” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

domingo, 28 de julio de 2013

   Mirando abajo, parece un sueño

   Ningún río vuelve a cruzar dos veces por el mismo cauce. Eso decía, probablemente, una frase que resumía, con la clásica metáfora de Jorge Manrique, el fluir ineluctable de la vida, el irse, siempre irse, solo irse. Según esta frase, no hay regreso.
 Se puede volver a las calles donde la infancia tejió distracciones livianas como panaderos navegantes del viento. Se puede volver a las veredas desparejas de la adolescencia, que casi nada han cambiado, donde la adolescencia desanduvo ese tramo luminoso y liviano junto a la hermana elegida por nuestra amistad y nuestra confidencia. Se puede volver a mirar desde afuera el patio amado donde la adultez nos cacheteó una tarde con sus rudas verdades y nos llevó a asumir los quehaceres inevitables que el destino nos tenía preparados. 
   Vuelve esta cáscara ajada que ahora camina solitaria sobre blandas alpargatas, ya no sobre los resistentes tacones de la juventud. Vuelve esta vieja triste que ha dejado la mitad más jugosa de su vida en otras calles, entre otras gentes, con otras tareas que las que había soñado a los diecisiete. 
   Vuelve una mujer sola, esforzada, materialista y seca. Lo decía Francisco Noriega, el viejo maestro cínico: de jóvenes somos platónicos, de viejos nos volvemos aristotélicos. 
   Francisco Noriega había venido de las secas laderas de Catamarca, de aquellos vallecitos verdes, bajando el caminito típico que lo llevó a las ciudades del sur, como a tantos otros pobladores de estas “crueles provincias”, que exprimen sus secas ubres alimentando inteligencias y músculos para dárselos a las locas y ruidosas capitales del país y/o del mundo. 
   Francisco llegó a La Plata a estudiar filosofía y un día encontró en esas aulas universitarias a una muchachita de rostro exótico y pálido, en cuya fisonomía y contextura se manifestaban los rasgos de los pueblos que han venido, como los elfos de Tolkien, del otro lado del mar. Esa cara de frágiles huesos medio eslavos y la disposición para escucharlo y admirarlo que ella le ofreció, lo trajeron a las calles claras, llanas, luminosas de Villa Ángela. 
   En la villa, el profesor Francisco fue respetado y admirado, apreciado por colegas y alumnos, hizo gala de sus dotes de gentilhombre y sentó premisas de varón de justicia en sus clases dialécticas que se organizaba desde la mirada socrática del cuestionamiento y la pregunta. En esas clases poco se escribía, mucho se debatía y alguna vez se hacía silencio para registrar con el oído del asombro las explicaciones del profesor que en esa época, esto lo supimos cuando ya éramos viejos, era joven y apuesto como un galán de cine.
   Algunos alumnos recuerdan que el profesor, distraído, o imbuido de concentrada profundidad reflexiva, se fumaba la tiza mientras iba dejando cigarrillos ordenados simétricamente sobre el escritorio. Sin embargo alguno de nosotros no recuerda eso sino que en esa clase se levantó ante nuestros ojos asombrados una gran árbol de verde, de redonda y no tan alta copa, en medio de un umbrío bosque, húmedo y cerrado, secreto. En la sombra silenciosa se desprendía del árbol una manzana y caía con un suave y blando rumor sobre el humus cubierto de hojas que se deshacían bajos los dedos de la vida y de la muerte en escondida soledad. ¿Un pequeño momento de la vida, un segmento de realidad? No. Porque, como allí no había ningún hombre para atestiguar que esto sucedía, ese hecho no existía. Francisco Noriega explicaba al detalle la más eficaz metáfora del idealismo alemán. 
   Aborigen idólatra, la alumna protestó. Ahora, cuarenta años después, el corazón retoza burlón y avergonzado, cuando la alumna ingenua y hambrienta de saber que fuera aquella, recuerda la rebelión, el cuestionamiento, el asombro. Ah los hombres…! Tan creídos, tan egocéntricos, que suponen que el mundo no existirá cuando ellos no estén aquí. Ah… los hombres! Tan tontos que creen haber inventado el mundo, que suponen que sueñan el mundo. Tolerante el profesor aceptaba los retruécanos y esgrimía su liviana sonrisa un poco torcida, despectiva, la delicada sonrisa que mellaron los años e insultaron las tristezas y las soledades que ese día ni siquiera imaginábamos.
   Tal vez fueron meses después, tal vez solo semanas, acaso días, una mañana cualquiera el profesor no regresó. Ni él, ni su dama con cara de elfa, la cual era la profesora de literatura. El Proceso Militar los puso en disponibilidad. Francisco Noriega fue encarcelado. La familia de su mujer tal vez tuvo algo que ver en el hecho de que casi un año después fuera liberado y no formara parte de aquel grupo que acabó fusilado impiadosamente en Margarita Belén. O tal vez fue solo liberado por ese mecanismo azaroso de la maldad y de la fuerza que deja, a veces, caer algunos granos de la molienda sin destruirlos, de pura casualidad. O acaso porque las puertas de la ley así como se abren sin estar cerradas también a veces se cierran sin haberse abierto. 
   Francisco Noriega ya no volvió a ser el mismo porque ningún río pasa dos veces por el mismo cauce. Y si bien su encantadora presencia dio brillo y galanura al negocio de librería que emprendieron y llevaron adelante con su habilidosa dama élfica, cuyas dotes comerciales los pusieron una vez más en la cresta de la ola de la popularidad pueblerina, el escritor, que la celda carcelaria y sus miserias censuró, ya nunca renació. Acaso no estaba destinado a escribir aquellos libros que soñó. Tal vez solo tenía que explicar el idealismo alemán y contarnos a todos que había un escritor, judío y checo, elfo del este, que había escrito unos libros maravillosos. O decirnos que Sören Kierkergaard había planteado en una cursi novelita la semilla del existencialismo. O hacernos ver que la verdad y la justicia no suelen recibir ninguna paga.
   Francisco Noriega ha vuelto a Catamarca. Viejo y enfermo, solo. No se puede decir que ha vuelto fracasado. Ha hecho lo que un hombre como él tenía que hacer: pensar y enseñar, ser feliz y sufrir, beber los tragos de soledad que la vida nos ofrece con esa dignidad, con esa delicada elegancia, con esa suave y fresca soltura con que alguna vez nos pintó, en un sostenido y poético soliloquio, aquel verde, oscuro, secreto y frondoso, solitario, desconocido y deseado árbol de los sueños y las ideas del hombre.

sábado, 13 de julio de 2013

   Aquella quena



   Cuentan... que Julio Cortázar le dijo alguna vez a Don José María Arguedas: Usted toca la quena en el Perú mientras yo dirijo una orquesta en París. Y era verdad...
   El dulce, silencioso, misterioso indio de sangre europea tocó largamente esa quena aborigen: desde sus primeros relatos, cargados de pesados silencios hasta el momento en que acezante y agotado se arrastró hasta la boca de la mina de contradicciones en la que quemó su vida y miró de frente la luz infinita que añorara desde la adolescencia y a la que ofreció su último latido.
   Asombra esta severa falta de respeto del admirado escritor que eligió el español argentino para expresarse por una de esas paradojas de la vida, del que muchos han testimoniado un serio compromiso con América Latina. Si bien no sé en que contexto se deslizó esta afirmación es notable la precisión con que un dicho tan poco feliz señala, sin embargo, la profunda llaga  humanitaria que nos ha segregado y condenado al fracaso y a la dependencia a los pueblos de América Latina toda.
   Tengo la convicción de que esta frase dicha con la probable intención de herir la susceptibilidad del profundo escritor que fuera Arguedas, expresa una ineludible verdad pero también manifiesta solapadamente otras cuestiones que explican (aunque no lo disculpen) el punto de vista de Cortázar.
   Cortázar representa en su ciclo vital, en su actitud de vida, en su obra, al intelectual argentino tipo, el latinoamericano europeizante por antonomasia, y el hombre de letras inmerso en un panorama intelectual ajeno a la etnografía, la antropología y la historia de los pueblos de la América Latina profunda.
   Considero fundamental reflexionar sobre estas cuestiones que llevaron a hombres como Cortázar o Borges a desconocer elementos constituyentes de la idiosincrasia de los pueblos de  Latinoamérica y a menospreciar y/o desconocer la terrible soledad del criollo de la tierra, del indio, o del negro.
   Es necesario delimitar y diferenciar el uso que se está haciendo, en este caso, del término desconocimiento. Cortázar no era un intelectualoide, un ignorante; es fundamental asumir que por formación (era maestro normal) y por el tiempo que le tocó vivir tenía saberes significativos acerca del país en el que creció y realizó sus estudios. Conocía las luchas sociales y fue un partidario declarado y comprometido de la utopía de igualdad y justicia social que atravesó la segunda treintena del siglo XX.
   También tenía conocimientos notables sobre las altas culturas indias. Esto significa que sabía de América Latina todo lo que circulaba en la elite ilustrada a la que perteneció. Los saberes señalados, sin embargo, impresionan como solamente librescos, enciclopedistas, mero recurso de sus juegos literarios.
   Las marcas de la formación académica son muy patentes en Cortázar: hombre de letras cuyos planteos teóricos-temáticos  iluminan un tipo humano que puede cuestionar, rechazar, abandonar y recuperar un espacio, un lugar en el mundo, porque ocupa (a disgusto, siempre insatisfecho), un lugar en el mundo. El vago urbano de la narrativa cortaziana es un rebelde vivillo, de afectos anestesiados, profunda, inútil y amorfa disconformidad existencial.
   José María Arguedas es el otro ante Cortazar. Arguedas creció calzando ushutas, abrigado de poncho indio, manipulando las hondas de cuero que arrojan certeras piedras desde los cerros como si fueran escupitajos de la montaña; su formación fue, antes de ser intelectual, emocional, afectiva y estética: los relatos indios, impregnados de maravilla, la rebelión acuciante del que no tiene ningún lugar en el mundo porque el propio le ha sido expropiado, la música de los trompos, sordo zumbido, aguda queja, pulieron su mente y su sensibilidad.
   Ambos, Cortázar y Arguedas, representan en esa denigrante apreciación del primero (la quena en el Perú / la orquesta en París) la paradoja ineludible de la América Latina del siglo XX. Esa oscilación que Rubén Darío ilustró e intentó revertir cuando dejaba a “su esposa en América para visitar su amante en París” (aclaro, para los más jóvenes, que esto lo decía el mismo Darío, quien por otra parte tenía amantes no sólo en París, y que se refería específicamente a las raíces líricas de su poesía). La oscilación que señalamos es el núcleo problemático que propongo  analizar.
   Los teóricos marxistas proponen como punto de partida del análisis, la reflexión y finalmente, la acción, lo que Marx denomina la conciencia de clase, que bien podríamos llamar la aceptación de una condición. A los marxistas le debe América Latina el que su pueblo haya puesto en palabras una vivencia de más de cuatro siglos: la conciencia de su sojuzgamiento. Esa conciencia se desarrolló pronto (los Incas refugiados en Machu Pichu, José Gabriel Condorcanqui, el cura Hidalgo, son prueba de ello), pero las palabras que expresan el análisis, la reflexión sobre la ignominia aparecen con escritores como Eduardo Galeano, o Fernández Retamar, se manifiestan en la gran movida liderada por Vargas Llosa y García Márquez (aunque no se puedan ni ver), adquiere una voz lírica inconfundible con la poesía de César Vallejo, de Cardenal, de Nicolás Guillén.
   En ese panorama es difícil instalar a Cortázar como parte de lo latinoamericano culto que mira a los suyos con dolor y temblor. Es cierto que tiene cuentos con escenas imaginadas de la guerra florida de los mayas o con tótems que sacan a relucir la insaciable sed de sangre de los imperios, pero su mirada es snob, fría, ajena, la mirada oportunista del turista.
   Y decimos esto fundamentándolo con otro imperativo del pensamiento social científico que propone una nueva mirada superadora del etnocentrismo: lo que los teóricos de la sociología llaman la “ruptura de la burbuja de cristal”. En este punto creo haber llegado al meollo intrincado de la incomprensión de estas dos mentes sensibles, luminosas, pero acotadas a sus propios ámbitos, incomunicadas.
   Cortázar estaba guardado incólume y engallado por la burbuja llena de luces del intelectual cosmopolita, prohijado por un paradigma europeizante de etnocentrismo ario, en el cual la ninfa Europa legitimaba el rol, la estética y la temática de su obra.
   En la antípoda el quichuista Arguedas todavía se atosigaba con las mieles del mito prehispánico y su burbuja se opacaba con las humaredas de los incendios que arrasaron estirpes completas de aborígenes. Su mirada se volcaba aún hacia el pasado porque América Latina no lograba suponerse un futuro: sabemos que su futuro estaba en manos del cajetilla capitalino, vacuo y sádico que en los grupos de tareas torturó y asesinó a una generación que estaba acaso destinada a superar las amargas dicotomías.
   Puesto que esa generación frustró sus utopías más radiantes y pagó con infinito dolor el ramo sangriento de sus sueños y considerando el oxímoron de esta América Latina, es fundamental plantear una salida a esas contradicciones que tan bien ilustran la des-graciada (por falta de gracia) frase de Cortázar: la quena en el Perú / la orquesta en París.
   Hace treinta y cinco años  atrás, Vietnam enfrentaba esta contradicción: el norte y el sur, el comunismo o el capitalismo, la vida o la muerte. Ha pasado tiempo suficiente para ellos y para nosotros; es hora de que dejemos de elegir entre ellos y ellos, es hora de que los latinoamericanos elijamos América Latina; pero que también esa elección sea lúcida: sin luces extranjerizantes, sin hogueras de resentimientos o  complejos de inferioridad.
   Cuba lo hizo, pionera y salvaje, le costó medio siglo de desgarros, ganó y perdió como todo el que avanza sobre el futuro sin concesiones y sin miedos; Bolivia lo intenta y nadie puede decir qué perderá un pueblo como el boliviano que tiene casi nada para perder.
   En tanto el futuro nos acecha, desolador, a nosotros que tantas veces miramos hacia los duros y terribles imperios victoriosos que nos esquilman y menosprecian sin piedad.
   En gran medida la historia de América Latina alude a nuestra derrota, la terrible dicotomía, la escisión que nos desangra desde hace cinco siglos. Es hora de salir de nuestra cáscara y tocar el caliente corazón de América Latina: sus pueblos que agonizan de hambre e ignorancia, sus suelos que se desmigan envenenados de glifosato, sus adolescentes que se enajenan con la hipnosis de las pantallas luminosas, sus jóvenes descreídos del esfuerzo, vegetando en la ignominia de la limosna agraviante.
  Generalmente se piensa que la juventud es la mejor etapa de la vida pero en un sentido liviano y frívolo. Naturalmente que la juventud es la etapa fundante de la vida: los jóvenes están despertando a la conciencia inmensurable de los males y bellezas del mundo, los jóvenes están en la circunstancia precisa de quebrar la burbuja de cristal dentro de la cual crecieron. Están en la tesitura de elegir lo que van a amar para siempre, el lugar material e ideológico del que se van a apropiar para irse y volver a él sabiendo que el presente es urgente pero el futuro es inexorable.
  El enlace que les dejo constituye una mirada luminosa sobre aquellas esperanzas y estos desencantos.
http://www.clarin.com/sociedad/arrepiento-Revolucion-alla-desengano_0_955104607.html

domingo, 16 de junio de 2013

   Pelear con la palabra

   Poco hice hasta hoy para mejorar el mundo en el que vivo. Me acosa la pregunta de si habría salido con una carabina por esas selvas y esos montes a matar a aquellos que no creían en lo que yo creía. Tristemente pragmática creo que no lo habría hecho. Por pragmatismo o por cobardía. Puede dársele el nombre que mejor le cuadre a mi interlocutor.
   Pero el dolor del mundo es un sordo dolor que acompaña los días de quienes no aceptamos que haya comida y abrigo acaparados en altos y confortables galpones mientras niños indios mueren de hambre silenciosamente en los eriales que la frontera agrícola inaugura cada día.
   Triste mundo es este que los hombres hemos hecho. Algunos con más oportunidad de empeorarlo que otros. Pero todos responsables. Por no decir culpables. 
Para pensarlo, al menos dejo este enlace: http://www.accioncontraelhambre.org/ 

sábado, 8 de junio de 2013

   Tres imágenes de Mandela

 Mandela, el abuelo más combativo del siglo XX, está muriendo. Tal vez nuevamente sobreviva a este episodio, pero a fin de cuentas, ¿hasta cuándo seguirá el viejo árbol soportando con su frágil ramaje la dureza del tiempo que todo lo arrasa? Llegará la hora triste y veremos partir al último gran líder de ese terrible siglo que no termina de irse. 
   Porque el siglo XX ha sido el más atroz de los que tengamos memoria en muchos sentidos. Llegó a superar al siglo XVI en crueldad y artificios inventados por el hombre para dañar al hombre. Pero ha sido también el siglo que formuló un concepto fundamental, después del cual la humanidad nunca volverá a verse a sí misma del mismo modo que antes de ello. La noción de derechos humanos, no ya del hombre o del ciudadano, sino "humanos", es, por sobre cualquier otro aporte que se pudo haber hecho en ese tiempo, el más innovador y el más prometedor en relación a la posibilidad del hombre como ser trascendente. 
   Cuando se enumeran los grandes cambios de la humanidad casi siempre se piensa en máquinas ingeniosas, en la elaboración de principios que expliquen el funcionamiento del universo, de la existencia o de las sociedades. Sin embargo, aquello que nos hace humanos es apenas una leve diferencia de percepción respecto de nosotros mismos y los otros. La noción de humano está prefigurada en las ideas de que yo y el otro compartimos la misma esencia. Largos debates y desarrollos filosóficos así lo han descrito, analizado y establecido.
   Pero qué difícil vivir de acuerdo con esa tan frágil certeza. Solo unos pocos hombres y mujeres de entre millones logran hacerlo en su vida cotidiana y una ínfima parte de la humanidad se levanta por sobre las injusticias, las separaciones sociales, las diferencias culturales, las razas y las marcas del pasado, para defender y luchar por un mundo donde todos nos aceptemos y logremos vivir juntos en igualdad de condiciones y/u oportunidades.  
   Mandela pudo hacerlo. Se impuso a la represión, al estigma que lo condenaba a ser un inferior siendo uno de los hombres magníficos de su época. Se sobrepuso a la violencia de su tiempo con herramientas que recuerdan tan bien aquello de "al pueblo pan y circo" contradiciendo lo maquiavélico y lo maniqueista de esa idea.
   Mandela es el último gran jefe de la corriente humanística universal de grandes jefes, que a lo largo del siglo XX predicaron con palabras, con el ejemplo y con cualquier recurso humanístico a su alcance (desde la rueca de Gandhi al rugby del sudafricano) para que el hombre dejara de ser el lobo del hombre.
   Mandela está muriendo. Si no es hoy será mañana. Y no se puede dejar de mirar las imágenes que lo representan: el joven príncipe de su tribu, engalanado con los atributos de los suyos; el preso padeciente y nunca resignado; el líder con el gesto tenso y el puño cerrado de dolor y fuerza combatiente; el gobernante amado y sonriente que todavía levanta  la mano abierta con la línea de mercurio atravesando su destino y señalando  la eternidad de sus victorias. 
   Mandela está muriendo. Viva el legado de Mandela.


 
(Damos las gracias
a los autores
de las imágenes
que hemos tomado prestadas.
G.L.)

viernes, 24 de mayo de 2013

Bajo este sol... la Villa!

   Brilla el sol de mayo, señora de los largos y amados bulevares. Y allí estás, extendida bajo esta luz inmensa, como una gata tierna, encelada y  segura de su mansa belleza, apoyada tu frente sobre el arco veloz de la ruta 95 y tu lomo siempre dando la espalda al barrio donde ayer tus obreros de tanino y sudor construían tu riñón ferroviario, maderero, esforzado... hace ya tanto tiempo. Y extendida, borraste las huellas del pasado, tu viejo Pueblo Viejo, tu barrio El Porvenir, los baldíos tranquilos de aquella Villa Dora, la sombra escurridiza de aquella periferia de cabecitas negras: Escalada, el "detrás de la Itaco", y los que no llegamos a ver, porque se fueron antes.
   Tal vez, como a las madres que se han quedado solas, a pesar de las luces del centro y tus comparsas, alguna vez añorás los hijos que perdiste, los que hacen esos barrios de chaqueños en las locas y terribles ciudades del sur. Acaso es para ellos que desnudás tus piernas y tu fresca barriga de algodón aborigen en las noches ruideras y te cargás de piedritas brillantes, de tontas lentejuelas, de plumas extranjeras, y salís por las calles a retorcerte entera, afligida y pequeña. Acaso vas por eso, para ver si regresan, desde todos los puntos oscuros de tus calles, a redoblar afónica, ante las puertas mudas de tu vieja estación.
   Pero hoy, con este sol que vuelve a ser el sol aquel que cargamos al lomo saturado de infancia, te sabemos hermosa, reciclada, si quieren, con marcas de la historia, con muertos que pelearon su guerra en desconcierto, con poetas que dicen tus bellezas mestizas de gringo transpirado y morena muchacha cosechera aborigen o criolla golondrina, con los nietos que te ponen unas cintas celestes justo este día antes del día de la patria, por que vos... sos primero.
   Villa Ángela, dama de largos bulevares, ciudad de mis amores: que los cumplas feliz!!!



jueves, 9 de mayo de 2013


  Walter y Aracelia

   Cuentan en el pueblo que cuando vinieron ella era muy bonita pero ya todos sabían que le llevaba once años. En aquella época, once años era como decir podría ser la madre. Ahora, cuando uno los ve juntos, ella parece una niña avejentada y ñoña, pero todavía se percibe, bajo los manotazos del tiempo que nos amasa con crueldad, lo que fue una bella boca, un rostro delicado de actriz de cine y una naricina recta y agraciada como dibujada por un pintor enamorado. Es verdad, con una notable tendencia a la figura de tonel y un pasito cortito de gorriona, esta vieja pícara, inteligente y amatronada, ha sido hermosa.
   Él, por su parte, jugó discreto y solapado, el rol del intelectual que lee mucho, que tiene ideas sobre todos los grandes problemas del mundo y que podía emitir opinión equitativa hasta en las cuestiones más álgidas y que más resquemores generaban en el pueblo. Fue durante treinta años la voz concienzuda y ecuánime que dirimía con su sola presencia conflictos entre padres e hijos, entre políticos peleados a muerte, entre facciones de todo tipo. Hombre de prédica progresista y mano de hierro en el gobierno de la escuela que dirigió, sin nunca levantar la voz, pero tampoco sin desviar un mínimo micrón de lo socialmente establecido, del mandato cultural que castiga a la hembra que se embaraza y exonera al hombre que la ayudó.
   Llegaron juntos, juntos trabajaron en la escuela durante treinta años, juntos vivieron en la misma casa (al principio alquilada y luego propia), juntos participaron de todas las situaciones referidas a la institución que dirigían y juntos desarrollaron actividades culturales de todo tipo. Sin embargo, durante treinta años se trataron de usted delante de los testigos, se llamaban mutuamente señorita y señor, y –dicen en el pueblo- negaron sistemáticamente que fueran amantes.
   También es un hecho que hoy, con la vejez encaramada al hombro, ninguno de los dos parece tener demasiada gente que los visite o esté dispuesto a colaborar con ellos, a aliviarles la soledad o a ayudarlos desinteresadamente en caso de enfermedad o alguna dificultad. Es cierto que no han tenido hijos. Pero muchos viejos que fueran padres prolíficos y dedicados, también quedan solos frente a su destino en el tramo final y más arduo de la vida. Además, aunque no engendraron hijos de su carne, si ayudaron a crecer a unos cuantos muchachuelos de este pueblo, a varios les dieron comida y libros, ropa y consejos, o pequeños trabajos que compensaban con algún dinero.
   No todo lo que se dice de ellos es piadoso con sus años y su soledad. Siempre hay alguien que rememora la rigidez farisea de la moral del señor o las cuentas sin pagar de la señorita, siempre aparece quién sintió herida su sensibilidad con el autoritarismo del profesor o aún se crispa con el recuerdo candente de los arranques de violencia verbal de la señorita. Sin embargo ellos están ahí, en su discreta casa, con sus ñañas de viejos y vaya a saber con cuantas frustraciones o sueños rotos.
   Para muchos, el señor y la señorita son parte de la historia de este pueblo de chusmas, lleno de secretos a voces, como todos los pequeños pueblos. Pero pocos saben que ellos mismos son un reservorio de historias y que más que dos viejos que marcaron una época, tal vez la edad de oro de la vida comunitaria y cultural de S.S., ellos son la fuente más rica de crónicas de este rincón de la provincia.
   A veces, cuando reciben una visita, prodigan un mate cálido, de amigos, él explica, ameno, inteligente, juvenil, la simbología de la fea estatua que vigila el acceso al centro urbano del pueblo. Es un icono blanco y tieso que representa un gaucho con un brazo extendido cuya mano ofrece un mate al que llega.
   El profesor dice, todavía hoy con acendrada emoción, que la mano con el mate que el gaucho extiende hacia el recién llegado está posicionada a la altura del corazón. Sentimental y cursi, tal vez; anticuado, decimonónico, puede ser. Sin embargo, estos ancianos venidos de otro mundo, descendientes de europeos conquistadores (sus antepasados se remontan a la madre de Cristóbal Colón, que se apellidaba Fontanarrosa), han hecho patria, a la antigua, desde la renuncia.
   Como el gaucho, con el que él, sin disimulo, se identifica. 



viernes, 3 de mayo de 2013


  El viejo

   He aquí un viejo. Sentado, triste o aburrido, solo. Detrás del viejo hay una vieja casa, deteriorada, con los ladrillos rojos y húmedos visibles bajo la luz cruda de diciembre. Los pies del viejo descansan en el borde de una cuneta en la que se mezclan gramilla brillante y algunas gallinas concentradas en rascar el suelo buscando tal vez semillas, tal vez lombrices. Más allá se alarga la calle rosada de ripio, rasgada de ruidos de automóviles y motocicletas. De vez en cuando una bicicleta rueda delgada, etérea, nimia y silenciosa entre el tráfago heterogéneo de estas calles tan distintas de aquel callejón que el viejo recorriera hace sesenta años, dejando atrás tan pronto y tan definitivamente algo que pudo haber sido su otro destino, ese que no le tocó vivir.
   El callejón campesino era interminable aquella fría mañana tan definitiva para su vida. Tenía catorce años y hacía casi dos años que vivía con el encargado de La Forestal y su mujer. Su piel se había vuelto delicada y fresca, había crecido en ese tiempo en el que había atendido a sus patrones con entusiasmo y buena voluntad, tal vez con la acendrada voluntad de los siervos de la tierra que traían desde el viejo medioevo la vocación de la obediencia, o acaso con la sumisión de los indios domeñados a sangre y fuego en ese montuno norte donde todavía caían quebrachos y algarrobos bajo el hacha todopoderosa de la empresa extranjera.
   No sólo había crecido; también había aprendido a leer y escribir, a hacer cuentas, había descubierto otro tipo de existencia en la que el confort y la limpieza eran marcas distintivas, había ingresado al mismo tiempo al ámbito de los deseos subterráneos, los impulsos primarios, la recia y ardiente condición de macho que regiría desde entonces tantas horas de su vida.
   Don Amarante era campechano, trabajador, recio y seco, como casi todos los hombres que detentaban cierto poder en esos lugares que constituían las tripas del insaciable país. Sin embargo era también amable, calmo, seguro, de pocas pero leales palabras. Le había prometido un puesto de señorito si se aplicaba y llegaba a cursar el sexto grado. No lo pensaba mucho pero no cabía dudas de que si su familia, golondrina y poco constante como casi todas las familias criollas, se quedaba allí durante algún tiempo él podría concretar los proyectos que su patrón tenía para él.
   El administrador y su mujer no tenían hijos, eran una pareja de compañeros apacibles, estacionados en una relación serena y rutinaria, habían perdido la ilusión de ser padres hacía ya varios años y habían dejado de añorar las seguras incomodidades que acompañan la novedad de un bebé. Además un bebé demora demasiados años en crecer, uno nunca sabe qué le espera detrás de esas primeras gracias, de los tiernos gorgoteos engañosos que el día menos pensado al pasar de lo años se vuelve un entramado de argumentos y de principios y sueños que casi nunca coinciden con los sueños de los padres.
   Así que la adopción sin papeles y sin demasiadas negociaciones del muchachito delgado, serio, obediente, ya crecido y bastante útil para una serie de actividades que siempre viene bien que la haga otro en vez de los dueños de casa, era una forma de compensar esa carencia definitiva del hijo que hacía mucho habían dejado de esperar y acaso de desear. Además el criadito era inteligente, se lucía en la escuela y en un año lectivo pasó al tercer grado de la rígida escuela sarmientina.
   Sin embargo, ese año su familia decidió que tenía edad para trabajar en serio. La Forestal ya podría darle “libreta de menor” y convertirlo en hachero. Era hora de aportar al guiso de la familia numerosa, de salir a los caminos y marchar a otros rumbos, retomar el deambular propiciado por el sistema económico que no dejaba resquicios para ser propietario en una cultura en la que la propiedad privada tiene casi el mismo valor que la vida humana.
   La madre, rústica y cargada de hijos, le señaló las ventajas de quedarse: la noción de progreso, la visión de futuro, la posibilidad de salvación que toda madre percibe por instinto para su cría, le  estaban diciendo que tenía que dejar ese hijo inteligente y aplicado en manos de gente ajena para que se lo modelaran y le dieran las oportunidades que a su lado no tendría.
  El viejo recuerda que eligió no quedarse con los Amarante. Sospechaba que si la madre y los hermanos se iban lejos, los perdería para siempre. Sabía que la pobreza estaba a la vuelta del primer recodo del camino, y acaso también el hambre, y el frío, y el cansancio de largos días de labor ruda y agobiante. Pero tendría la madre, los hermanos. Estaría a la vera del fogón familiar y al darse vuelta aterido en el catre del descanso nocturno oiría la respiración de su familia y el suspiro tierno del Cual y del Porqué, los perros que cuidaron su infancia. Entre el progreso y los suyos, como tantas otras veces lo haría en el futuro, eligió a los suyos. La orfandad no era un precio que estuviera dispuesto a pagar.
El viejo, a los 16 años, hacherito de la forestal, en el centro de la imagen.