” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

sábado, 24 de mayo de 2014

¡Feliz cumpleaños Villa Ángela! 
Te dejo esta mirada sobre un lugar de mis lejanos años. No importa si nadie lo reconoce, estas son cuestiones entre vos y yo.

Foto de Emanuel F. V. G.  La Avenida del trabajo en su triplicación: la derecha va al cementerio hebreo, la diagonal va a La Suiza, la izquierda al portón principal de las represas de la fábrica de tanino. En el centro de la imagen la quinta de don Alfonso Castillo.

domingo, 18 de mayo de 2014

 Cambiar de vida... cambiar el mundo


   Cuentan que un día de sus días Paul Gauguin se marchó lejos a pintar cuadros. Después de vivir una acomodada existencia el agente de cambio eligió un estilo de vida marcado por la bohemia del arte y la pobreza. Esa parece ser la historia. El hombre cambió de vida: hoy un señor de traje, que fuma puros y porta un maletín lleno de documentos que representan una montaña de dinero, mañana un gañán despeinado y piojoso cuyos manchones de luz y de color dejan bizcos a los marchantes de arte. ¿Habrá sido tan así?
   Picados de curiosidad leemos versiones de la biografía (breves) de este hombre que fuera amigo de Van Gogh y que vivió vidas diferentes en diferentes épocas. Y ahí está el equívoco y la simplificación. El pobre de Paul se hizo hilachas luchando contra la fuerza de la marea de un modelo de vida que tenía parámetros y andariveles preestablecidos, seguros y casi inamovibles. Había nacido con su circunstancia y él decidió cambiarla. En el desgastante camino dejó todo, en primer lugar la seguridad de un estilo de vida ya configurado desde antes él nacer. Y con ello el resguardo de una familia, hijos y nietos para los cuales sería el paters familii, una vejez de las llamadas honorable y una muerte anónima, serena y rodeada de consuelo.
   Dejar aquello no fue fácil, ni fue de un día para otro. Es patente que intentó conciliar el rugido de sus impulsos artísticos con la vida burguesa pero que no lo logró. Incluso después de iniciar su quehacer pictórico algún pariente le consiguió trabajo en América y regresó varias veces a Europa y según se desprende de su correspondencia siguió en contacto con la madre de sus hijos. El cambio de destino fue más que nada para Gauguin un esfuerzo de autodestrucción y una inmersión en un universo que le era totalmente desconocido y para el cual no tenía herramientas emocionales ni simbólicas que le facilitaran la inserción.
   Sus sinnúmeras dificultades no lo hicieron regresar al antiguo estilo de vida y compensó la experiencia extrema de desamparo, pobreza y enfermedad con una obra maravillosa, que nos golpea aún hoy con la fuerza de su pulsión de vida, con la mansedumbre y desnudez de lo primitivo, con el fragor de lo salvaje. Porque con su pintura, Gauguin construyó un nuevo universo simbólico con el cual no solo reemplazó el de su clase de origen sino que sobre todo superó las limitaciones del sistema de creencias y valores de la burguesía capitalista de su tiempo. Y lo hizo solo, apenas acompañado por la empatía de algún marchante, que no habrá dejado de aprovecharse de su talento, y la identificación en sueños comunes que compartió con gente tan difícil y compleja como su amigo Vincent Van Gogh. 
   En el cambio, que no fue sencillo ni inmediato, Paul Gauguin se fue quitando pieles y quedando en carne viva, hasta llegar a ser solo el meollo dolorido de un hombre. Pero seguramente, si le hubiera sido dada una segunda oportunidad, lo habría vuelto a hacer igual. Eligió ser otro, y lo fue; hacer otra cosa, y lo hizo.
   Seguramente pocos pueden hacerlo. Cambiar de vida, marcharse, cerrar la puerta, quemar las naves, nunca mirar atrás: ¿cuántos hombres lo consiguen? Muy pocos. ¿Cuántos pueblos lo logran? Todavía menos. Y menos aún si no hay entre sus hombres alguno, o algunos, que se propongan esas miras y luchen por ellas con bondad, desinterés y vocación trascendente.
   Es evidentemente, demasiado difícil cambiar, volverse otro, alguien desnudo y potente, alguien capaz de desgarrarse de pies a cabeza para nacer de nuevo y hacer con lo que hicieron con uno un nuevo alguien. Y nos preguntamos, azorados, asqueados y solos frente a la multitud de las estrellas, cuándo lo hará, o lo intentará, el hombre como tal. No un hombre. El hombre total. No un Paul, tenaz y desprendido hasta de sí mismo, sino el colectivo infinito de negras criaturas atosigadas de miedo, de egoísmo, de crueldad, de conservadurismo y conformismo.
   Porque un día Paul se tomó en serio su sueño, el secreto sueño que nos corroe por las noches, oculto, soterrado, inexpresado. Después vino la vida de verdad. Esa de la que no sabemos si mañana tendrá sobre la mesa la hogaza de pan fresco.O tal vez ni siquiera tenga mesa con sus cuatro patas firmes de seguridad. 
  Y caminamos las ciudades profusas de colores inventados, de humo y de ruido y nos miran tristes y agobiados los caballos entre dos rígidas, inevitables varas, y nos  miran los niños del cartonero, morenos y calientes bocados de cañón. Y no nos mira el padre cartonero que se trepa a una alta y brillante motocicleta y se aleja  a marcar otro punto de recolección mientras los niños alzan el recio látigo y lo bajan severos, apurados, sobre el anca un poco angulosa del caballito escueto con sus cuatro patas móviles, temblorosas de esfuerzo. 
   Paul Gauguin llegó a Atuona, en las Islas Marquesas, y creyó estar en el Paraíso Terrenal. Pronto descubrió que los hombres blancos habían conquistado también ese lugar del mundo y que estaban imponiendo allí la base del modelo burgués capitalista de su cultura: la explotación esclavizante que aporta riquezas a unos pocos. El mundo aquel que hacía mucho había creído dejar atrás. Tal vez en esos dos últimos años intentó entender las razones que hacen que un hombre pueda cambiar y ser dueño de su destino y que, sin embargo, no permite que los hombres cambien y dejen el destino de los hombres en manos de los hombres. Tal vez para no pensar lo impensable se dedicó a realizar esculturas. Algo nuevo para él que era especialista en cambiar de rumbo. 
   El caballito de los cartoneros dobla la esquina cabizbajo y menudo. Los niños del cartonero siguen el rastro brilloso de la motocicleta de su padre. También brillan los negros, redondos ojos infantiles, asomados a los sueños pueriles y  preocupantes de los niños pobres del mundo.        
   Paul Gaugin murió el 9 de mayo de 1903, en Atuona, Islas Marquesas, después de cambiar varias veces de vida sin, naturalmente, haber logrado cambiar el  mundo. Dejó cuadros asombrosamente coloridos, en los que explota hacia los ojos que los miran la potencia de un alma que se animó a encontrarse a sí misma.


                                    ¿De dónde venimos? ¿Quienes somos? ¿Adónde vamos? 1897


sábado, 26 de abril de 2014

Adelina y la casa de la calle Pasteur   

   Esa calle debe ser Pasteur. Al 150. Más o menos. La cuadra empezaba con Guidini, el encuadernador. También supo estar allí la imprenta de Ojeda, el padre de Pocitos, galancito de nuestro séptimo grado. Eran todas casas de principio de siglo XX, de cuando Villa Ángela comenzaba a convertirse en ciudad. Casas estilo Belle Epóque, altas, con puertas y ventanas con ventiluz sobre el dintel y de doble hoja. Era una cuadra con mucho estilo. En una de esas casas vivía la abuela de Adelina Diez. 
   Adelina era la chica más hermosa de la 389. En nuestros recuerdos hay una estampa imborrable con la imagen de Adelina vestida con vestido de puntillas y una mantilla a la española sobre un alto peinetón. Debe haber sido para el veinticinco de mayo, cuando se caracteriza a las niñas lindas de dama antigua; y a las feitas de negrita vendedora de pasteles, con la cara tiznada de corcho quemado y un pañuelo de lunares en la cabeza.
   El acto estaría por empezar y en el salón del museo escolar se disfrazaba a los niños que tomaban parte. Eramos del turno tarde, así que no participábamos demasiado. Los chicos de la mañana eran el epítome de perfección en un barrio de clase media baja y de segmentos populares pobres y muy pobres. Así que nosotros espiábamos todo aquello que nunca nos tocaría en suerte. Por eso nos asomamos a la puerta entreabierta del museo y ¡oh maravilla! Todos los espiones suspiramos deslumbrados ante la belleza de Adelina envuelta en un puñado de blancura impoluta: ¡Qué linda!
   Adelina tenía además una abuela que vivía en una de las cuadras más interesantes de la villa. Esas casas eran la memoria en ladrillos de la ciudad. A esa altura, sobre los escombros de las preciosas casas del pasado, están construyendo un enorme edificio de cemento y zing. Tiene una rara forma que podría compararse con un barco, una especie de proa, combada y puntiaguda, toda de chapa. Su color acerado agrede la vista y seguramente la resolana del verano, con tanta chapa refractando la luz y el calor, desde ahora en más va a ser intolerable a su alrededor.
   Cuando descubrimos este monstruo engendrado por el progreso, evaluamos los posibles beneficios de su fealdad, la evidente ausencia de sustentabilidad y conciencia ecológica del arquitecto diseñador, la inútil destrucción de casas hermosas que aún estaban en buen estado y servían para albergar personas y la posibilidad de poner un edificio tan feo un poco más lejos del centro. Como no hay manera de rescatar las casas demolidas y de aventar el desagradable cascarón de zing, nos alejamos de allí a buen paso.
   Y recordamos aquella tarde en que compartimos con la linda Adelina y nuestra querida Tere una siesta de cine. Vimos "Quiero abrazarme a tus pies", de Sandro. El cine quedaba ahí a la vuelta. Y en aquellos años también había un cine en 25 de mayo e Irigoyen . Todavía está el edificio, con relieves hechos en cemento por las manos de aquellos albañiles que ya los hubiera querido tener de ayudantes el mismísimo Miguel Ángel. Y todavía dice CINE CERVANTES, en el frontispicio. Han estropeado sus puertas y sus ventanas con vidrieras que exhiben, como en todas partes el envilecido esplendor del consumo. Sin embargo la gallardía y la distinción del edificio se impone sobre la irrespetuosidad de los retoques.
   Esta vez nos vamos caminando despacito, pensando que Villa Ángela se está convirtiendo en una señora anciana que no se resigna a envejecer y que, por lo mismo, renuncia a la digna belleza de sus arrugas por el tramposo consuelo de los retoques del cirujano. 
   Mientras sus habitantes le desgarran el poético corazón de paloma silvestre con el estrépito de las motocicletas, le azotan la tibia piel de yegua mansa con el seco látigo de los carreritos cartoneros, le adornan las noches ensordecidas con relumbrones de lentejuelas, mientras se distrae, Villa Ángela cambia, se despelecha como una oruga que fuera fresca y libre para convertirse en la mariposa tecnicolor de su delirio.
   Por suerte, aunque la dulce Adelina ya tomará en otras calles la curva de la vejez, en la villa las niñas lindas siguen despabilándonos el alma con la rosa impoluta de su hermosura.

                                                                                      Imagen tomada de la web.

domingo, 13 de abril de 2014

Los gatos de Memphis No

   Ciudad de las estatuas, hora cero de un sábado de abril, voz impostada de locutora nocturna en una radio "f.m.", programa new age, entrevistas edulcoradas, relatos privados, intimidad al estilo siglo XXI, es decir, mediática. Los entrevistados son jóvenes de este siglo a los que se les propone hablar del amor. Pudorosos y expuestos ellos escabullen la encrucijada sin desnudarse del todo. Pero siempre algo se filtra.
   La muchachita señala como a su gran amor al padre muerto. La ausencia, la orfandad, sobrevuelan la vocecita clara y delicada como la aureola de un ángel. Difícil para la locutora escarbar en esa herida de rosada y siempre fresca carne de pena que cubre la perenne presencia de un padre muerto, de un padre eternizado por lo inescrutable.
   Entonces la pregunta se orienta a los desparpajos políticamente incorrectos de Memphis No. Personaje popular del face book, atrincherado en una adolescencia feroz de cara a los ataques de la inevitable adultez, su voz de niño empalagado explica, en principio un poco cohibido y luego explícito y franco, que su gran amor son los gatos. No los gatos de la noche, esos que andan sobre tacos chispeantes de lentejuela y se adornan con sonrisas maquilladas de oferta. No los gatos de los que hablaba Quevedo, cuidadores de dinero. No los gatos de levantar cargas ni los gatos que brillan en las rutas para visibilizar ciclistas o motoqueros. Memphis ama los gatos  //gato doméstico (Felis silvestris catus)//.
   La locutora pierde el engolamiento de la voz por la sorpresa. ¿Será Menphis un fetichista, un nuevo sexo, un exótico sexópata? Si así fuera, ¡qué sabroso reportaje se viene! El muchachito cuenta entonces que creció con una madre "muuuyyy trabajadora" y que no tuvo padre. Dice que el amor a los gatos lo acompañó, dice específicamente "ahí estaban los gatos". Y relata episodios de esa infancia acompañada de gatos, con anécdotas de gatos, con nombres de gatos, con amor de gatos.
   Cuando los jóvenes se despiden, alegres y un poco tensos por la noche de estrellato radial, nos quedamos pensando que ha sido esta una historia de huérfanos. Una historia cosmopolita y corriente en la que la soledad y sus uñas de lana húmeda han marcado improntas en los destinos de los que serán los hombres y mujeres del siglo XXI. Niños y niñas criados por mujeres solas, ocupadas, apresuradas, esforzadas y austeras. Austeras a la hora del almuerzo, austeras en el vestir y en el disfrute, austeras en la pasión sensual, austeras en la tristezas, austeras en el amor y la caricia. Niños que en las noches frías, mientras la madre tomaba el ómnibus para ir a trabajar o a rendir un examen, se abrazaban a lo único cálido que tenían consigo: cuerpos tiernos de gatos.
   Tan lejos pareciera haber llegado la especie y sin embargo siguen sus cachorros abrazados a la cálida piel de la bestia venida de la selva o de las piedras o de la nieve del atemorizante exterior para abrigarlos en lo profundo de la cueva, como en el neolítico lo hiciera el lobezno perdido, rescatado por el cazador.
   La orgullosa especie del homo volviendo al círculo inicial de la vida, al contacto estrecho y amoroso con la sangre de los inocentes que fueran arrancados de la naturaleza y su primitiva justicia y traidos aquí, entre los cachorros humanos para arroparlos y salvarlos, para dar la cuota de ternura que las madres humanas no tuvieron disponible, que los padres humanos no supieron que hace falta.
   El amor a los animales está considerado un signo de evolución moral. Nuestro tiempo vive un auge del rescate de mascotas abandonadas y perdidas, una era de ideología verde, una moda de salvataje, al menos en los discursos, de especies animales y vegetales. Sin embargo, sería bueno revisar si esta actitud hacia los seres vivos que nos acompañan en nuestro paso por este mundo no es más que el deseo de progresar hacia la bondad, una búsqueda profunda de consuelo, compañía y abrigo ante el hondo desamparo de nuestra especie.
   Si así fuera, no es nuestro tiempo el que ha descubierto en el gato o el perro lo que no pudo encontrar en los hombres. Cuenta Diógenes Laercio que Diógenes de Sinope decía amar más a su perro cuanto más conocía a los hombres, dicho que parecería haber sido comprobado en carne propia por Lord Byron, ya que lo citaba a menudo. Hemos visto a los perros sonreir  y a los gatos arquear el lomo en afectuosa entrega ante la llegada del amo. Es evidente que son capaces de ofrecer amor. El primitivo y elemental amor del estrecho contacto, caliente y seguro como la vida. Memphis No lo puede asegurar.

                                                            OgyOnix, la gata de Memphis No


viernes, 4 de abril de 2014

¿Te acordás, Gabriel García?

   En ese edificio ahora está el museo. Pero hace cuarenta años atrás allí estaba el correo. Y en la vereda, donde antes había un quiosco de chapa, de aquellos plegables, hoy hay una locomotora antigua, también de hierro. En aquel quiosco pobre, con revistas ajadas de segunda, tercera, incontables manos, tuvimos nuestra primera cita. No, nuestro primer encuentro, con amor a primera vista. 
   Teníamos unas pocas  monedas. A esa edad, al borde de la infancia que demoraba en irse, otra muchachita habría comprado chicles bazooca o una revista de fotonovelas con Franco Gasparri. Pero en nuestro caso buscábamos libros. Y encontramos uno que era el único que podíamos pagar. Estaba muy barato porque había atravesado alguna lluvia y sus hojas estaban onduladas, deslucidas.    Las tapas eran rosadas, de un rosa que se había vuelto pálido por la mojadura y el título era largo, muy largo, y para colmo, doble. Lo llevamos acuaciados por el deseo siempre insatisfecho de leer. Ya conseguiríamos las de Franco Gasparri. Todas las chicas las leían y circulaban entre nosotras como hoy esa amiga de hojitas a la que en clave llaman maría.
   En la otra esquina, donde ahora está el Club de Pesca y entonces había una vivienda colectiva de estudiantes, vivían unas rubias despampanantes que eran de Coronel Du Graty. En el alto veredón de ladrillos suspendimos el pedal de la bicicleta y le echamos la primera ojeada: era una edición de Sudamericana, tenía un prólogo de Luis Hars y traía dos novelas cortas. Luis Hars hablaba de un escritor colombiano y, la verdad sea dicha, aunque leímos varias veces ese prólogo no sabríamos decir ahora si gracias a él comenzábamos a conocer a aquel morocho risueño y bigotudo, o si solo recordamos la aluvial sensación de deslumbramiento, el aleteo chisporroteado que anunciaba el nacimiento de un gran amor.
   Y el amor fue total. Nos enamoramos de esos personajes siempre vacilantes en la cuerda floja que pulsa sobre los ciegos precipicios de la tragedia, de ese mundo de sombras y miseria, donde la soledad late como un forúnculo caliente a punto siempre de estallar en desahogo de desgracia, de asco y de dolor, ese mundo de lujos apolillados, ese mundo decadente, machista, fantástico y exótico donde una muchacha podía llamarse Eréndira y ofrecer las hilachas de su cuerpo en oferta al último hombrecito de la tierra solo por amor y donde una vieja esposa, enferma y piojosa, aceptaba agonizar de hambre pero no dejaba de acompañar a su hombre hasta el extremo de la desolación.
   Un día llegamos a la universidad y compartimos nuestras lecturas con un novio eventual. El nos acercó "El Castillo" de Franz Kafka. Y se llevó a cambio el librito de tapas color rosa. Aquel romance de estudiantes terminó más temprano que tarde y los pobres libros se quedaron con las vidas cruzadas. Todavía en nuestros anaqueles está el libro de Kafka. No sabemos qué fue de aquel otro, ojalá lo hayan tratado bien.
   Añoramos largamente aquel pequeño libro donde leímos por primera vez La increíble y triste historia de la cándida  Eréndira y de su abuela desalmada, que era acaso la fábula de la hedionda, pegajosa explotación de América Latina, pero que nosotros leíamos como un cuento de hadas, hadas bizarras y caídas, pero hadas al fin. Accedimos también al, ya entonces, unánimemente aplaudido El coronel no tiene quien le escriba, relato de ignominia y resistencia que nos llevó mucho tiempo entender.
  Alguna tarde, ya en Resistencia, con penas de amor por el novio y el libro escamoteado, encontramos Cien años de soledad. Se nos desgarraba el pecho de felicidad con esas frases engoladas y al mismo tiempo transparentes que ojalá hubiéramos podido escribir nosotros. El amor era cada día más grande.
   Veinte años después, en un quiosco de un pueblo perdido en el viento norte y el polvo del Chaco adentro encontramos El amor en los tiempos del cólera. Y aquella siesta horrible, acezante de calor, mientras esperamos tres horas el colectivo destartalado que nos devolvía al hogar, después de un día de inútil y esforzado trabajo docente, renovamos los votos con el galán colombiano.
   Y no hace tanto leímos, otra vez asombrados, Del amor y otros demonios. No citamos los demás. Él hizo que América Latina fuera apreciada y respetada. Él nos dio un regalo invaluable: creó nuestras señas de identidad, enjuagó nuestra ignominia con el agua bautismal de su lenguaje lleno de poesía. 
   Ahora viene la dama con sus huesos batientes, fosforescentes. Anda extendiendo dedos dubitativos y temblorosos y aparta hojas de bananeros y de palmas, frescas hojas salpicadas de rocío. Y de lágrimas nuestras. Estamos llorando por Gabriel, el llamado García, de los Márquez. Aquel que conocimos una siesta, en la esquina del correo viejo, donde ahora está el museo, cuando teníamos catorce y no sabíamos nada de eso que llaman literatura. Y fue amor a primera vista... para siempre.

                                   Las imágenes han sido tomadas de https://www.villaangela-chaco.com   (a quienes agradecemos)


sábado, 29 de marzo de 2014

Alumnos... de ayer y de hoy


   Alguna vez los hemos amado tanto. ¿Cuándo murió el amor? ¿En qué momento la ternura y la furia por mostrarles las llaves de la vida se convirtió en este acíbar agrio que nos llena la boca frente a su desparpajo y su desprecio? ¿Cuándo y porqué cambiaron esos seres inofensivos e inocentes que quisimos cuidar del desencanto, que hubiéramos salvado de la guerra, de la pena, del hambre y, sobre todo, de la maldad del mundo?
   No lo sabemos. Apenas si podemos fijar en la pared de los recuerdos dos imágenes disimiles, opuestas, ilustrativas de la distancia que media entre aquellos y estos, después de treinta años de vivir entre ellos. 
   En la imagen primera hay un montón de caras bruñidas de juvenil encanto, bellas de una pureza que nosotros, seres desterrados del bulevar, ya habíamos perdido: ellos creían, ingenuas golondrinas sin destino, en la promesa del pájaro azul de la felicidad. Y en esa fotografía colorida y fresca, llena de sonrisas frutecidas tal granados partidos bajo el sol, madurando, ahí, un poco más alto que los otros, moreno, seductor, dulce y alegre, Abico canta a gritos, con un agudo desentonado, una canción de Emanuel.
   En esas aulas nos esperaban, desafiantes y desamparados, juveniles, con el corazón entregado como el cachorro ofrece la garganta a las fauces de la madre recia y protectora que lo muerde cariñosa para enseñarle a defenderse; esperaban confiados, transparentes. A veces nos preguntamos cuánto habremos traicionado esa confianza, esa maravillosa capacidad de sueño. Y una lágrima negra nos atraviesa el alma.
   Una siesta cualquiera nos dieron la noticia: Abico había muerto en un accidente. Iba de una escuela a otra escuela, sembrando margaritas por los bulevares perdidos del Chaco profundo. Abico, el principito pobre de aquel pueblo de tierra y pastizales. El alumno moreno, con su cara llena de risa ya no estaba. Ni él, ni aquella canción de Emanuel que nos dedicaba, pícaro y tierno, para escabullir la dura disciplina de esta mujer venida de los bulevares del ideal obtuso, inalcanzable. 
   Tal vez comenzó entonces la transformación. Tal vez aquella noche, en que miramos por última vez la cara de Abico en el cajón,, estábamos mirando también un tiempo que empezaba a morir y ser pasado. Y acaso, como en esas películas de zombies ahora estamos viviendo en un país de muertos que caminan, en un mundo de apestados terribles, en calles llenas de chillidos de miedo e inmundicia.
   Porque la otra escena es tan opuesta. Las caras tienen una pátina de aceite, un brillo malsano, maloliente. Y las risas son torpes y groseras. Y ese alumno nos mira, espatarrado en la silla, exhibiendo el bulto de esos genitales recientemente adquiridos, y tuerce despectivo la boca y hecha hacia el costado un esputo espumoso, abundante, que cae al lado de la pata del banco mientras él nos mira de frente, con unos ojos turbios, repulsivos.
   Menos mal que tenemos Internet para reemplazar los bulevares. Así que corremos a nuestro rincón secreto, donde no dejaremos entrar a los muertos vivos porque pondremos a todo volumen, para que se escuche en toda la manzana, la canción de Emanuel.



lunes, 17 de marzo de 2014

Cuentos

   A veces, después del asado o de un almuerzo cualquiera, el padre contaba cuentos. O recitaba versos. También en algunas noches, cuando la luna alumbraba tan transparentemente que parecía de día, como solía decirse entonces. Muchas veces era el segundo vino tinto el que propiciaba aquellas expansiones. 
   Salían a relucir entonces los cuentos de Don Juan, el zorro, pero en versiones que no hemos vuelto a escuchar en relatos orales, ni hemos hallado en recopilaciones de especialistas, cuando ya nuestros intereses y las necesidades del oficio nos llevaron por entre los libros como en aquellos años nos llevaba el senderito de ladrillos por entre los frescos eucaliptos del bulevar.
   Bajo el algarrobo, que en la memoria es gigantesco y magnífico y en el presente es achaparrado e inclinado hacia el sur como un anciano que va luchando contra el viento, con el poncho desmadejado y deshilachado, apañados por esa sombra que recordamos fresca y solidaria y que ahora solo abriga humedad y abandono, allí oíamos los relatos, con un asomo de sonrisa, con una pizca de curiosidad, infantiles y simples, todavía vírgenes de otros relatos mucho más crudos y terribles que nos estaban esperando al otro lado de la página, en el siguiente tramo de la vida.
   Don Juan había pasado varios días con sus noches jugando al truco con otros camaradas, tal vez el tigre y seguro el tatú. Así como hemos hallado al tatú o el carpincho como víctimas de la astucia aprovechadora del zorro en las asociaciones propiciadas por el zorro con el fin de beneficiarse del trabajo de aquel, así también en este cuento el zorro apunta al tatú para satisfacer su hambre.
   Porque los jugadores hace mucho que están gastando energías en su entretenimiento y están hambrientos. El Zorro orejea las cartas, aquí sería maravilloso poder transmitir la entrañable imagen recordada del narrador imitando el gesto característico de los jugadores de carta que desplazan uno sobre otro los pequeños recortes de cartón ilustrado para armar el esquema de su puntaje y espía por sobre las orejitas de las cartas los gestos, y si puede también las cartas, de sus rivales para poner en juego las picardías que permite el juego del truco.
   En este caso, mientras canta flor y truco, truco y envido, todo ese galimatías propio de la jerga del juego de cartas más representativo del criollo rioplatense, el zorro apunta con sus ojitos legañosos y malignos la rechoncha figura del tatú, al que imaginábamos apoyadito en la silla con su traserito casi en punta, la cola dobladita hacia un costado y la naricita vibrante husmeando las cartas sobadas y un poco gracientas por el uso.
-Tengo hambre- dice el zorro, y empieza a mirar golosamente al tierno, ingenuo, un poco tonto, tatú, combinándose con los otros para un probable festín... de tatú.
   En cierto modo, el tatú parece pero no es. Así que apercibiéndose del peligro que está corriendo decide una retirada con dignidad y en una orejeada última, vuelca sus cartas sobre la mesa y señala, perspicaz y oportuno:
-El que tiene patas cortas puede salir disparando, nomás.
   Tal vez no lo decía el tatú sino su pareja de juego que no logramos recordar quién era. Tal vez lo decía el tigre que sabía lo que era ser continuamente estafado por el zorro. Tal vez lo decía el tatú para anunciar que se mandaba a mudar. 
   Es este un cuento mal contado; porque la memoria emocional no es como la memoria que cultivamos en la escuela, en el estudio, en la práctica aplicada y constante de la reflexión. La memoria del pasado privado está armada de frases, imágenes, gestos, menudos chisporroteos de emoción y silencio y música  y un clima perdido para siempre que a veces vuelve con esa frase: 
-El que tiene patas cortas, puede salir disparando, nomás. Y la imagen del tatucito, real, tan claro, tan gracioso, escapándose, no como en los libros en dos patas verticales, humanizado, sino como un tatú, con ese trote de breves y menudos pasitos increíblemente rápidos.
   Eramos absolutamente solidarios con el tatú: por bonachón, por buena gente, por pacífico y gauchito. Porque nosotros éramos niños de campo, un poco como él, patitas enterradas, lomito oscuro, siempre a merced de los sagaces habilidosos dueños de los artilugios de la sobrevivencia en este mundo lleno de zorros, de tigres, y de alianzas por conveniencia entre los zorros y los tigres.