” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

sábado, 30 de noviembre de 2013

Estampas con fondo verde

   El camino repetido incontables veces a lo largo de cinco lustros puede sernos indiferente. Pero no. A la vera de la ruta, varias veces reciclada y mejorada en estos más de veinticinco años, un paisaje inminente y siempre nuevo nos acuna los ojos y nos aliviana el corazón.
   Viaje de mediodía caluroso, hora impregnada de sudor y de una ardiente llamarada anaranjada que reverbera en el tramo final de la cinta grisácea y pegajosa. El ómnibus, una chatarra traqueteante, estrecha, recargada, acumula olores y gemidos, charlas grotescas, familiares o exóticas, dentaduras melladas de pobres campesinas de anchas caderas o de caras agrietadas, o con todo eso junto. El ómnibus es lugar de reencuentro, solidaridades, niños con mocos y pequeñas princesas emperifolladas con moños y puntillas. Aborígenes tímidos de El Pastoril se trepan desconfiados y tristes, hablan suave y opaco, tratando de ocupar su estrecho lugar sin molestar. Criollas charlatanas despellejan amigas comunes, hombres toscos se hacen bromas rudas y ríen a carcajadas. El ómnibus es un microcosmos donde se cruzan todas las clases, los gustos, las edades.
   Afuera el paisaje se va quedando, con sus casitas grises o blancas, como una larga estampa que fuera cambiando con el tiempo. Pueblos melancólicos se han ido extendiendo como salpicaduras de espuma, ganándole espacio al monte achaparrado, derrotado. El Pueblo Díaz era casi fantasma hace veinticinco años, ahora es una comunidad de casitas enredadas entre calles irregulares que imitan los lazos de un moño grande. Peguriel era solo un nombre, ahora hay vacas gordas pastando en potreros feraces y las casas viejas del pasado se ven florecientes, con plantas y gallinas en el patio. Coronel Du Graty, pretencioso y colorinche en el pasado, ya no es tan florido ni tan coqueto. Pero se ha vuelto ancho hacia el norte y hacia el suroeste mientras un basural al aire libre en el lomo cocinado de incendios le afea la espalda de chacras y viveros. La urbanidad siglo XXI no siempre les hace bien a los pueblos pequeños.
   Mucho más adelante caminos mejorados con ripio y anchas llanuras desmontadas rinde culto a la extensión de la frontera agropecuaria. En medio de esos campos se percibe algún techo de la llamada Villa Correa, o El Ñandubai, o ….. algo así. Lo que fuera también una colonia de campesinos desahuciados se está convirtiendo en un pueblo, a pesar de que como en todos estos lugares los jóvenes siempre se van.
   Al final de algo más de una hora de viaje zangoloteado y ruidoso, se ven las casuarinas costeras de Santa Sylvina. Santa Sylvina con sus murales y portalones de acceso tan kitch, con su juventud frívola, con sus sueños rotos, con sus luchas internas y agobiantes, con su esperanza, pueblos del interior, siempre apabullados de soledad, siempre deseantes del afuera.
   De Villa Ángela a Santa Sylvina, desde una ventanilla con visillos sucios y pringosos, junto a niños pegajosos de caramelos, resistiendo  la música machacona y desquiciante con un verso secreto de Conrado Nalé Roxlo (mi corazón eglógico y sencillo se ha despertado grillo esta mañana), vamos mirando las mutaciones magníficas de la cinta de mundo que nos ofrece este Chaco inigualable. Verde en siestas de agreste primavera, florecidos hasta lo indecible sus garabatos y sus chañares, grandes matas de flores amarillas o lilas en las orillas de los campos o las banquinas. Marrón y gris a fines del otoño, rastrojos sin final, tierra arrasada esperando la lluvia, negros pájaros acechando los terneritos recién nacidos o los pollitos graciosos e indefensos. En el invierno sábanas interminables de escarcha y un vapor de gasas inasibles estirando dedos agrios hacia el cielo.  Y el girasol con sus ojazos dorados bajo la luz de noviembre. Y el algodón lleno de flores de un rosado que vira hacia el amarillo suave, sedoso, inmaterial.
   Cuando se tiene la suerte de ocupar el primer asiento, y nadie se interpone entre el paisaje y los ojos, se aprecian mejor los pastores con sus cabras o sus vacas, bajo el sol imperioso, hombres simples y un poco tristes que saludan al paso levantando la mano. Si el conductor es amable incluso les envía un bocinazo, que seguro alegrará por unos minutos ese día de guardia interminable.
   En los viajes nocturnos, lo mejor es la luna. Las casuarinas parecen (y sé que la imagen no es original) ciegos monjes mirando a la distancia, los ceibos redondean su copa enrevesada y una plácida lechada de silencio blanco asabana la mágica distancia. Hay sobre el mundo, bajo esa luz ajena y desvaída, un profundo latido de eternidad. Una eternidad que dejamos atrás kilómetro a kilómetro, de una ciudad en otra, de una ventana iluminada a otra, de un árbol oscuro y quieto a otro árbol, más ciudadano, donde duermen, arrullándose tiernos, los gorriones.
   A veces viajamos bajo torrenciales bocanadas de lluvia o vientos rugientes, tremolantes. Dioses furiosos, antiguos, desterrados, muerden el lomo rasguñado de la tierra, deseando volver, buscando reintegrarse al oscuro terrón, a la retorcida y profunda raíz, al verde que renace en infinitos círculos de vida nueva. Los pueblos del interior del Chaco amanecerán mañana hablando de la lluvia, de árboles arrancados de raíz, de grandes lagunas pasajeras donde pájaros blancos y espadañas de hojas esmeraldinas florecerán en alas sonrosadas y canutos dorados.
   De Villa Ángela a Santa Sylvina no solo hay una cinta de asfalto. Hay, más que nada, un mundo que se hace y se rehace sin final, paciente y resistente, maravilloso y pleno. Cuando cierre los ojos, para volverme polvo, como debiera ser, aún estaré viendo esos árboles, esos pueblitos nuevos, esos niños. Y querré todavía que ellos amen ese verde… ese verde.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Sentido de urgencia

   Todos hemos mirado las fotografías, las desgarradoras y mediáticas imágenes de Filipinas: esa ciudad, para nosotros desconocida, lejana, exótica. Hemos sentido la pena momentánea y efímera de aquello que pasa muy lejos, que nos afecta con un leve temblor de empatía. Pero enseguida entramos al facebook y lo olvidamos todo porque allí hay abracitos, y hay cartelitos ingeniosos sobre la independencia de la mujer y sobre la buena onda y sobre el carpe diem.
   El cambio climático ha llegado. Es como esas visitas de las que se habla mucho, se anuncian y se anuncian, hasta que un día están a la puerta y toda la familia descubre, por fin, al desconocido que fuera tema de conversación, sobre el que circulaban leyendas pintorescas y terribles. Era verdad, existía. Ahora, cuando ya nos habíamos acostumbrado a que fuera un personaje de ficción, se aparece ante nosotros, tan carnal, tan verdadero, tan concreto.
   El cambio climático, resultado directo de la aceleración del calentamiento global, aceleramiento al que la actividad humana ha aportado mucho, casi demasiado, está aquí. No está ya llamando a nuestra puerta, como el lobo malo que soplaba y soplaba para derrumbar las casas de los tiernos chanchitos. Está dentro de nuestra casa, y arriba y alrededor. Es como un abrazo de constrictor: Asfixia, resquebraja, mata.
   Hay algunas personas que han planteado el riesgo y las posibles, seguras consecuencias con énfasis, con conocimiento, e incluso con valentía. Al margen de las críticas y acusaciones que se le hagan, Al Gore es uno de los hombres con poder que más ha trabajado para crear conciencia y generar cambios estratégicos en las políticas de las grandes potencias, empezando por su propio país, respecto de la cuestión climática.
   Su trabajo ha sido reconocido pero no es popular. Acerco un enlace interesante para ver una de sus conferencias y apreciar la lógica de su discurso y la fuerza de su entusiasmo en el intento de convencer, a los estados y a los particulares, de la urgencia que requiere el problema del cambio climático.
                                 http://video.ted.com/talk/podcast/2008/Impala/AlGore_2008.mp4
   Si, como debería ser, esta cuestión se convierte para vos en una urgencia, recomendá este y otros documentales de Al Gore. Desde el Boulevard intentamos, tan chiquitos nosotros, cambiar el mundo, este poquito de mundo. Es urgente.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Paisaje de muerte

   Paisaje trastrocado. El ancho bulevard vuelve a vivir, como todos los años, el día de los muertos. Vendedores de flores de papel, de plástico, de pasta, flores artificiales, colorinches y tristes. Tristes vendedores suplicantes ofreciendo paquetitos de velas, ramilletes de pétalos mentidos, jalonan el camino, extienden sus manos y te miran con ojos desolados. A veces, es más triste la vida que la muerte.
   En el extremo del bulevard, frente al puente alto que lleva a la entrada principal del cementerio, ha crecido una tusca, verde, luminosa, coqueta. Es una adolescente fresca y grácil, la tusquita, solita y sola mece su cabellera en el aire enamorado y asoleado, aprovechando el fresco que trajo la lluvia tormentosa de la noche pasada. Viudas y huérfanos pasamos a su lado rumbo a la casa muda y seca donde aguarda el muerto que nos ha tocado en suerte. A veces la vida es tan indiferente con la muerte.
   Guardias urbanos con ropa oscura y un chaleco fosforescente organizan la entrada de autos y de motos. Hay bicicletas, también. Pero en vano buscar un carro, una volanta: el tiempo ha pasado y trajo este paisaje tan distinto. Tampoco hay heladeros. Sobre las tumbas humildes los niños saltan, corren, ríen persiguiéndose traviesos y dichosos. A veces, la muerte se cambia de sonrisa y de peinado.
   Al costado oeste del cementerio hay un gran descampado verde, alto. Muchachos gritones juegan un picado de fútbol sin importarles la conmemoración que se desarrolla a cien metros de sus corridas, de su sudor juvenil, de su entretenimiento de cada fin de semana. No hay llantos en el cementerio, salvo una mujer mayor que se inclina sobre una cripta fresca y se seca dos lágrimas detrás de sus anteojos de sol. Lo demás es apenas trajín, idas y venidas. A veces, la muerte cambia su música.
   El cementerio ha extendido su predio solariego en al menos tres manzanas más desde aquellos tiempos de la infancia perdida. Un hombre robusto y rozagante se detiene frente a mi acurrucada tristeza y pregunta si éste es el fulano muerto que él busca. No creo. Le hago una síntesis de la vida de mi padre y él me da ciertos datos sobre su propio muerto. Sólo coinciden los apellidos. El hombre se aleja espiando entre los nuevos muertos, perdido, buscando su perdido muerto. Siempre, nunca a veces, la muerte es una pérdida.

martes, 29 de octubre de 2013

 Libros, esos mundos callados

   Enumero los libros leídos en estas dos últimas semanas:
Primo Levi: Trilogía de Auschwitz
Roberto Perdía: Montoneros -El peronismo combatiente en primer persona
Antonio Pau:Juan Ramón Jimenez, el poeta en el jardín
Mario Vargas Llosa: Conversación en La Catedral
Antonio Tabucci: Dama de Puerto Pim
Joseph Roth: La leyenda del santo bebedor.
Y he leído en un día y una noche, sin detenerme a dormir y apenas parar para preparar un mate, de Jan Valtin: La noche quedó atrás.
   Estoy leyendo ahora, en intermitente combinatoria: Aldo Leopold: Una ética de la tierra y Hans Magnus Enzensberger: Hamerstein o el tesón.
   Con algunos de estos libros he padecido mucho. Levi y Valtin son desgarradores. Con otros he completado lagunas de información, como es el caso del libro de Perdía. Y me he reído con Roth y su borracho, con el Jimenes que enamoraba monjas mientras se curaba sus tristezas existenciales. ¡Pícaro don Juan Ramón!
¿Para qué leo? Solo como otros viajan o tienen amantes. Los libros son universos en los que navego sola, abandonada y, más que nada, libre. Y eso no tiene precio, no se puede explicar demasiado por que no alcanzan las palabras. Es una manera de llegar al núcleo esencial de la vida... apenas eso.
   También leo para compartirlo con alguien que en alguna parte estará esperando a que yo le cuente de esos mundos callados por los que anduve sin mas compañía que mi solitario y deambulante yo.  

martes, 8 de octubre de 2013



¿Te acordás de Lili Süllos?


   Murió la maga, la magnífica. Alguna vez esta mujer de cara eslava y pálida tuvo una melena lacia y negra como el ala de un cuervo y decía, socarrona y oportunista, que era descendiente de cierto Drácula. No el personaje escalofriante de la novela y sus tantas películas, ni el conde Vlad Tepes, el príncipe del empalamiento, el guerrero temible, impiadoso y tétrico que aterrorizó a los boyardos y construyó un reino de sangre y lodo. Pero finalmente, de algún antepasado misterioso y terrible habrá herdado ella su vocación de magia y misterio.
   Decía que había nacido en Transilvania y su rostro de pétrea quietud no lo desmentía. Decía conocer lo que los astros nos tienen reservado y era capaz de describir nuestros más recónditos misterios, deseos y aspiraciones con solo medir la distancia habida entre la luna y mercurio en la hora del día  en que nacimos.
   Decía que los astros, los de sus profecías siempre mesuradas, predisponen pero no imponen los rasgos de nuestro carácter, nuestras tendencias, nuestra vocación de salvación o de derrumbe. Así también, los astros y sus circunvoluciones aristotélicas y perimidas, determinaban la posibilidad de encontrar el amor, la felicidad, el dinero, el poder; pero no establecían ninguna certeza puesto que por cada promesa de amor hemos recibido una carga inmensurable de desamor, por cada gota de felicidad se pagan tantas tormentas de tragedia, por cada hora de prosperidad se arrastran tantos años de esfuerzo y de escasez, por la remota ilusión de poder se viven tanta incertidumbre y tanto desamparo.
   Aún sabiendo que su arte era falible, inasible, y sus pronósticos tan ubicuos, confusos y ambiguos, hemos leído cada mensaje suyo que nos anunciaba la llegada de lo maravilloso cada semana, cada mes, cada año de esta ya larga vida. Y lo hemos leído con ilusión y con benevolencia, porque sabíamos que era en gran medida como la maga lo anunciaba: tal vez todo estaba a la vuelta de la esquina pero hemos elegido otro camino, como Caperucita nos fuimos entre las engañosas flores y caímos en la boca del lobo.
   De todos modos no importaba lo que fuéramos a encontrar, si el príncipe o el ogro, si el tesoro o el dragón. Lo que importa, señora Maga, es el sueño, el maravilloso poder de persuasión de la ilusión a la que tanto aportó tu frase meliflua y consoladora. Por esa dulce consolación, por la necia esperanza (la esperanza en este mundo de trágico destino siempre es necia) sin la que los humanos no podríamos nunca vivir.
Que el negro manto moteado de astros luminosos te cubra para siempre, princesa eslava venida de los bosques donde hombres y mujeres crueles y tenebrosos buscaron la eternidad en la sangre chorreada y palpitante del prójimo. Que ese manto te dé abrigo y te restituya a la luz infinita donde las Magas viven para siempre.

sábado, 3 de agosto de 2013

El abrazo de mis muertos


   La región chaqueña es una larga y ancha llanura con una leve inclinación hacia el sureste que en la actualidad constituye porciones de territorio argentina, boliviano y paraguayo. Hace quinientos años los españoles llegaron a esta región desde todos los puntos cardinales y apenas consiguieron ingresar en ella. El áspero y orgulloso monte que la cubría le dieron a los pueblos seminómades que vivían en ella un natural escudo protector contra la conquista. Los arios conquistadores apena pudieron fundar algunas ciudades en las periferias, cerca de alguno de los grandes ríos que circulan por esta verde zona como nervaduras rojizas o marrones y que dan a la tierra una húmeda fortaleza vegetal que aún hoy, medio milenio después de innúmero saqueo, la hace esplendorosa.
   Una de esas ciudades fundadas por españoles, a orillas del río Paraguay, fue Asunción, hoy capital del Paraguay. Otra, pero en la orilla opuesta del Paraná, fue Corrientes. En el Chaco profundo poco pudieron hacer los conquistadores vestidos de hierro o de ásperas sotanas. Sin embargo, la conquista dejó los procedimientos, las escalofriantes estrategias del genocidio, el desplazamiento, la esclavización, la tortura y la marginación, como formas de domeñar a estos gráciles y oscuros pobladores a los que era tan difícil subyugar.
   Una vez independizadas las colonias y constituidos los estados nacionales, los gobiernos elitistas y oligárquicos que llevaron adelante a los nuevos países aplicaron los mismos métodos atroces para desbrozar el territorio y apropiarse de los recursos que esas nuevas superficies ofrecían. No hay casi nada nuevo que decir acerca de ello porque escritores investigadores como Eduardo Galeano o Gastón Gori ya lo han hecho con detallada precisión y todo lo que queda es leerlos a ellos.
   El Chaco, como todos los lugares de América tenía su oro. En las planicies frías del altiplano tal vez era la sal. En las playas del Pacífico el guano de las aves marinas. Y así había una riqueza deseable para el hombre blanco en cada cauce, en cada quebradura de la tierra, en cada loma, en cada valle. En el Chaco había árboles. Dicen que eran los más grandes, magníficos, orgullosos y duros árboles que pueda imaginarse. Dicen. Mi generación ya no los conoció.
   Por cada árbol, y eran miles, morían de a decenas hombres de piel marrón, ojos mansos, dulce lengua de húmedos sonidos glóticos. Morían trabajando intoxicados de alcohol que el blanco le acercó para no pagarle con alimentos para los hijos, morían rebeldes, desengañados, masacrados por los ejércitos del estado, morían en la arrasadora guerra de conquista que el general Victorica ideó apoyando sus duros y calientes pies de fuego en hileras de fortines que avanzaron sobre el territorio haciendo el viaje inverso a su declive: hacia el norte y hacia el oeste.
   Una vez masacrados, dominados, se los trasladó a reducciones, algunas de las cuales todavía existen, o se los entregó a empresarios para que usufructuaran la fuerza de sus brazos a veces hasta la misma muerte. Muchas de las naciones desaparecieron y solo dejaron un nombre, alguna palabra suelta en el paisaje arrasado, ya sin grandes árboles. Otras sobrevivieron segmentadas, silenciadas, abrumadas por la conquista y la aculturación impiadosa. Los Qom, Los Wichí, los Mocoví, los Vilelas aún resisten. Esta es la historia de la humanidad. La historia de un genocidio.
   Esta es una historia que aun no ha terminado. Porque el genocidio sigue cerrando sus pegajosos y hediondos pétalos carnívoros sobre los pueblos del Chaco. Lo que ayer se hizo por el quebracho o el algodón hoy se hace por la soja. Mueren sus adolescentes a manos de empresarios sojeros, o sus sicarios, mueren sus mansas muchachitas bajo el falo sádico de los muchachotes indignos, mueren sus bebés por que los senos correosos de sus madres no tienen la leche necesaria, mueren por falta de atención médica, mueren de hambre, mueren de abandono, de desprecio, de tristeza.
   Por eso espero que un día todo cambie, que podamos abrazarnos en paz con nuestros muertos por que el mundo ha logrado cambiar y los muertos y los vivos se reconocen en la piedad y la bondad, en la convivencia equitativa, en el improbable amor, que tanto nos cuesta cultivar.
  Y porque estos sobrevivientes, asumen el peso de la historia y lo intentan. Ver elace: http://pocnolec.blogspot.com.ar/
  

domingo, 28 de julio de 2013

   Mirando abajo, parece un sueño

   Ningún río vuelve a cruzar dos veces por el mismo cauce. Eso decía, probablemente, una frase que resumía, con la clásica metáfora de Jorge Manrique, el fluir ineluctable de la vida, el irse, siempre irse, solo irse. Según esta frase, no hay regreso.
 Se puede volver a las calles donde la infancia tejió distracciones livianas como panaderos navegantes del viento. Se puede volver a las veredas desparejas de la adolescencia, que casi nada han cambiado, donde la adolescencia desanduvo ese tramo luminoso y liviano junto a la hermana elegida por nuestra amistad y nuestra confidencia. Se puede volver a mirar desde afuera el patio amado donde la adultez nos cacheteó una tarde con sus rudas verdades y nos llevó a asumir los quehaceres inevitables que el destino nos tenía preparados. 
   Vuelve esta cáscara ajada que ahora camina solitaria sobre blandas alpargatas, ya no sobre los resistentes tacones de la juventud. Vuelve esta vieja triste que ha dejado la mitad más jugosa de su vida en otras calles, entre otras gentes, con otras tareas que las que había soñado a los diecisiete. 
   Vuelve una mujer sola, esforzada, materialista y seca. Lo decía Francisco Noriega, el viejo maestro cínico: de jóvenes somos platónicos, de viejos nos volvemos aristotélicos. 
   Francisco Noriega había venido de las secas laderas de Catamarca, de aquellos vallecitos verdes, bajando el caminito típico que lo llevó a las ciudades del sur, como a tantos otros pobladores de estas “crueles provincias”, que exprimen sus secas ubres alimentando inteligencias y músculos para dárselos a las locas y ruidosas capitales del país y/o del mundo. 
   Francisco llegó a La Plata a estudiar filosofía y un día encontró en esas aulas universitarias a una muchachita de rostro exótico y pálido, en cuya fisonomía y contextura se manifestaban los rasgos de los pueblos que han venido, como los elfos de Tolkien, del otro lado del mar. Esa cara de frágiles huesos medio eslavos y la disposición para escucharlo y admirarlo que ella le ofreció, lo trajeron a las calles claras, llanas, luminosas de Villa Ángela. 
   En la villa, el profesor Francisco fue respetado y admirado, apreciado por colegas y alumnos, hizo gala de sus dotes de gentilhombre y sentó premisas de varón de justicia en sus clases dialécticas que se organizaba desde la mirada socrática del cuestionamiento y la pregunta. En esas clases poco se escribía, mucho se debatía y alguna vez se hacía silencio para registrar con el oído del asombro las explicaciones del profesor que en esa época, esto lo supimos cuando ya éramos viejos, era joven y apuesto como un galán de cine.
   Algunos alumnos recuerdan que el profesor, distraído, o imbuido de concentrada profundidad reflexiva, se fumaba la tiza mientras iba dejando cigarrillos ordenados simétricamente sobre el escritorio. Sin embargo alguno de nosotros no recuerda eso sino que en esa clase se levantó ante nuestros ojos asombrados una gran árbol de verde, de redonda y no tan alta copa, en medio de un umbrío bosque, húmedo y cerrado, secreto. En la sombra silenciosa se desprendía del árbol una manzana y caía con un suave y blando rumor sobre el humus cubierto de hojas que se deshacían bajos los dedos de la vida y de la muerte en escondida soledad. ¿Un pequeño momento de la vida, un segmento de realidad? No. Porque, como allí no había ningún hombre para atestiguar que esto sucedía, ese hecho no existía. Francisco Noriega explicaba al detalle la más eficaz metáfora del idealismo alemán. 
   Aborigen idólatra, la alumna protestó. Ahora, cuarenta años después, el corazón retoza burlón y avergonzado, cuando la alumna ingenua y hambrienta de saber que fuera aquella, recuerda la rebelión, el cuestionamiento, el asombro. Ah los hombres…! Tan creídos, tan egocéntricos, que suponen que el mundo no existirá cuando ellos no estén aquí. Ah… los hombres! Tan tontos que creen haber inventado el mundo, que suponen que sueñan el mundo. Tolerante el profesor aceptaba los retruécanos y esgrimía su liviana sonrisa un poco torcida, despectiva, la delicada sonrisa que mellaron los años e insultaron las tristezas y las soledades que ese día ni siquiera imaginábamos.
   Tal vez fueron meses después, tal vez solo semanas, acaso días, una mañana cualquiera el profesor no regresó. Ni él, ni su dama con cara de elfa, la cual era la profesora de literatura. El Proceso Militar los puso en disponibilidad. Francisco Noriega fue encarcelado. La familia de su mujer tal vez tuvo algo que ver en el hecho de que casi un año después fuera liberado y no formara parte de aquel grupo que acabó fusilado impiadosamente en Margarita Belén. O tal vez fue solo liberado por ese mecanismo azaroso de la maldad y de la fuerza que deja, a veces, caer algunos granos de la molienda sin destruirlos, de pura casualidad. O acaso porque las puertas de la ley así como se abren sin estar cerradas también a veces se cierran sin haberse abierto. 
   Francisco Noriega ya no volvió a ser el mismo porque ningún río pasa dos veces por el mismo cauce. Y si bien su encantadora presencia dio brillo y galanura al negocio de librería que emprendieron y llevaron adelante con su habilidosa dama élfica, cuyas dotes comerciales los pusieron una vez más en la cresta de la ola de la popularidad pueblerina, el escritor, que la celda carcelaria y sus miserias censuró, ya nunca renació. Acaso no estaba destinado a escribir aquellos libros que soñó. Tal vez solo tenía que explicar el idealismo alemán y contarnos a todos que había un escritor, judío y checo, elfo del este, que había escrito unos libros maravillosos. O decirnos que Sören Kierkergaard había planteado en una cursi novelita la semilla del existencialismo. O hacernos ver que la verdad y la justicia no suelen recibir ninguna paga.
   Francisco Noriega ha vuelto a Catamarca. Viejo y enfermo, solo. No se puede decir que ha vuelto fracasado. Ha hecho lo que un hombre como él tenía que hacer: pensar y enseñar, ser feliz y sufrir, beber los tragos de soledad que la vida nos ofrece con esa dignidad, con esa delicada elegancia, con esa suave y fresca soltura con que alguna vez nos pintó, en un sostenido y poético soliloquio, aquel verde, oscuro, secreto y frondoso, solitario, desconocido y deseado árbol de los sueños y las ideas del hombre.