” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

sábado, 25 de abril de 2015

 Y en tu cielo... la luz


    En todo pueblo hay lugares míticos, lugares llenos de historias pequeñas que están enmarcadas en la gran historia, lugares donde el pasado y el presente intersectan en un ámbito mágico, un lugar y tiempo duendil y milagroso, un pequeño espacio en el que la realidad se quiebra imperceptiblemente y en cuya grieta se cierran, se sumergen, para ser raíces, los sueños, los trabajos, las proezas de una generación y nacen los nuevos tiempos, tan distintos, tan distantes.
   Villa Ángela tiene lugares donde ese misterioso quiebre entre lo que fue y lo que es/será. El ayer de un pueblo, la gente que allí estuvo y construyó sin alharacas ni luces de espectáculo una existencia,una cotidianidad que, aunque pareciera no haber existido nunca, estuvo allí, y fue la vida de hombres y mujeres cuyos hijos y nietos trasiegan hoy las calles y los días, sin sospechar cuánto fue necesario de ese ir y venir de sus antepasados para que el mundo siguiera andando. 
   La fábrica de tanino, cuyas ruinas invadidas por el verde intransigente del Chaco, hoy, en un ritual que dura décadas, se derrumban sin cesar bajo la luz inmensurable del sol subtropical de la región. Las ruinas son un paisaje en el que la naturaleza recupera su espacio paciente y persistente, sin rendirse. Pero ambas, la fábrica, que más parece una imagen escapada de los relatos de Roa Bastos, y la naturaleza, con su feracidad y su ferocidad, juegan, desde hace treinta años, una pulseada paciente, empecinada. 
   Nada del ayer está igual; también los hombres con su insaciable rapiña o su ingente necesidad han ayudado a la destrucción. La nostalgia se desorienta desde antes de ingresar a los espacios queridos y antaño tan conocidos, ahí donde nuestros pasos y nuestros ojos ya sabían como andar y qué mirar. Ahora hay que golpear a la memoria con el martillo de la realidad para recorrerla siguiendo el circuito tremebundo y recreado de los pasos del pasado.
   Se entraba por el portón de la balanza. Un amplio camino, aplanado por el circular continuo de camiones cargados de rollizos, nos guiaba por la derecha, hacia las playas donde los inmensos troncos de quebracho entregaban su última resistencia, y por la izquierda hacia las portentosas poleas de la aserrinera, que molía los colosos con filosa disciplina y los dejaba inerme en manos de los grandes tachos de la cocina, hacia adentro del gran galpón que era el corazón de la fábrica. De ahí hacia los galpones donde se estibaba el producto rojizo, ácido y terso, con el que alemanes e italianos curtirían las pieles que calzarían y vestirían a los dandis de Europa.
   Ahora la balanza es una casita vacía y en su frente una fosa llena de agua todavía espera el reposo de los poderosos camiones de guinche que sobre ella medían el alcance de su poder. En el ancho callejón de ayer árboles y pastizales han sufrido los desgarros de la última tormenta y un cardo de arbusto florece azulino y rústico para el disfrute apasionado de un mangangá. Entre alta y cerrada maleza enfilamos hacia la aserrinera, siguiendo una huella apenas visible de lo que debió ser la trocha de la vía del pintoresco tren de la empresa, y llegamos a la tolva de la que solo quedan altos horcones de quebracho, impasibles, casi eternos. La aserrinera es un conjunto de grandes ruedas de metal que apabullan el asombro y golpean con el recuerdo de su poderío. El galpón donde estuvo la cocina es un gran colador de luz majestuosa que parece concentrarse toda sobre la cabeza del visitante para luego rebotar sobre el increíble piso de mosaicos rojos y amarillos, casi impecable. 
   Y accedemos al sacrosanto corazón emotivo de la fábrica: la mítica chimenea que se trepa hasta el cielo, como lo hicieron los sueños de un país desaparecido por tantas razones que no queremos enumerar ni recordar ahora, hasta el cielo azul, azul el cielo y un girón blanquecino, deshilachado, impoluto, como una gasa tierna allá, en el extremo.
   Este testimonio histórico de las economías esquilmadoras del modelo exportador de materia prima fue sin embargo el templo del trabajo para la niñez con padres tanineros. El corazón llora deshecho de ternura abrazado a estos ladrillos, a esta luz, a estas raíces que nos confirman cómo los nuevos árboles, con sus pájaros, sus flores, sus frutos y los nuevos niños, crecerán desde los cimientos de lo que hemos amado y conocido y creíamos eternamente nuestro, eternamente.  






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martes, 11 de noviembre de 2014


Luces de danza


   ¿Nunca pasaste por la pérgola del artesano, domingo recién anochecido, en la plaza central de Resistencia? Pérgola del artesano, lugar destinado a la exposición y ventas de artesanía más o menos locales en la que el turista o el paseante del interior, el resistenciano mismo, puede encontrarse desde las típicas alhajitas de cualquier vendedor callejero o tejidos, cacharrería, manufacturas propias de habilidosos autóctonos (algunos descendientes de los pueblos originarios,  pero eso no hace mucha diferencia, aquí todos son resistencianos), hasta esculturas de artistas originales,  magníficos, tal vez poco conocidos, pero no por ello menos talentosos. Ya se sabe, Resistencia es la ciudad de las esculturas.

    La pérgola, sin embargo, es el paisaje donde se desarrollan también otras historias. Cada domingo es un capítulo nuevo en el que Resistencia, o al menos su urbano corazón mestizo, atravesado por tantas líneas de estilos y de búsquedas, se pone a palpitar con libertad adolescente en el borde mismo de la pérgola.

   Mientras el ritmo de la ciudad sigue su ronroneo de motores que fluyen desde el centro hacia los barrios, o desde los barrios hacia el centro, junto a la pérgola, sobre una pista de cemento se arma cada domingo, en la cálida anochecida, una reunión, con más o menos público, según lo que pinte. Un equipo de sonido, músicos y cantores de la ciudad o de la provincia, y un grupo variable de bailarines, aficionados y/o entrenados, levantan un alegre barullo de jarana que a veces, por sobre el ruido de la ciudad se llega a oír varias cuadras a la redonda.

   Se puede ver de todo: hace unos veinte días un grupo de rock, bastante lamentable, intentaba con el canto desgreñado de su vocalista, insuflar energía y entusiasmo a un público que se le escabullía. En otras ocasiones el chamamé ha hecho vibrar el piso y el aire de la capital provinciana. Una de esas noches un grupo de folcloristas cerró su presentación con el “Candombe para José”, aquel del negro que disimula sus penas bailando, el de la camisa endiablada, pero que aún así, lo sabe el cantor, es un negro bueno.

   Los bailarines quedaron un poco desorientados, el candombe no es un baile que se practique con frecuencia como la chacarera o la zamba. Algunos se las arreglaron con sus técnicas aprendidas profesionalmente, pero les faltaba el escorzo calenturiento que la raza negra le da a sus danzas. Hasta que saltó a la pista de cemento un morocho, no negro de raza sino negro de puro chaco, nomás. El morocho sabía de danzar candombes: las piernas quebradas en disposición de animal predador, los hombros un poco caídos hacia atrás, los brazos ofreciendo el frente interno, el pecho combado, todo él cayó sobre la pista en la postura del poseído por la danza. Y la danza se le rindió. Y las mujeres le empezaron a caer de a dos. Y los mirones corearon, hicieron palmas y vivaron, mientras el moreno se desarticulaba en la pista perseguido por las damas que fuera de allí acaso ni le darían el saludo.

   Más que los músicos, a veces muy buenos, el verdadero espectáculo es el que dan los bailarines. Algunos de ellos no se pierden un domingo. Hay bailarines muy jóvenes, niños casi. Los hay de aspecto próspero y distinguido. La mayoría viene de los barrios alejados a buscar una chispa de alegría en la fiesta abierta, popular, podría decirse democrática, si la palabra no estuviera tan bastardeada. Y algunas son parejas de ancianos. Vivaces, esbeltos e iluminados por el magnetismo de la danza, las parejas de viejos son las más lindas. Hay algunas que están todos los domingos. Y se bailan todo, desde la primera canción hasta la última.

   Una de esas parejas es la de la dama esbelta y el galán rendido. Son como el Romeo y Julieta de la pérgola. Ella es alta y sonriente, él es un poco calvo, la espalda algo cargada, con movimientos regulados de anciano. Ella tiene el pelo apenas coloreado, un tono ceniza que disimula las canas en una mujer que ha sido muy hermosa y que sigue manteniendo la actitud de la que se sabe admirada. Él podría ser un abuelo, lento y parsimonioso que pasea al nieto inquieto un domingo a la tarde en la plaza asoleada.  Eligieron los dos ser los bailarines más representativos de la pérgola.

   Bailan el uno para el otro: ella como una reina esquiva, sonriente y altiva, escurridiza; él como el peregrino que la sigue, la busca, la encuentra y la homenajea hasta convencerla y cautivarla, no con cadenas sino con el pañuelo amoroso de la zamba, con el ritmo entusiasta de la chacarera.

  Esta noche el conjunto se llama “El sendero” y cantan “El olvidado” con el acompañamiento muy alto del violín que desgaja su lírica rebeldía bajo el cielo invisible de la ciudad.  Los dos viejos, juveniles y frescos, bailan con renovado entusiasmo y cuando la zamba cierra su ronda de persecuciones galantes y pañuelería engañosa, él consigue apresar a su paloma y la premia, tierno y delicado, con un beso.

   En este extremo de la pista, muy cargada esta noche, un hombre de estatura mediana, piel oscura, aspecto de proletario, baila con sus dos mujeres y las cumplimenta a las dos. Una de ellas es alta y opulenta, la envuelve un vestido de verano con finos breteles que la muestran seductora y pulposa. Él debe de sentirse muy halagado de que tanta gente lo sepa dueño de esta belleza morena. La otra damita se levanta un poco más de metro veinte del suelo, luce los enormes ojos negros de la madre y mira al hombre como jamás mirará a ningún otro porque no habrá ninguno igual al hombre oscuro y fuerte que hemos tenido a los ochos años y menos si ese hombre es capaz de lucirnos en la danza de su vida. La niña compite abiertamente con su madre por las atenciones del bailarín que no se arredra y las hace girar juntas, a una con la mano del corazón, a la otra con la mano de traer el pan.

   Hay de todo: mujeres que bailan entre ellas, una muchachita vestida con un breve short  ajustadísimo que baila con un muchachito vestido de gaucho que no sabe cómo desenredarse las anchísimas bombachas frente a tanta provocación, hay jóvenes que bailan engreídos con la abuela, dando cátedra de habilidad, hay abuelas que bailan solas.

   ¿Nunca pasaste por la pérgola de la plaza central, en Resistencia, los domingos en la noche? Allí, justo al borde de la pérgola, el canto se alza hasta un cielo invisible en el que, seguramente, todos los duendes de las leyendas indias y algunos ángeles medio traviesos bailan, entreverados, contentos, como estos bailarines de Resistencia.




                                                      Fotos de Emanuel F.V.G.

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viernes, 31 de octubre de 2014

Encontrarse en un libro

   Hay épocas de la vida en que estamos inermes ante los textos que leemos. Cuando decimos que un libro nos gusta, o defendemos sus méritos con argumentos teóricos referidos a su trama, la precisión de su ingeniería estructural, la belleza del lenguaje, la riqueza o tragedia de sus personajes, tal vez, falazmente, estamos valorando en esa obra lo que de nosotros mismos se manifiesta en ella.
   Los especialistas en teorías (literarias, por ejemplo) se escandalizan ante la lectura impregnada de subjetividad, la lectura de identificación, la lectura que hace tiempo se llamaba ingenua.
   Grandes carcajadas resuenan en nosotros cuando recordamos a cierto académico, que no merece ser nombrado, despotricando contra la lectura ingenua. Parecería que la única lectura válida debería haber sido, según él, aquella que se desliza del temblor, de la lágrima, la que se no alimenta del terror o el entusiasmo. La lectura académica propende al análisis, a la hipótesis circunscrita en un paradigma de reflexión e interpretación justificado por el saber canónico.
   Anchos bostezos nos han despertado (percibid vosotros el oxímoron) los saberes canónicos. aunque de ellos hemos alimentado espuriamente nuestra eléctrica e impredecible sensibilidad, la cual, como el cazador sediento de sangre tibia y palpitante que queda abandonado en una isla donde solo caen cocos de las frescas y altas palmeras, no muere de hambre pero estará siempre insatisfecho. (ïdem el hermoso vampiro que se abstiene de beber sangre de sus antaño prójimos, por razones humanas -oxímoron risible, puesto que él ya no es humano-).
   Así también aprendimos a beber la leche dulce y pegajosa de la reflexión teórica, sistemática y ordenada, cuando nuestro más profundo deseo estaba atravesado por el hambre de historias, de palabras, de tragedia y de dicha, solo concebible en los libros, en la obra literaria, en la poesía. Y aspirábamos a intoxicarnos con poesía y luego ya podíamos irnos por esas tierras sin más preocupación.
   Pero gastamos una vida leyendo y haciendo leer a otros con moldes prefabricados, triste destino. Así ya no podemos pensar en la "María" de Jorge Isaac adobada en la salmuera de nuestras lágrimas, desde que los académicos superpusieron sobre el amor y el dolor, el esquema de hierro de la naturaleza como marco y metáfora de las pasiones. Tal vez por eso seguimos viendo a María con su vaporoso vestido bajo un arco florido, con el gesto de una Magdalena pura y virginal, enmarcada en las flores que tan bien custodiaban sus encantos. Esta escena, analizada hasta la náusea, nos convirtió a la ardorosa jovencita en una mojigata de estampita.
   A veces no fuimos obedientes. Nunca prestamos atención a aquellas clases en las que Alfredo intentaba disecar la estructura de "Cien años de soledad" en unos cuantos círculos de sentido mítico. Preferíamos, y defendimos, la belleza encontrada en la tibia caparazón de nuestra primera impresión: deslumbrado enamoramiento por la palabra, tejido con delicados y musicales hilos por aquel sacerdote de la maravilla. Y seguimos siendo felices con el libro magnífico.
   O meditando con alguno que llega como un emisario de buena voluntad con el vaso de agua áspera para acompañar estos ásperos días. Días estos de desarmarnos la vida para inventarnos otra. Días en que nos arrastra el impulso básico de la huida y el cambio. Días de rotos cántaros llenos de las reservas del vino curativo que los previsores guardan en el lugar más fresco y escondido de sus bodegas.
   Pero nosotros, los desgarrados, vamos como Geofrey Firmin bajo el volcán, arrastrados por una sed que no es sed, por una pulsión más potente que la vida, a ver las visiones fugaces y reveladoras de nuestros fantasmas. queremos conocerlos a todos, antes de morir. Verlos de frente, verlos en su desnudez degradante o deslumbrante cuando el fragor del disparo, cuando la pedrada del fracaso, nos arroje por el borde del barranco en cuyo filo nos agitamos con conciencia.
   Como Geofrey vamos hacia la última tarde, la última tormenta, la última noche ácida y quemante de esa verdad que no podremos, ni queremos, compartir. Para confirmarnoslo llegó a nosotros "Bajo el volcán" de Malcolm Lowry. Y no nos importa de esta novela su impecable estructura, los largos fluires de conciencia, los bien logrados raccontos, los detalles simbólicos que Oscar Taca revisaría meticuloso.
   Lo que nos importa es cuanto nos dice"Bajo el volcán" de nuestra terrible e inevitable soledad y de nuestra fantasmagórica y desgarradora búsqueda, las cuales son, con mezcal o sin mezcal, las que llaman a los seres que no renuncian a perderse. Los que deciden vivir bajo el volcán.

                                                       Malcolm Lowry -gracias wikipedia-

                                                                                                     -*-

   

miércoles, 8 de octubre de 2014

La literatura del borbotón

   Hay un tipo de escritor a los que podría llamárseles 'los del borbotón'. Eduardo Galeano, viejo amauta de ojos claros y boca amarga, es el prototipo de todos ellos y ha sido el enseñador de esas argucias literarias de la palabra regurgitada como una papilla, o torrentosa como la Garganta del Diablo del Iguazú. Lógico, como él nadie más. Pero herederos, sí que tiene.
   En estos melancólicos lugares donde el pasado nunca se va del todo hay alguno que otro con ese estilo exacerbado, acumulativo, la palabra, la frase, la metáfora, acumulándose una sobre otra como la arena cuando el camión la descarga desconsiderado, en un vuelco o en cucharonadas de pala ancha. No es fácil de leer para el que recién se inicia y menos es literatura para el perezoso o el de pocas luces: decenas de datos, puñados de anécdotas, cúmulos de juegos de lenguaje, en una sola página. Hay que animarse y aprender a leerlos y releerlos, porque de lo contrario queda solo un resumo medio ácido en la memoria y el corazón medio empañado de tristeza... y uno no sabe porqué. Con el tiempo sí ya se pueden sacar conclusiones.
   De los escritores de esta región caliente de desencanto, áspera de desencuentros y de plegarias mal respondidas, vamos a rescatar a uno que de andar nomás se nos volvió escritor. Porque muchas cosas ha sido, dicen este don Juan Manuel 'Carancho' Ramirez. Pero escritor se hizo un día en que seguramente lo tenían a mal traer los recuerdos.
   Hijo de taninero, Juan Manuel, 'Caranchito' mientras la sombra del padre lo cobijó bajo su ala, creció por esos andurriales del Remedios de Escalada; seguramente tuvo una madre devota de la Santa Teresita, linda chica con un ramo de rosas entre los brazos, en un barrio donde las mejores flores deben haber sido con suerte las achiras y los malvones. Criollo morenazo de esbelta estampa heredó los atributos físicos del padre, famoso galán nocturno, predador de ajenos gallineros ( y estamos repitiendo, con el permiso de 'Carancho' hijo, lo que hemos oído de los relatos de otros tanineros), muchacho peronista y de ideas federales como lo ilustra el nombre del hijo, cuyo derrotero político hizo honor a las expectativas paternas.
   'Carancho', el hijo, este Juan Manuel de quien hablamos, no desobedeció ni los sueños paternos ni el mandato social de que un pobre no puede ser otra cosa que peronista. Juan Manuel creció entre las cunetas del Escalada, las represas ladrilleras de la periferia sureste de la Villa y las dichosas y deslumbrantes expediciones de la infancia pobre del interior a los deslumbradores hoteles para niños que en los bordes del mar guardaba tutelar y bellísima, todopoderosa y magnánima, el hada Evita. 
   Esa experiencia fundante palpita a lo largo y a lo ancho de "La Tusca", el libro que escribió este viejo medio tosco, medio triste, que fue el diputado más joven de su generación y uno de los pocos sobrevivientes de las cárceles del Proceso en las que se gastó casi una década trasladado de una punta a la otra del país, según oí  por ahí, como una de las tantas hazañas que puede seguir contando.
   Y lo ha hecho: aprovechó la sobrevida para seguir contando el cuento. "La Tusca" es un largo relato mítico, plagado de anécdotas, de episodios chiquitos, con cientos de personajes (ninguno inventado, podemos dar fe, porque con unos años menos los hemos conocido, de vista o de oídas, a todos). 
   Sin embargo, no es la veracidad lo que hace que este libro sea magnífico. Poco puede servir este enrevesado relato sin principio ni fin como documento historiográfico. Este libro es un testimonio desnudo de un estilo de vida, de un puñado de sueños, del periplo existencial ignorado, ínfimo, de gentes anónimas y desechadas por el sistema, que viven, medran, son felices, sufren, trabajan, se pierden y se olvidan al ritmo del pulso natural de la vida. Humanidad, pura y desnuda.
   Es el lenguaje. No es la historia, no es el personaje, no es la estructura. Es el borbotón. 'Caracncho', que ha perdido hasta parte del pellejo en la patriada, supo, por iluminación, ("La Tusca" es obra de inspiración, a veces alucinada) que tenía el tiempo justo para decir algo. Y lo dijo, atropelladamente, en una catarata de recuerdos, de creencias, de trucos literarios acerca de los que nunca estudió y que ni sabía que los estaba poniendo en juego. 
   Así encontramos a los árboles (el quebracho, la tusca) hablándole al hombre, contando historias, represntando una Historia, la de Villa Ángela, la del Chaco, la de Argentina. La historia de sangre y fuego, la historia de barro y ranas, la historia del pito de la fábrica de tanino y su llamado quejoso a la vigilia constante, al ojo avisor y atento.
   El libro tiene un prólogo firmado por Perla Altschuler y en la contratapa lo reseña Lucio Alvarado. Juan Manuel 'Carancho' Ramirez nos ilustra y nos retrata en "La Tusca -Memoria Patria Utopía-". Así, cuando uno de los personajes describe el sepelio con que los judios (Villa Ángela tuvo / tiene una rica historia de población judía) despiden a sus muertos, dice: "-Ellos, como esos patos viejos, gargantean nomás, callados, no hacen los quilombos que hacemos nosotros."
   Por sobre todo ello, lo mejor es el lenguaje. En "La Tusca" los villangelenses hablamos con el lenguaje olímpico de la poesía: "Que viva su vida. Será peronista si es agradecido. Vos... vos, tratá que estudie. Prestale mi radio, dale el 'Petromax'... que algún día te traiga el fruto del libro, pagando mis callos con sus pergaminos...(...) No te asustes, vieja,,, que, cuando descubran que el mundo es pequeño, tendrán que esquivar los rayos y truenos de cimbras mortales en cielos mezquinos. (...)Y seguirán cantando con las alas rotas o el cuerpo cautivo... porque el canto... vieja, dura más que el vuelo."
   Así es. Por ahí anda el hijo del 'Carancho', de borbotón en borbotón, medio caído de alas, pero igual que la tusca dando testimonio de 'no me morí'. Porque el canto, lo recordó a tiempo, dura más que el vuelo.
                                          Imagen tomada de http://arbolesdelchaco.blogspot.com.ar/2012/06/tusca.html

                                                                                                    -*-

   

domingo, 31 de agosto de 2014

 De batallas y reinicios  

  La vida siempre nos da vuelta del revés, nos deja a la intemperie, nos pone panza arriba, inermes, entregados, desnudos, a veces en carne viva, otras tan humillados y frágiles que es como volver a ser aquel feto expulsado a la luz y al aire de una antiquísima madrugada cuando tragar el primer chorro de oxígeno y despegar los párpados sin estrenar determinaron el inicio de todos los inicios.  
   A los veinte años fue duro empezar la vida propia, sin la segura casa, la mesa patriarcal y su comida, el abrigo y la noche acunada por el cuidado de una familia grande dormida a nuestro alrededor y el perro, guardián y tierno, vigilando en la puerta. Tiempos eran en que las niñas todavía esperaban casarse para salir de casa y llegar al buen puerto del hogar en el que serían amas y señoras, dueñas de su cocina y su fregadero, organizadoras de la vida de un marido que vivía más afuera que dentro, eternas penélopes que habían aprendido a jugar y tejer, y a abrir la puerta, claro.
   Pero el modelo estaba haciendo crisis. Y algunas de las mujeres que hace treinta años tenían veinte no encontraron el camino y como la caperucita de los cuentos se perdieron en el bosque por no tener en cuenta las recomendaciones de su mamá, se dejaron tentar por las flores del prado secreto y hallaron otros senderos, otras historias.
   Algunas de esas historias estaban cargadas de incertidumbre. Y de resistencia. Y de rechazo. Eran historias en las que la muerte del pasado exigía un costo humano que treinta y tantos años después es difícil evaluar: que ganó y que perdió esa generación de mujeres cuyas vidas dibujaron otros andariveles, otras vías, otros senderos, otros prados de sueños y proyectos y otros eriales de fracaso y frustración diferentes del panorama preestablecido de sus madres y sus abuelas, es algo que por ahí anda la sociología intentando medir. 
   Mujeres libres pero solas, mujeres autoabastecidas pero antisociales, mujeres productivas (en lo económico, en lo cultural) pero ninguneadas, mujeres sin juventud de las que se espera una vejez corriente (con abuelazgo incluido), mujeres incansables pero intolerantes, mujeres que no parecían mujeres. Y no las equiparamos a travestis, ni lesbianas, ni transexuales. Mujeres que no se podían, ni aun se pueden, encansillar. 
   Cuando en la calle las muchachas hablan a gritos, se rien a carcajadas, piropean a los muchachos, mal contestan a los viejos, se visten con tiritas, compran y venden el cuerpo que quieren, les pagan por ser madres solteras, las apañan cuando siendo malas madres y pésimas parejas arruinan la vida de algún incauto, la justicia les da la razón aunque estén desquiciadas o enfermas, cuando vemos esta generación de mujeres nos replanteamos sobre las batallas mal ganadas.
   No es así como hubiéramos querido ganar la pulseada contra el machismo, contra el sexismo, contra la desigualdad necia que nos preparaba una casa cerrada, un patiecito con malvones y el lorito para tener con quien hablar. Si se nos hubiera mostrado este presente de chicas inconcientes y ombliguistas, tal vez habríamos sido más obedientes.
   Aunque es bueno aclarar que no vivimos la vida que vivimos para cambiar nada: nos enfrentamos a los nacimientos de cada nueva etapa con la garra que un mundo exigente, bravío y rebelde adiestró en nosotras sin que siquiera lo supiéramos: como las amazonas de que habla la noticia, nos dejaron de la mano de dios solo porque habíamos contravenido un mandato social. Ese día abrimos ojos nuevos a un mundo bravamente inhóspito y respiramos un áspero y ardiente aire de exigencia y crueldad para el que no estábamos preparadas. 
  Nos hicimos libres, autosuficientes, secas y solitarias. Un tipo de mujer que sabe rehacerse en las más duras circunstancias, queremos creer, al menos. Batallas ganadas sin querer en pos de un mundo que es como es, pero al que no le vendría mal ser un poco mejor.  

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sábado, 9 de agosto de 2014

Los elefantes solo sonríen en los vídeos

   Dícese que en los años 60 (mítica década, solo comparable a los días de "había una vez"), el hombre llegó a la luna. En realidad solo dos hombres llegaron concretamente y se hizo universalmente famoso uno de ellos, por la sola razón de haber sido el primero en apoyar su pie sobre aquella polvorosa y, por lo que se sabe, estéril superficie. 
   Eran aquellos tiempos mucho menos desconfiados que los de ahora. Los humanos creíamos casi todo lo que la radio nos contaba y los que vieron el portentoso hecho por televisión solo confirmaban lo que ninguno de nosotros, que aún no conocíamos la capacidad de ficcionalización apocalíptica de Orson Wells, se habría atrevido a negar.
   Tiempos magníficos en que cuando el radioteatro representaba maldades varias contra la Princesa de Lorena y el León de Francia se jugaba la vida por protegerla, gauchos cosecheros desnudaban facones, frente al improvisado escenario del patio de la escuelita de campo donde se representaba el drama, en solidaria y corajuda ayuda al héroe.
   Tiempos en que no existían los efectos especiales y, si existían, no eran de dominio popular sus pelandrunas utilerías. Por eso en aquellos días todos habríamos aceptado que la sirena de las virales imágenes, medio viscosa ella pero sirena al fin, debía haber salido de los verdes y ondulantes fondos marinos y no del taller de una productora de cine, por ejemplo.
   Pero llegaron las dudas, los desmentidos, las historias versionadas y reversionadas en las que nadie sabe ya ni siquiera quién es su padre; como le sucede a la señora presidenta de este loco país, que debe andar por estos días espiando su abolengo y su estirpe en los retorcidos secretos de su adn, porque no faltó quién le desnudara lo que acaso ni ella misma sabía. 
   Del mismo modo en que se desmiente y se reelabora la realidad de ayer en la realidad de hoy, así como el paseo lunar de Amstrong es para algunos una hazaña fraguada y el padre de la presidente un avatar burgués, para muchos la epidemia del ébola es una creación de las farmacéuticas para comerciar algún fluido de su invención y el encuentro de Estela Carloto con un ignoto músico de pelo enrulado y canoso es una fantochada que ayudaría a no pensar en el default.
   Mágico mundo de las pantallas en las que se superponen, se entrecruzan, se hibridizan, ficción y no ficción, el mundo de la comunicación global es decadente, insatisfactorio y vacío. Es este un universo de espectáculo infinito donde la realidad se trastrueca y en el que se difuminan las fronteras de lo que es, lo que sería, lo que podría ser, lo que debería ser y lo que deseamos que fuera.
   Así parecería que el espectador occidental se regodeara en las inenarrables tragedias que está viviendo el planeta, en el continuo desangrarse de esta especie, que ya no necesitará un diluvio para reiniciarse, desde que ahoga todos sus odios y sus temores en la sangre de sus niños, en el dolor de los desposeídos, en la miseria de los sojuzgados. En tanto a este espectador universal solo le importa su pulsión de voyeur. Y con ella acredita su razón de existencia.
   Este espectador no quiere saber si es verdadero lo que le cuentan, sabe de antemano de la falsabilidad posible de cualquier mensaje. Tampoco desea conocer algo que lo podría enriquecer o comprometer o conmover. Lo único que desea es ver, más que el relato quiere la imagen.
   Una pequeña historia, perdida entre los miles de historias de la red, lo confirma: un elefante cautivo durante cincuenta años sonríe por primera vez. Y el espectador, exigente, defraudado, no se pregunta si un elefante puede sonreír (de lo que no dudamos), no quiere saber cómo sonríen los elefantes, no duda de la sonrisa del elefante (¡ya ni siquiera duda!). Su desencanto señala la ausencia de fotos, o de vídeos, que justifiquen su incompleta existencia frente al espectáculo soso de la felicidad.

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sábado, 2 de agosto de 2014

Frases escritas con sangre

   Hemos leído, seguramente, que en este mundo de paradojas “todo cambia  para que nada cambie”. También es cierto que asistimos a un tiempo de saberes comprimidos en frases más o menos ambiguas, pretenciosamente sintetizadoras de supuestas ideas absolutas. Es, tal vez, una forma de discurso social y se pone de manifiesto en cualquier soporte, las podemos leer en las revistas de divulgación científica o filosófica como ejemplificación de la genialidad de creadores, investigadores o pensadores.
   Así hacemos un curso sobre el pensamiento de Ortega y Gasset o las nociones ejes de la teoría lingüística de Chomski en tres o cuatro frases, citadas fuera de cotexto y de contexto como si fueran rozagantes frutos que se vuelcan generosos de la cornucopia de la sabiduría.
   Frases críticas, contradictorias, sosas, cursis o vacías, también hallamos en las redes sociales, engalanadas por diseños gráficos mas o menos coloridos, más o menos lujosos, más o menos acordes al sentido supuesto u orientado.
   Las frases que circulan pierden identidad, se empobrecen de sentido, se cargan de frivolidad y terminan por formar parte del juego vacuo de la autoayuda. Pero, al igual que las siglas, son constituyentes de los discursos circulantes en nuestra cultura, se han  instalado como un hábito de síntesis, como un rasgo discursivo de la liquidez de nuestro tiempo.
   Las hay para todos los temas pero son especialmente populares las frases que refieren al “amor” (desagradablemente empalagosas, casi siempre), las que se orientan a las enseñanzas de vida y reforzamiento de la autoestima (simplificadoras, enraizadas en el resentimiento y el egocentrismo, la mayor de las veces), las que propenden a la exaltación de valores y/o principios morales, estéticos, éticos, políticos, sociales (en general desconectadas de toda reflexión organizada y coherente), nociones fragmentarias, casi siempre mal citadas, incluso mal redactadas.
   Todas las épocas han tenido saberes aglutinados en pocas palabras, fáciles de recordar y útiles para ser recuperadas en esas ocasiones que requieren de algún modelo de encuadre o justificación dentro del panorama de la vida cotidiana.
   La moraleja de las culturas del Asia menor, que los griegos tomaron para sí y que sintetizaban las ideas esenciales de esa cosmovisión magnífica, preñada de desigualdades y crueldad a favor del más fuerte, o el más poderoso. Ejemplo irrebatible “La fábula de la cigarra y la hormiga” que tan bien representa el modelo acumulador de los pueblos que se alimentaban del botín y del comercio.
   Los versos moralizantes le fueron muy provechosos al pensamiento del medioevo feudal para mantener un rígido esquema donde todo estaba regulado, controlado, por la esperanza más allá de la muerte y la resignación del acá esforzado e impiadoso. Don Juan Manuel lo desarrolló magistralmente en los pareados que su conde hacía escribir como cierre de los esclarecedores diálogos que mantenía con Patronio.
   El refrán popular, tan caro a Sancho y que enervaba a Don Quijote, cuyas mentalidades diferentes estaban signadas por la profunda huella que instala la cultura letrada frente a la cultura ágrafa, tal como lo desarrolla Walter Ong en su sistematización de los niveles de oralidad.
   Frases cortas que aspiran a decirlo todo. Tal vez no lo logran; pero se acercan mucho a un conato de síntesis, al menos se ajustan al título de situaciones para las que no encontramos explicaciones, cuestiones que quedan fuera de toda razón y reflexión, cuestiones que después de un siglo, o de cinco siglos, o de quince siglos, se plantean exactamente igual.
   Es ahí que rescatamos esa frase que alguien dijo refiriéndose a los cambios que instalan o intentan instalar las revoluciones y que sin embargo no logran torcer la tendencia de la realidad a repetirse y reconstruirse con sus principios permanentes. Así la escalofriante distinción y separación que las ideas religiosas y/o políticas fomentan entre los seres humanos vuelven sobre la humanidad su helada cola de serpiente y su verdoso, mortal veneno, siempre letal, aunque pasen los siglos.
   Tal como ayer, los judíos, los gitanos, los homosexuales, los aborígenes, los negros, todos los diferentes del estereotipo, han sufrido el insulto, la persecución y el asesinato, así hoy… sin análisis, sin piedad, sin una pizca de bondad, de humanismo.
   Leemos en las redes sociales las mismas crueles palabras referidas al agobiador conflicto en Gaza y sus protagonistas, voluntarios o no, tal como leímos esas mismas palabras, esas ideas de discriminación y exterminio, en los libros de historia o en los testimonios de hechos sucedidos hace un siglo.
   Insultos descarados, impunes de toda equidad, degradantes de la condición del hombre como sujeto de derecho, logro costoso para lo humanidad como ningún otro lo ha sido; insultos reaccionarios que retrotraen al hombre a su condición más primitiva, nos ponen de frente al humano terrorista, al humano inhumano, a la deshumanización que, de por sí, tanta sangre/vida inocente le ha costado a esta tierra.
   Ante la guerra, el llanto de las víctimas, la crueldad infinita del humano, los intereses incomprensibles escudados en creencias religiosas o posicionamientos políticos, ya no somos capaces de tomar partido. Solo somos capaces de llorar con estas inútiles palabras por el hombre que demuestra cada vez cuán incapaz es de redimirse.
   Hijos de este tiempo de palabras vanas, nos quedamos con la frase: “todo cambia para que nada cambie”. Porque lo que en verdad no cambia, lo comprobamos entristecidos, es el hombre.




                                                             Foto de Josi V. G.
                                                                   
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