” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

sábado, 16 de mayo de 2015

Animalia  
Animalia es uno de los cuatro reinos del dominio Eukaryota, y a él pertenece el ser humano.
Wikipedia, la enciclopedia libre

   Animalia es el reino de la naturaleza al cual pertenecemos junto al perro que encadenamos en el patio a la intemperie, junto a los artrópodos que envenenamos por confort o para protegernos de las enfermedades, junto al toro que torturan hombres que se dicen valientes y que a veces como Sanchez Mejía o el marido de Isabel Pantoja, el Paquirri, reciben la merecida muerte entre los cuernos de un toro justiciero. 
   Animalia es un reino con amplia  variedad de seres y variadas conductas que casi siempre luchan con otros o entre sí por la supervivencia. Salvo el homo, que ya se sabe, no logra distinguir entre necesidad de sobrevivencia, necesidad de dominio o simple y llana maldad. Pero también el homo, por ser quien es, ha evolucionado en su visión de sí mismo y de los que comparten con él este mundo asombroso, complejo, tan lleno de misterio.
   Hace una o dos semanas un bizarro y tosco famoso de ocasión quedó fuera de la programación de un show mediático por su decadente hobby o negocio, consistente en crianza y entrenamiento de perros para carreras. Nos parece interesante que el empresario aprecie los derechos y el bienestar de los animales aunque ese mismo empresario utilice a humanos como objetos de exhibición sexista, aunque la decisión pudiera tener más en vista una cuestión de márquetin que de ética. 
 Y he ahí la gran contradicción: la defensa del animal es un debate que está instalado entre nosotros desde el siglo XIX con la llamada Ley Sarmiento y que ha alcanzado su máximo logro en los artículos 41 y 43 de Los nuevos derechos y garantías de la Constitución Nacional, los cuales son el fundamento jurídico de la flamante  LEY 14346 - MALOS TRATOS Y ACTOS DE CRUELDAD A LOS ANIMALES. Sin embargo, en esta misma sociedad vemos infinitas formas de usufructo del hombre como objeto, de abominables formas de humillación, discriminación, explotación,  abusos diarios del hombre no solo sobre los animales sino sobre el hombre.
   Cuando Jack London nos contaba las aventura de Colmillo Blanco o el regreso a los orígenes del personaje que se reintegraba a las manadas de la selva nos estaba diciendo tal vez cuánta bondad había en aquella ley de la fuerza, de la sana y limpia fuerza en la que el equilibrio de lo natural estableció los principios básicos de la convivencia y desarrolló la semilla esencial del amor que nace con la ternura del indefenso protegido por el fuerte. Cuando el perro de "El llamado de la selva" mira a su salvador con gratitud, o vuelve para vengarlo, cuando Colmillo Blanco arriesga su vida para defender a los hombres que lo han rescatado y cuidado, London nos está diciendo de la posibilidad de una convivencia sustentada por las alianzas que se fundan en el cuidado del otro, aunque ese otro sea un perro.
   La elección entre el bien y el mal no necesita leyes, debe estar en el hombre internalizada sin contaminaciones de fundamentalismos, ni fanatismos, ni ambiciones materiales o sociales. Debería ser tan fácil, tan sencillo. si no hubiera intereses y el homo fuera un animal simple y natural, debería ser fácil. Pero somos contradictorios, egotistas, vacuos y ambiciosos, creamos una cultura consumista, sexista y competitiva, impregnada de crueldad. Una cultura en la que el otro solo es un ser a nuestra disposición, para el placer, la diversión, la ganancia, la autoafirmación. Hasta que un toro mata un torero y nos despierta un ratito. Por no dar ejemplos de los que ya todo el mundo habla en demasía.









http://www.animanaturalis.org/
                                                                                   -*-

sábado, 2 de mayo de 2015

La contracara


   Algunas personas, las menos, no entramos en shock de ternura cuando vemos un bebé o un niño en su primera infancia. Los niños son personas, tienen derechos, hasta que empiezan a crecer, a ir a la escuela, a entender y formarse, solo tienen derechos. De los adultos depende que vayan asumiendo obligaciones: cuidar un ratito al hermanito, levantar sus juguetes, hacer la tarea escolar, hacer un mandado al almacén de al lado. Después vendrá la vida con sus reveses. Algunas personas sentimos compromiso moral, humano, frente a un niño, no amor a primera vista.
   Hay otras personas, a las que llaman políticos (y no escucharemos la aclaración de que en ese grupo también hay excepciones porque ese argumento ante la realidad solo es una falacia), políticos que hacen propaganda, que quieren mantenerse en el poder incluso intercambiando indignamente roles, que dicen que harán en un día lo que no han hecho en diez, veinte o treinta años, políticos que nacen como hongos de la televisión, de las pasarelas, de las selfies, políticos con la cara rozagante, saludable, sonriente.
   Hace muchos años, en alguna de las tantas revistas que leemos y luego desechamos, vimos una serie de viñetas en la que se ilustraba el mecanismo de la culpa retroactiva tan típica de nuestras demagogias: la democracia le echaba la culpa al proceso militar, el proceso al tercer peronismo, el tercer peronismo a los militares (tantos), los militares a las presidencias, las presidencias los conquistadores, los conquistadores... y los indios aparecían en la última viñeta con cara  de suprema alarma tratando de defenderse de las calumnias  que les caían encima sin que tuvieran nada que ver. 
   Pero, aunque alprincipio no tuvieron nada que ver, han pasado quinientos años y tal como decía V.H., son cinco siglos igual. O peor, porque se han perdido los caminos que hubieran hecho posible cambiar la historia, cambiar la vida de los que quedaron por debajo de todo sistema, por los que tienen esa cara surcada por el hambre, una carita mustia y arrasada que produce escalofríos, una rabia inmensa, una lágrima grande que no tiene manera de expresarse, de correr por el mundo e inundar todas las acequias sucias de politiquería y limpiar tanta desgracia, tanta injuria a la condición humana.
   Y si no se entiende, miremos par a par estas caras que aparecen en la misma página de noticias. Impúdicamente contrastantes. Amargamente disímiles y complementarias.





-*-




  http://www.lanacion.com.ar/1789267-otro-caso-de-desnutricion-en-chaco-esta-grave-una-beba
  http://www.datachaco.com/noticias/view/50399/Pese_a_las_denuncias_Capitanich_permanecera_en_la_boleta_oficialista
  http://www.clarin.com/tema/desnutricion.html

jueves, 30 de abril de 2015

El Romancero de Chicho


   Ahora que por aquí se juega a las elecciones y que se oyen y leen tantas barrabasadas (el palo y la promesa dice este juglar maravilloso), rescatamos de la cultura española, por la que nuestra admiración no decae, la obra de este hombre magnífico, primitivo y valiente como muy pocos podrían llegar a demostrarlo.
   Chicho Sanchez Ferlosio puede equipararse entre los nuestros, si acaso, a Horacio Guaraní, tal vez, y con todo el respeto que ambos nos merecen. Hombre de gran compromiso político, hombre de sensibilidad y talento artístico deslumbrador, hombre libre hasta la desnudez sanguinolenta de la conciencia, hombre íntegro hasta la carne viva del riesgo, conoció el mundo, conoció a los hombres y tomó partido por los que siempre pierden en esta sociedad contradictoria e inequitativa.
   Chicho Ferlosio, miembro de una familia de intelectuales, su padre fue funcionario del gobierno de Franco y escritor consagrado del régimen, su hermano Rafael aparece en primer término en los buscadores de la red por ser también escritor laureado, su sobrina Marta es cantante pop de seductor encanto comercial. 
   Pero Chicho supo ser él mismo y por ello anduvo siempre a contramano del orden establecido. Modelo de creadores para la camada de cantautores de los años setenta nunca persiguió la fama pero le fue dada la celebridad. Es cierto que si vamos a los buscadores tampoco aparece en la nutrida lista que encabeza Alejandro Sanz, embellece Julio Iglesias y adorna Joan Manuel Serrat. Ellos hicieron carrera. Chicho Sanchez Ferlosio hizo de todo. Versos y música entre otras cosas. 
   Amancio Prada lo homenajea a menudo y algunos de los de su generación lustran sus pendones con la amistad que Chicho les obsequió. Un día se hará la historia seria de la cultura española en la que no se consideren los mecanismos consumistas de los medios que imponen tendencias y gustos, y esta generación de juglares reales será la sintesis de la esencia creadora de España por sobre las televisivas figuras de los figurones. Se lo merecen porque traen las populares raíces medievales y porque esplenden en las flores de la rebeldía y la verdad.
   Hasta tanto, nosotros homenajeamos al artista que fuera el hijo de Sanchez Masa (si, el facista de "Soldados de Salamina" de Cercas, je) y qué bien le vendría a los políticos nuestros escuchar un poco esta corajuda juglaría. Ojalá lo hicieran antes del "primer minuto de gestión".



                                                                    Romancero de Durruti - Chicho Sánchez Ferlosio



-*-


sábado, 25 de abril de 2015

 Y en tu cielo... la luz


    En todo pueblo hay lugares míticos, lugares llenos de historias pequeñas que están enmarcadas en la gran historia, lugares donde el pasado y el presente intersectan en un ámbito mágico, un lugar y tiempo duendil y milagroso, un pequeño espacio en el que la realidad se quiebra imperceptiblemente y en cuya grieta se cierran, se sumergen, para ser raíces, los sueños, los trabajos, las proezas de una generación y nacen los nuevos tiempos, tan distintos, tan distantes.
   Villa Ángela tiene lugares donde ese misterioso quiebre entre lo que fue y lo que es/será. El ayer de un pueblo, la gente que allí estuvo y construyó sin alharacas ni luces de espectáculo una existencia,una cotidianidad que, aunque pareciera no haber existido nunca, estuvo allí, y fue la vida de hombres y mujeres cuyos hijos y nietos trasiegan hoy las calles y los días, sin sospechar cuánto fue necesario de ese ir y venir de sus antepasados para que el mundo siguiera andando. 
   La fábrica de tanino, cuyas ruinas invadidas por el verde intransigente del Chaco, hoy, en un ritual que dura décadas, se derrumban sin cesar bajo la luz inmensurable del sol subtropical de la región. Las ruinas son un paisaje en el que la naturaleza recupera su espacio paciente y persistente, sin rendirse. Pero ambas, la fábrica, que más parece una imagen escapada de los relatos de Roa Bastos, y la naturaleza, con su feracidad y su ferocidad, juegan, desde hace treinta años, una pulseada paciente, empecinada. 
   Nada del ayer está igual; también los hombres con su insaciable rapiña o su ingente necesidad han ayudado a la destrucción. La nostalgia se desorienta desde antes de ingresar a los espacios queridos y antaño tan conocidos, ahí donde nuestros pasos y nuestros ojos ya sabían como andar y qué mirar. Ahora hay que golpear a la memoria con el martillo de la realidad para recorrerla siguiendo el circuito tremebundo y recreado de los pasos del pasado.
   Se entraba por el portón de la balanza. Un amplio camino, aplanado por el circular continuo de camiones cargados de rollizos, nos guiaba por la derecha, hacia las playas donde los inmensos troncos de quebracho entregaban su última resistencia, y por la izquierda hacia las portentosas poleas de la aserrinera, que molía los colosos con filosa disciplina y los dejaba inerme en manos de los grandes tachos de la cocina, hacia adentro del gran galpón que era el corazón de la fábrica. De ahí hacia los galpones donde se estibaba el producto rojizo, ácido y terso, con el que alemanes e italianos curtirían las pieles que calzarían y vestirían a los dandis de Europa.
   Ahora la balanza es una casita vacía y en su frente una fosa llena de agua todavía espera el reposo de los poderosos camiones de guinche que sobre ella medían el alcance de su poder. En el ancho callejón de ayer árboles y pastizales han sufrido los desgarros de la última tormenta y un cardo de arbusto florece azulino y rústico para el disfrute apasionado de un mangangá. Entre alta y cerrada maleza enfilamos hacia la aserrinera, siguiendo una huella apenas visible de lo que debió ser la trocha de la vía del pintoresco tren de la empresa, y llegamos a la tolva de la que solo quedan altos horcones de quebracho, impasibles, casi eternos. La aserrinera es un conjunto de grandes ruedas de metal que apabullan el asombro y golpean con el recuerdo de su poderío. El galpón donde estuvo la cocina es un gran colador de luz majestuosa que parece concentrarse toda sobre la cabeza del visitante para luego rebotar sobre el increíble piso de mosaicos rojos y amarillos, casi impecable. 
   Y accedemos al sacrosanto corazón emotivo de la fábrica: la mítica chimenea que se trepa hasta el cielo, como lo hicieron los sueños de un país desaparecido por tantas razones que no queremos enumerar ni recordar ahora, hasta el cielo azul, azul el cielo y un girón blanquecino, deshilachado, impoluto, como una gasa tierna allá, en el extremo.
   Este testimonio histórico de las economías esquilmadoras del modelo exportador de materia prima fue sin embargo el templo del trabajo para la niñez con padres tanineros. El corazón llora deshecho de ternura abrazado a estos ladrillos, a esta luz, a estas raíces que nos confirman cómo los nuevos árboles, con sus pájaros, sus flores, sus frutos y los nuevos niños, crecerán desde los cimientos de lo que hemos amado y conocido y creíamos eternamente nuestro, eternamente.  






-*-

martes, 11 de noviembre de 2014


Luces de danza


   ¿Nunca pasaste por la pérgola del artesano, domingo recién anochecido, en la plaza central de Resistencia? Pérgola del artesano, lugar destinado a la exposición y ventas de artesanía más o menos locales en la que el turista o el paseante del interior, el resistenciano mismo, puede encontrarse desde las típicas alhajitas de cualquier vendedor callejero o tejidos, cacharrería, manufacturas propias de habilidosos autóctonos (algunos descendientes de los pueblos originarios,  pero eso no hace mucha diferencia, aquí todos son resistencianos), hasta esculturas de artistas originales,  magníficos, tal vez poco conocidos, pero no por ello menos talentosos. Ya se sabe, Resistencia es la ciudad de las esculturas.

    La pérgola, sin embargo, es el paisaje donde se desarrollan también otras historias. Cada domingo es un capítulo nuevo en el que Resistencia, o al menos su urbano corazón mestizo, atravesado por tantas líneas de estilos y de búsquedas, se pone a palpitar con libertad adolescente en el borde mismo de la pérgola.

   Mientras el ritmo de la ciudad sigue su ronroneo de motores que fluyen desde el centro hacia los barrios, o desde los barrios hacia el centro, junto a la pérgola, sobre una pista de cemento se arma cada domingo, en la cálida anochecida, una reunión, con más o menos público, según lo que pinte. Un equipo de sonido, músicos y cantores de la ciudad o de la provincia, y un grupo variable de bailarines, aficionados y/o entrenados, levantan un alegre barullo de jarana que a veces, por sobre el ruido de la ciudad se llega a oír varias cuadras a la redonda.

   Se puede ver de todo: hace unos veinte días un grupo de rock, bastante lamentable, intentaba con el canto desgreñado de su vocalista, insuflar energía y entusiasmo a un público que se le escabullía. En otras ocasiones el chamamé ha hecho vibrar el piso y el aire de la capital provinciana. Una de esas noches un grupo de folcloristas cerró su presentación con el “Candombe para José”, aquel del negro que disimula sus penas bailando, el de la camisa endiablada, pero que aún así, lo sabe el cantor, es un negro bueno.

   Los bailarines quedaron un poco desorientados, el candombe no es un baile que se practique con frecuencia como la chacarera o la zamba. Algunos se las arreglaron con sus técnicas aprendidas profesionalmente, pero les faltaba el escorzo calenturiento que la raza negra le da a sus danzas. Hasta que saltó a la pista de cemento un morocho, no negro de raza sino negro de puro chaco, nomás. El morocho sabía de danzar candombes: las piernas quebradas en disposición de animal predador, los hombros un poco caídos hacia atrás, los brazos ofreciendo el frente interno, el pecho combado, todo él cayó sobre la pista en la postura del poseído por la danza. Y la danza se le rindió. Y las mujeres le empezaron a caer de a dos. Y los mirones corearon, hicieron palmas y vivaron, mientras el moreno se desarticulaba en la pista perseguido por las damas que fuera de allí acaso ni le darían el saludo.

   Más que los músicos, a veces muy buenos, el verdadero espectáculo es el que dan los bailarines. Algunos de ellos no se pierden un domingo. Hay bailarines muy jóvenes, niños casi. Los hay de aspecto próspero y distinguido. La mayoría viene de los barrios alejados a buscar una chispa de alegría en la fiesta abierta, popular, podría decirse democrática, si la palabra no estuviera tan bastardeada. Y algunas son parejas de ancianos. Vivaces, esbeltos e iluminados por el magnetismo de la danza, las parejas de viejos son las más lindas. Hay algunas que están todos los domingos. Y se bailan todo, desde la primera canción hasta la última.

   Una de esas parejas es la de la dama esbelta y el galán rendido. Son como el Romeo y Julieta de la pérgola. Ella es alta y sonriente, él es un poco calvo, la espalda algo cargada, con movimientos regulados de anciano. Ella tiene el pelo apenas coloreado, un tono ceniza que disimula las canas en una mujer que ha sido muy hermosa y que sigue manteniendo la actitud de la que se sabe admirada. Él podría ser un abuelo, lento y parsimonioso que pasea al nieto inquieto un domingo a la tarde en la plaza asoleada.  Eligieron los dos ser los bailarines más representativos de la pérgola.

   Bailan el uno para el otro: ella como una reina esquiva, sonriente y altiva, escurridiza; él como el peregrino que la sigue, la busca, la encuentra y la homenajea hasta convencerla y cautivarla, no con cadenas sino con el pañuelo amoroso de la zamba, con el ritmo entusiasta de la chacarera.

  Esta noche el conjunto se llama “El sendero” y cantan “El olvidado” con el acompañamiento muy alto del violín que desgaja su lírica rebeldía bajo el cielo invisible de la ciudad.  Los dos viejos, juveniles y frescos, bailan con renovado entusiasmo y cuando la zamba cierra su ronda de persecuciones galantes y pañuelería engañosa, él consigue apresar a su paloma y la premia, tierno y delicado, con un beso.

   En este extremo de la pista, muy cargada esta noche, un hombre de estatura mediana, piel oscura, aspecto de proletario, baila con sus dos mujeres y las cumplimenta a las dos. Una de ellas es alta y opulenta, la envuelve un vestido de verano con finos breteles que la muestran seductora y pulposa. Él debe de sentirse muy halagado de que tanta gente lo sepa dueño de esta belleza morena. La otra damita se levanta un poco más de metro veinte del suelo, luce los enormes ojos negros de la madre y mira al hombre como jamás mirará a ningún otro porque no habrá ninguno igual al hombre oscuro y fuerte que hemos tenido a los ochos años y menos si ese hombre es capaz de lucirnos en la danza de su vida. La niña compite abiertamente con su madre por las atenciones del bailarín que no se arredra y las hace girar juntas, a una con la mano del corazón, a la otra con la mano de traer el pan.

   Hay de todo: mujeres que bailan entre ellas, una muchachita vestida con un breve short  ajustadísimo que baila con un muchachito vestido de gaucho que no sabe cómo desenredarse las anchísimas bombachas frente a tanta provocación, hay jóvenes que bailan engreídos con la abuela, dando cátedra de habilidad, hay abuelas que bailan solas.

   ¿Nunca pasaste por la pérgola de la plaza central, en Resistencia, los domingos en la noche? Allí, justo al borde de la pérgola, el canto se alza hasta un cielo invisible en el que, seguramente, todos los duendes de las leyendas indias y algunos ángeles medio traviesos bailan, entreverados, contentos, como estos bailarines de Resistencia.




                                                      Fotos de Emanuel F.V.G.

 -*-

viernes, 31 de octubre de 2014

Encontrarse en un libro

   Hay épocas de la vida en que estamos inermes ante los textos que leemos. Cuando decimos que un libro nos gusta, o defendemos sus méritos con argumentos teóricos referidos a su trama, la precisión de su ingeniería estructural, la belleza del lenguaje, la riqueza o tragedia de sus personajes, tal vez, falazmente, estamos valorando en esa obra lo que de nosotros mismos se manifiesta en ella.
   Los especialistas en teorías (literarias, por ejemplo) se escandalizan ante la lectura impregnada de subjetividad, la lectura de identificación, la lectura que hace tiempo se llamaba ingenua.
   Grandes carcajadas resuenan en nosotros cuando recordamos a cierto académico, que no merece ser nombrado, despotricando contra la lectura ingenua. Parecería que la única lectura válida debería haber sido, según él, aquella que se desliza del temblor, de la lágrima, la que se no alimenta del terror o el entusiasmo. La lectura académica propende al análisis, a la hipótesis circunscrita en un paradigma de reflexión e interpretación justificado por el saber canónico.
   Anchos bostezos nos han despertado (percibid vosotros el oxímoron) los saberes canónicos. aunque de ellos hemos alimentado espuriamente nuestra eléctrica e impredecible sensibilidad, la cual, como el cazador sediento de sangre tibia y palpitante que queda abandonado en una isla donde solo caen cocos de las frescas y altas palmeras, no muere de hambre pero estará siempre insatisfecho. (ïdem el hermoso vampiro que se abstiene de beber sangre de sus antaño prójimos, por razones humanas -oxímoron risible, puesto que él ya no es humano-).
   Así también aprendimos a beber la leche dulce y pegajosa de la reflexión teórica, sistemática y ordenada, cuando nuestro más profundo deseo estaba atravesado por el hambre de historias, de palabras, de tragedia y de dicha, solo concebible en los libros, en la obra literaria, en la poesía. Y aspirábamos a intoxicarnos con poesía y luego ya podíamos irnos por esas tierras sin más preocupación.
   Pero gastamos una vida leyendo y haciendo leer a otros con moldes prefabricados, triste destino. Así ya no podemos pensar en la "María" de Jorge Isaac adobada en la salmuera de nuestras lágrimas, desde que los académicos superpusieron sobre el amor y el dolor, el esquema de hierro de la naturaleza como marco y metáfora de las pasiones. Tal vez por eso seguimos viendo a María con su vaporoso vestido bajo un arco florido, con el gesto de una Magdalena pura y virginal, enmarcada en las flores que tan bien custodiaban sus encantos. Esta escena, analizada hasta la náusea, nos convirtió a la ardorosa jovencita en una mojigata de estampita.
   A veces no fuimos obedientes. Nunca prestamos atención a aquellas clases en las que Alfredo intentaba disecar la estructura de "Cien años de soledad" en unos cuantos círculos de sentido mítico. Preferíamos, y defendimos, la belleza encontrada en la tibia caparazón de nuestra primera impresión: deslumbrado enamoramiento por la palabra, tejido con delicados y musicales hilos por aquel sacerdote de la maravilla. Y seguimos siendo felices con el libro magnífico.
   O meditando con alguno que llega como un emisario de buena voluntad con el vaso de agua áspera para acompañar estos ásperos días. Días estos de desarmarnos la vida para inventarnos otra. Días en que nos arrastra el impulso básico de la huida y el cambio. Días de rotos cántaros llenos de las reservas del vino curativo que los previsores guardan en el lugar más fresco y escondido de sus bodegas.
   Pero nosotros, los desgarrados, vamos como Geofrey Firmin bajo el volcán, arrastrados por una sed que no es sed, por una pulsión más potente que la vida, a ver las visiones fugaces y reveladoras de nuestros fantasmas. queremos conocerlos a todos, antes de morir. Verlos de frente, verlos en su desnudez degradante o deslumbrante cuando el fragor del disparo, cuando la pedrada del fracaso, nos arroje por el borde del barranco en cuyo filo nos agitamos con conciencia.
   Como Geofrey vamos hacia la última tarde, la última tormenta, la última noche ácida y quemante de esa verdad que no podremos, ni queremos, compartir. Para confirmarnoslo llegó a nosotros "Bajo el volcán" de Malcolm Lowry. Y no nos importa de esta novela su impecable estructura, los largos fluires de conciencia, los bien logrados raccontos, los detalles simbólicos que Oscar Taca revisaría meticuloso.
   Lo que nos importa es cuanto nos dice"Bajo el volcán" de nuestra terrible e inevitable soledad y de nuestra fantasmagórica y desgarradora búsqueda, las cuales son, con mezcal o sin mezcal, las que llaman a los seres que no renuncian a perderse. Los que deciden vivir bajo el volcán.

                                                       Malcolm Lowry -gracias wikipedia-

                                                                                                     -*-

   

miércoles, 8 de octubre de 2014

La literatura del borbotón

   Hay un tipo de escritor a los que podría llamárseles 'los del borbotón'. Eduardo Galeano, viejo amauta de ojos claros y boca amarga, es el prototipo de todos ellos y ha sido el enseñador de esas argucias literarias de la palabra regurgitada como una papilla, o torrentosa como la Garganta del Diablo del Iguazú. Lógico, como él nadie más. Pero herederos, sí que tiene.
   En estos melancólicos lugares donde el pasado nunca se va del todo hay alguno que otro con ese estilo exacerbado, acumulativo, la palabra, la frase, la metáfora, acumulándose una sobre otra como la arena cuando el camión la descarga desconsiderado, en un vuelco o en cucharonadas de pala ancha. No es fácil de leer para el que recién se inicia y menos es literatura para el perezoso o el de pocas luces: decenas de datos, puñados de anécdotas, cúmulos de juegos de lenguaje, en una sola página. Hay que animarse y aprender a leerlos y releerlos, porque de lo contrario queda solo un resumo medio ácido en la memoria y el corazón medio empañado de tristeza... y uno no sabe porqué. Con el tiempo sí ya se pueden sacar conclusiones.
   De los escritores de esta región caliente de desencanto, áspera de desencuentros y de plegarias mal respondidas, vamos a rescatar a uno que de andar nomás se nos volvió escritor. Porque muchas cosas ha sido, dicen este don Juan Manuel 'Carancho' Ramirez. Pero escritor se hizo un día en que seguramente lo tenían a mal traer los recuerdos.
   Hijo de taninero, Juan Manuel, 'Caranchito' mientras la sombra del padre lo cobijó bajo su ala, creció por esos andurriales del Remedios de Escalada; seguramente tuvo una madre devota de la Santa Teresita, linda chica con un ramo de rosas entre los brazos, en un barrio donde las mejores flores deben haber sido con suerte las achiras y los malvones. Criollo morenazo de esbelta estampa heredó los atributos físicos del padre, famoso galán nocturno, predador de ajenos gallineros ( y estamos repitiendo, con el permiso de 'Carancho' hijo, lo que hemos oído de los relatos de otros tanineros), muchacho peronista y de ideas federales como lo ilustra el nombre del hijo, cuyo derrotero político hizo honor a las expectativas paternas.
   'Carancho', el hijo, este Juan Manuel de quien hablamos, no desobedeció ni los sueños paternos ni el mandato social de que un pobre no puede ser otra cosa que peronista. Juan Manuel creció entre las cunetas del Escalada, las represas ladrilleras de la periferia sureste de la Villa y las dichosas y deslumbrantes expediciones de la infancia pobre del interior a los deslumbradores hoteles para niños que en los bordes del mar guardaba tutelar y bellísima, todopoderosa y magnánima, el hada Evita. 
   Esa experiencia fundante palpita a lo largo y a lo ancho de "La Tusca", el libro que escribió este viejo medio tosco, medio triste, que fue el diputado más joven de su generación y uno de los pocos sobrevivientes de las cárceles del Proceso en las que se gastó casi una década trasladado de una punta a la otra del país, según oí  por ahí, como una de las tantas hazañas que puede seguir contando.
   Y lo ha hecho: aprovechó la sobrevida para seguir contando el cuento. "La Tusca" es un largo relato mítico, plagado de anécdotas, de episodios chiquitos, con cientos de personajes (ninguno inventado, podemos dar fe, porque con unos años menos los hemos conocido, de vista o de oídas, a todos). 
   Sin embargo, no es la veracidad lo que hace que este libro sea magnífico. Poco puede servir este enrevesado relato sin principio ni fin como documento historiográfico. Este libro es un testimonio desnudo de un estilo de vida, de un puñado de sueños, del periplo existencial ignorado, ínfimo, de gentes anónimas y desechadas por el sistema, que viven, medran, son felices, sufren, trabajan, se pierden y se olvidan al ritmo del pulso natural de la vida. Humanidad, pura y desnuda.
   Es el lenguaje. No es la historia, no es el personaje, no es la estructura. Es el borbotón. 'Caracncho', que ha perdido hasta parte del pellejo en la patriada, supo, por iluminación, ("La Tusca" es obra de inspiración, a veces alucinada) que tenía el tiempo justo para decir algo. Y lo dijo, atropelladamente, en una catarata de recuerdos, de creencias, de trucos literarios acerca de los que nunca estudió y que ni sabía que los estaba poniendo en juego. 
   Así encontramos a los árboles (el quebracho, la tusca) hablándole al hombre, contando historias, represntando una Historia, la de Villa Ángela, la del Chaco, la de Argentina. La historia de sangre y fuego, la historia de barro y ranas, la historia del pito de la fábrica de tanino y su llamado quejoso a la vigilia constante, al ojo avisor y atento.
   El libro tiene un prólogo firmado por Perla Altschuler y en la contratapa lo reseña Lucio Alvarado. Juan Manuel 'Carancho' Ramirez nos ilustra y nos retrata en "La Tusca -Memoria Patria Utopía-". Así, cuando uno de los personajes describe el sepelio con que los judios (Villa Ángela tuvo / tiene una rica historia de población judía) despiden a sus muertos, dice: "-Ellos, como esos patos viejos, gargantean nomás, callados, no hacen los quilombos que hacemos nosotros."
   Por sobre todo ello, lo mejor es el lenguaje. En "La Tusca" los villangelenses hablamos con el lenguaje olímpico de la poesía: "Que viva su vida. Será peronista si es agradecido. Vos... vos, tratá que estudie. Prestale mi radio, dale el 'Petromax'... que algún día te traiga el fruto del libro, pagando mis callos con sus pergaminos...(...) No te asustes, vieja,,, que, cuando descubran que el mundo es pequeño, tendrán que esquivar los rayos y truenos de cimbras mortales en cielos mezquinos. (...)Y seguirán cantando con las alas rotas o el cuerpo cautivo... porque el canto... vieja, dura más que el vuelo."
   Así es. Por ahí anda el hijo del 'Carancho', de borbotón en borbotón, medio caído de alas, pero igual que la tusca dando testimonio de 'no me morí'. Porque el canto, lo recordó a tiempo, dura más que el vuelo.
                                          Imagen tomada de http://arbolesdelchaco.blogspot.com.ar/2012/06/tusca.html

                                                                                                    -*-