melopea de llanto por el primer amor igual que por un mechón de pelo mal rizado o una prenda de vestir que acentúa el ridículo del cuerpo desarmónico y tosco; hasta el dolor desgarrador del primer muerto amado que cava en cada vida el hoyo oscuro y hosco de la finitud inevitable. Dolores tan disimiles y tan vívidos, tan humanos.
   Pero la adolescencia es una escuela para la vida. Es entendible que se ejercite en ella la sensibilidad y sus meandros, los vericuetos alocados o complejos de la existencia. Otra reflexión merece la vida con sus azares y sus certezas, si es que alguna nos da, cuando ya ella nos ha galardonado con sus diplomas más exigentes y sus medallas más broncíneas.
   Ganadores, perdedores, luchadores del phatos personal de cada uno, aprendimos que el amor tiene mil caras, que la risa puede ser una máscara cruel y tensa, que las lágrimas son muchas veces solo agua con algunas sales, que es posible medir el alcance de cada dificultad y cada derrota y que nos hemos vuelto dueños y señores de nuestras tristezas. Y descubrimos cuanto más valioso es recapitular sobre los detritos de las pérdidas y aprovechar como insumo los fracasos.
   Para algunas personas, para ciertos pueblos, la vida es una sumatoria de caídas. Habría que ver de dónde se alimenta su retahila de dificultades, su rosario de angustias, su encadenamiento de derrotas. Aunque, como creían los griegos, tal vez todo está escrito y el hombre solo lo lee a medida que vive, hace presente y existencia lo que la moira ya estableció para él. Por eso debe ser que el inundado vuelve a su tapera desolada, carcomida, arrasada por las barrosas corrientes, cuando viene la bajante. Y vuelve a criar sus gallinas, y sus perros, y sus niños, en un reinicio inescrutable de ciclo, porque la vida sigue, porque para sufrir estamos en este mundo. 
   Entonces debe tener sentido que todo un pueblo llore por una copa, que ni siquiera es copa sino apenas un ícono burdo de los sueños y pasiones de la vaciedad, mientras en el norte miles de niños, miles de hombres y mujeres con sus perros, sus caballitos y sus cabritas mustias, rescatan lo mínimo de sus mínimas existencias en pobres canoítas, por sobre el lomo marrón y enloquecido de los padres ríos que alguna venganza terrible se están cobrando.
   Y van casi solos, con las hilachas de su destino mojado y frío; porque mientras tanto sus hermanos, o al menos sus conciudadanos, andan llorando por las plazas la pena caliente y luminosa que se transmite por las pantallas del mundo.


                                                                                                        Las imágenes son de: www.TerritotioDigital.com y de: Getty Images                                                           


jueves, 26 de junio de 2014

A ella la llamaron La Hermosa

   Una lejana isla, descubierta por los portugueses para el mundo occidental, recibió el nombre de Ilha Formosa, allá por el siglo XVI. La desafortunada isla padeció lo que las bellas padecen: el deseo de conquista de todos los que la avistaron contribuyó a ser sojuzgada sucesivamente por españoles, holandeses, japoneses y chinos. Su nombre de origen seguramente figura en alguna capa de los superpuestos relatos de dominación, guerras, politiquerías, burocracias y militarizaciones que padeció. Hoy se llama Taiwán, para nosotros y aparentemente está bajo la férula de China. Su larga historia tal vez en nada se parecerá a la de otra Formosa que tenemos por aquí en las cercanías.
   En aquellos años del siglo citado subían río Paraguay arriba algunos navegantes, exploradores, conquistadores, españoles y en su codiciosa mirada hambrienta de riquezas, preñada de ansias de posesión, se recortó, distinta, verde, lujuriosa, una curva del río con su punta de tierra implosionada de verde. Estos hombres eran aventureros, impulsivos y acaso valientes, pero no tenían demasiada originalidad, así que llamaron Formosa a la punta de tierra que los tentaba con sus promesas de calladas y jugosas mujeres desnudas, con los frutos pegajosos de almíbar, aroma y tersura mojada, palpitante incitación al goce y la conquista.Y la conquistaron.
   Formosa sigue llamándose con aquel nombre repetido y copiado de otras aventuras y otros paisajes. Es hoy una provincia argentina y hace honor a su nombre. Pero es, también, el feudo de unos pocos políticos que han sido denunciados continuamente desde hace veinte años por sus interminables violaciones a los derechos humanos, por su insaciable pulsión de riquezas, por su descarada crueldad, por su inaudita impunidad, por su impúdica exhibición de poder.
   Como toda América, Formosa ha padecido la conquista a sangre, fuego y despojo. Derramamiento de sangre que no termina, fuego que nunca deja de destruir, despojo que sigue macerando miseria y degradación. Formosa es mundo aparte en este país de provincias feudales, es una zona liberada para la injusticia y la persecución de sus originarios, es camino de contrabando y narcotráfico, es una herida agusanada que nadie desea desinfestar ni desinfectar porque los intereses de los pocos sostienen las ventajas de unos cuantos y porque el modelo áfrica está enquistado en América Latina. 
   Las voces de estos indios corajudos y oscuros no se escuchan demasiado lejos. Ellos gruñen, selváticos, resistentes, explotados como el primer día de la conquista (cinco siglos igual cantan los juglares de acá) y a veces aúllan a la luna, pálida madre sufriente que solo puede suavizar el brillo repulsivo de las necrosis de la injusticia. Asesinatos y expedientes se acumulan en el monte y en los juzgados de Formosa. Reclamos y protestas son acallados y reprimidos con violencia, pero aún más con el infinito, brumoso silencio, que rodea estas duras historias así como el mar rodea a Taiwán, en las antípodas, aquella ilha formosa que le diera a esta selva el nombre de su fatalidad.  

                                        Imagen tomada de http://pocnolec.blogspot.com.ar/ 

http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/felix-diaz-y-la-comunidad-qom-de.html
http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/atentado-contra-agustin-santillan.html
http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/reclamos-represion-y-cortes-de-ruta-en.html
http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/repudio-del-serpaj.html


domingo, 1 de junio de 2014

El viento quisiera ser

   Y un día nos volvimos a enamorar. Como siempre sucede el amor llegó sin avisar, cuando menos se lo esperaba, como una flecha invisible y extraviada que sin buscar donde caer, cayó en ese lampo estéril de nuestro corazón vacío, de esta vida azorada y quieta, de este larga madrugada opaca, seca de sueños.
   Tantos amores idos, tantas caras bellas o no, jóvenes o no, reales o ficticias. Medio siglo es un largo tiempo: para quien busca o no busca. Porque aun cuando se ha tomado distancia de las crueles pasiones y su ácida quemadura, aun cuando se ha desechado el ideal de la ternura cálida de la compaña cortesana y gentil, aun cuando se haya aceptado el trueque de la sana amistad sin riesgos, aun cuando la soledad se ha convertido en nuestra hermana más comprensiva y paciente, aun con todo ello, como decía Silvina Ocampo, "siempre volvemos a enamorarnos de los seres hermosos".
   Buscábamos por esos días noticias de Federico. Sus últimas terribles horas, su último poema, su último amorío. Y así encontramos musicalizados "Los sonetos del amor oscuro". Los cantaba una voz como un manantial. Esa voz venía desde una raíz fragante, tersa y luminosa y florecía en el aire, raiz y flor al mismo tiempo. Volvía a vivir Federico, en esa voz. 
   Así que como un animal sediento que entre las zarzas huele las flores frescas que crecen más allá del espinoso muro, más allá de las piedras grises, más allá del sombrío borde de la noche y de la muerte, en el agua trasparente y musical que fluye, eternamente serena, a pesar de la cercanía con lo áspero y lo cruel y lo innominado, como un animalito solitario perseguimos la estela sedosa de esa voz y llegamos a la orilla florecida, al manantial absoluto.
   Y muchos días vivimos en esa suave pendiente donde sobre doradas o azules piedras pasaba, diciendo lo nunca oído, aquella agua luminosa. Tal vez los que imaginaron el paraíso atisbaron una voz así y un inagotable y delicado encaje de palabras enredadas, engarzadas, entretejidas entre las notas de una guitarra o bajo la filigrana de la música de un piano, de un violín. 
   Así como los marineros atrapados por la magia de sus gargantas se dejaban arrastrar por las sirenas a ocultas, inaccesible y mortales playas, así nos dejamos llevar a ese universo en el que siempre había un pétalo blanco flotando sobre un centrífugo expandir de ondas mojadas y murmurantes. Un universo dentro del cual la poesía se impregnaba de dimensiones líricas inesperadas, donde el dolor y la ansiedad de la vida no eran tan terribles como era de amable la nostalgia por la belleza indecible, vívida, esplendorosa de esas canciones.
   Con él conocimos a otras gentes, algún su amigo, alguna de sus damas. Tuvimos que aceptar que habíamos llegado a ese territorio demasiado tarde para reclamar exclusividad. Teníamos sin embargo para compartir la poesía sangrienta y florecida de Federico y aceptamos el almibarado romanticismo localista de Rosalía, su gran amor. Es decir, lo aceptamos también con algún detalle menor que no nos hacía tan felices. Su origen galaico era parte de su encanto, le daba ese tinte delicado de juglar, la tonalidad ambarina en la voz, la quietud pícara de los ojos, la gracia de las manos.
   A veces volvemos a él por las sendas secretas de las redes sociales y lo espiamos un poquito, para saber dónde anda, que canciones nuevas ha soltado a los vientos. Y recuperamos aquel deslumbramiento. El mismo que nos desgarrara el corazón cuando nos cantara una fría madrugada con su voz de filomena y amapolas: 
                         Tengo en el pecho una jaula, 
                     en la jaula dentro un pájaro, 
                     el pájaro lleva dentro del pecho 
                     un niño cantando 
                     en una jaula 
                     lo que yo canto. 

   Y nos enamoramos un ratito otra vez, el tiempo suficiente para decirle cuán magnífico es su canto, su canto maravilloso señor Amancio Prada, usted que lleva en el pecho una jaula con nuestro mínimo y silencioso corazón. Eso que Usted cree que es un pájaro.




sábado, 24 de mayo de 2014

¡Feliz cumpleaños Villa Ángela! 
Te dejo esta mirada sobre un lugar de mis lejanos años. No importa si nadie lo reconoce, estas son cuestiones entre vos y yo.

Foto de Emanuel F. V. G.  La Avenida del trabajo en su triplicación: la derecha va al cementerio hebreo, la diagonal va a La Suiza, la izquierda al portón principal de las represas de la fábrica de tanino. En el centro de la imagen la quinta de don Alfonso Castillo.

domingo, 18 de mayo de 2014

 Cambiar de vida... cambiar el mundo


   Cuentan que un día de sus días Paul Gauguin se marchó lejos a pintar cuadros. Después de vivir una acomodada existencia el agente de cambio eligió un estilo de vida marcado por la bohemia del arte y la pobreza. Esa parece ser la historia. El hombre cambió de vida: hoy un señor de traje, que fuma puros y porta un maletín lleno de documentos que representan una montaña de dinero, mañana un gañán despeinado y piojoso cuyos manchones de luz y de color dejan bizcos a los marchantes de arte. ¿Habrá sido tan así?
   Picados de curiosidad leemos versiones de la biografía (breves) de este hombre que fuera amigo de Van Gogh y que vivió vidas diferentes en diferentes épocas. Y ahí está el equívoco y la simplificación. El pobre de Paul se hizo hilachas luchando contra la fuerza de la marea de un modelo de vida que tenía parámetros y andariveles preestablecidos, seguros y casi inamovibles. Había nacido con su circunstancia y él decidió cambiarla. En el desgastante camino dejó todo, en primer lugar la seguridad de un estilo de vida ya configurado desde antes él nacer. Y con ello el resguardo de una familia, hijos y nietos para los cuales sería el paters familii, una vejez de las llamadas honorable y una muerte anónima, serena y rodeada de consuelo.
   Dejar aquello no fue fácil, ni fue de un día para otro. Es patente que intentó conciliar el rugido de sus impulsos artísticos con la vida burguesa pero que no lo logró. Incluso después de iniciar su quehacer pictórico algún pariente le consiguió trabajo en América y regresó varias veces a Europa y según se desprende de su correspondencia siguió en contacto con la madre de sus hijos. El cambio de destino fue más que nada para Gauguin un esfuerzo de autodestrucción y una inmersión en un universo que le era totalmente desconocido y para el cual no tenía herramientas emocionales ni simbólicas que le facilitaran la inserción.
   Sus sinnúmeras dificultades no lo hicieron regresar al antiguo estilo de vida y compensó la experiencia extrema de desamparo, pobreza y enfermedad con una obra maravillosa, que nos golpea aún hoy con la fuerza de su pulsión de vida, con la mansedumbre y desnudez de lo primitivo, con el fragor de lo salvaje. Porque con su pintura, Gauguin construyó un nuevo universo simbólico con el cual no solo reemplazó el de su clase de origen sino que sobre todo superó las limitaciones del sistema de creencias y valores de la burguesía capitalista de su tiempo. Y lo hizo solo, apenas acompañado por la empatía de algún marchante, que no habrá dejado de aprovecharse de su talento, y la identificación en sueños comunes que compartió con gente tan difícil y compleja como su amigo Vincent Van Gogh. 
   En el cambio, que no fue sencillo ni inmediato, Paul Gauguin se fue quitando pieles y quedando en carne viva, hasta llegar a ser solo el meollo dolorido de un hombre. Pero seguramente, si le hubiera sido dada una segunda oportunidad, lo habría vuelto a hacer igual. Eligió ser otro, y lo fue; hacer otra cosa, y lo hizo.
   Seguramente pocos pueden hacerlo. Cambiar de vida, marcharse, cerrar la puerta, quemar las naves, nunca mirar atrás: ¿cuántos hombres lo consiguen? Muy pocos. ¿Cuántos pueblos lo logran? Todavía menos. Y menos aún si no hay entre sus hombres alguno, o algunos, que se propongan esas miras y luchen por ellas con bondad, desinterés y vocación trascendente.
   Es evidentemente, demasiado difícil cambiar, volverse otro, alguien desnudo y potente, alguien capaz de desgarrarse de pies a cabeza para nacer de nuevo y hacer con lo que hicieron con uno un nuevo alguien. Y nos preguntamos, azorados, asqueados y solos frente a la multitud de las estrellas, cuándo lo hará, o lo intentará, el hombre como tal. No un hombre. El hombre total. No un Paul, tenaz y desprendido hasta de sí mismo, sino el colectivo infinito de negras criaturas atosigadas de miedo, de egoísmo, de crueldad, de conservadurismo y conformismo.
   Porque un día Paul se tomó en serio su sueño, el secreto sueño que nos corroe por las noches, oculto, soterrado, inexpresado. Después vino la vida de verdad. Esa de la que no sabemos si mañana tendrá sobre la mesa la hogaza de pan fresco.O tal vez ni siquiera tenga mesa con sus cuatro patas firmes de seguridad. 
  Y caminamos las ciudades profusas de colores inventados, de humo y de ruido y nos miran tristes y agobiados los caballos entre dos rígidas, inevitables varas, y nos  miran los niños del cartonero, morenos y calientes bocados de cañón. Y no nos mira el padre cartonero que se trepa a una alta y brillante motocicleta y se aleja  a marcar otro punto de recolección mientras los niños alzan el recio látigo y lo bajan severos, apurados, sobre el anca un poco angulosa del caballito escueto con sus cuatro patas móviles, temblorosas de esfuerzo. 
   Paul Gauguin llegó a Atuona, en las Islas Marquesas, y creyó estar en el Paraíso Terrenal. Pronto descubrió que los hombres blancos habían conquistado también ese lugar del mundo y que estaban imponiendo allí la base del modelo burgués capitalista de su cultura: la explotación esclavizante que aporta riquezas a unos pocos. El mundo aquel que hacía mucho había creído dejar atrás. Tal vez en esos dos últimos años intentó entender las razones que hacen que un hombre pueda cambiar y ser dueño de su destino y que, sin embargo, no permite que los hombres cambien y dejen el destino de los hombres en manos de los hombres. Tal vez para no pensar lo impensable se dedicó a realizar esculturas. Algo nuevo para él que era especialista en cambiar de rumbo. 
   El caballito de los cartoneros dobla la esquina cabizbajo y menudo. Los niños del cartonero siguen el rastro brilloso de la motocicleta de su padre. También brillan los negros, redondos ojos infantiles, asomados a los sueños pueriles y  preocupantes de los niños pobres del mundo.        
   Paul Gaugin murió el 9 de mayo de 1903, en Atuona, Islas Marquesas, después de cambiar varias veces de vida sin, naturalmente, haber logrado cambiar el  mundo. Dejó cuadros asombrosamente coloridos, en los que explota hacia los ojos que los miran la potencia de un alma que se animó a encontrarse a sí misma.


                                    ¿De dónde venimos? ¿Quienes somos? ¿Adónde vamos? 1897


sábado, 26 de abril de 2014

Adelina y la casa de la calle Pasteur   

   Esa calle debe ser Pasteur. Al 150. Más o menos. La cuadra empezaba con Guidini, el encuadernador. También supo estar allí la imprenta de Ojeda, el padre de Pocitos, galancito de nuestro séptimo grado. Eran todas casas de principio de siglo XX, de cuando Villa Ángela comenzaba a convertirse en ciudad. Casas estilo Belle Epóque, altas, con puertas y ventanas con ventiluz sobre el dintel y de doble hoja. Era una cuadra con mucho estilo. En una de esas casas vivía la abuela de Adelina Diez. 
   Adelina era la chica más hermosa de la 389. En nuestros recuerdos hay una estampa imborrable con la imagen de Adelina vestida con vestido de puntillas y una mantilla a la española sobre un alto peinetón. Debe haber sido para el veinticinco de mayo, cuando se caracteriza a las niñas lindas de dama antigua; y a las feitas de negrita vendedora de pasteles, con la cara tiznada de corcho quemado y un pañuelo de lunares en la cabeza.
   El acto estaría por empezar y en el salón del museo escolar se disfrazaba a los niños que tomaban parte. Eramos del turno tarde, así que no participábamos demasiado. Los chicos de la mañana eran el epítome de perfección en un barrio de clase media baja y de segmentos populares pobres y muy pobres. Así que nosotros espiábamos todo aquello que nunca nos tocaría en suerte. Por eso nos asomamos a la puerta entreabierta del museo y ¡oh maravilla! Todos los espiones suspiramos deslumbrados ante la belleza de Adelina envuelta en un puñado de blancura impoluta: ¡Qué linda!
   Adelina tenía además una abuela que vivía en una de las cuadras más interesantes de la villa. Esas casas eran la memoria en ladrillos de la ciudad. A esa altura, sobre los escombros de las preciosas casas del pasado, están construyendo un enorme edificio de cemento y zing. Tiene una rara forma que podría compararse con un barco, una especie de proa, combada y puntiaguda, toda de chapa. Su color acerado agrede la vista y seguramente la resolana del verano, con tanta chapa refractando la luz y el calor, desde ahora en más va a ser intolerable a su alrededor.
   Cuando descubrimos este monstruo engendrado por el progreso, evaluamos los posibles beneficios de su fealdad, la evidente ausencia de sustentabilidad y conciencia ecológica del arquitecto diseñador, la inútil destrucción de casas hermosas que aún estaban en buen estado y servían para albergar personas y la posibilidad de poner un edificio tan feo un poco más lejos del centro. Como no hay manera de rescatar las casas demolidas y de aventar el desagradable cascarón de zing, nos alejamos de allí a buen paso.
   Y recordamos aquella tarde en que compartimos con la linda Adelina y nuestra querida Tere una siesta de cine. Vimos "Quiero abrazarme a tus pies", de Sandro. El cine quedaba ahí a la vuelta. Y en aquellos años también había un cine en 25 de mayo e Irigoyen . Todavía está el edificio, con relieves hechos en cemento por las manos de aquellos albañiles que ya los hubiera querido tener de ayudantes el mismísimo Miguel Ángel. Y todavía dice CINE CERVANTES, en el frontispicio. Han estropeado sus puertas y sus ventanas con vidrieras que exhiben, como en todas partes el envilecido esplendor del consumo. Sin embargo la gallardía y la distinción del edificio se impone sobre la irrespetuosidad de los retoques.
   Esta vez nos vamos caminando despacito, pensando que Villa Ángela se está convirtiendo en una señora anciana que no se resigna a envejecer y que, por lo mismo, renuncia a la digna belleza de sus arrugas por el tramposo consuelo de los retoques del cirujano. 
   Mientras sus habitantes le desgarran el poético corazón de paloma silvestre con el estrépito de las motocicletas, le azotan la tibia piel de yegua mansa con el seco látigo de los carreritos cartoneros, le adornan las noches ensordecidas con relumbrones de lentejuelas, mientras se distrae, Villa Ángela cambia, se despelecha como una oruga que fuera fresca y libre para convertirse en la mariposa tecnicolor de su delirio.
   Por suerte, aunque la dulce Adelina ya tomará en otras calles la curva de la vejez, en la villa las niñas lindas siguen despabilándonos el alma con la rosa impoluta de su hermosura.

                                                                                      Imagen tomada de la web.