” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

sábado, 9 de agosto de 2014

Los elefantes solo sonríen en los vídeos

   Dícese que en los años 60 (mítica década, solo comparable a los días de "había una vez"), el hombre llegó a la luna. En realidad solo dos hombres llegaron concretamente y se hizo universalmente famoso uno de ellos, por la sola razón de haber sido el primero en apoyar su pie sobre aquella polvorosa y, por lo que se sabe, estéril superficie. 
   Eran aquellos tiempos mucho menos desconfiados que los de ahora. Los humanos creíamos casi todo lo que la radio nos contaba y los que vieron el portentoso hecho por televisión solo confirmaban lo que ninguno de nosotros, que aún no conocíamos la capacidad de ficcionalización apocalíptica de Orson Wells, se habría atrevido a negar.
   Tiempos magníficos en que cuando el radioteatro representaba maldades varias contra la Princesa de Lorena y el León de Francia se jugaba la vida por protegerla, gauchos cosecheros desnudaban facones, frente al improvisado escenario del patio de la escuelita de campo donde se representaba el drama, en solidaria y corajuda ayuda al héroe.
   Tiempos en que no existían los efectos especiales y, si existían, no eran de dominio popular sus pelandrunas utilerías. Por eso en aquellos días todos habríamos aceptado que la sirena de las virales imágenes, medio viscosa ella pero sirena al fin, debía haber salido de los verdes y ondulantes fondos marinos y no del taller de una productora de cine, por ejemplo.
   Pero llegaron las dudas, los desmentidos, las historias versionadas y reversionadas en las que nadie sabe ya ni siquiera quién es su padre; como le sucede a la señora presidenta de este loco país, que debe andar por estos días espiando su abolengo y su estirpe en los retorcidos secretos de su adn, porque no faltó quién le desnudara lo que acaso ni ella misma sabía. 
   Del mismo modo en que se desmiente y se reelabora la realidad de ayer en la realidad de hoy, así como el paseo lunar de Amstrong es para algunos una hazaña fraguada y el padre de la presidente un avatar burgués, para muchos la epidemia del ébola es una creación de las farmacéuticas para comerciar algún fluido de su invención y el encuentro de Estela Carloto con un ignoto músico de pelo enrulado y canoso es una fantochada que ayudaría a no pensar en el default.
   Mágico mundo de las pantallas en las que se superponen, se entrecruzan, se hibridizan, ficción y no ficción, el mundo de la comunicación global es decadente, insatisfactorio y vacío. Es este un universo de espectáculo infinito donde la realidad se trastrueca y en el que se difuminan las fronteras de lo que es, lo que sería, lo que podría ser, lo que debería ser y lo que deseamos que fuera.
   Así parecería que el espectador occidental se regodeara en las inenarrables tragedias que está viviendo el planeta, en el continuo desangrarse de esta especie, que ya no necesitará un diluvio para reiniciarse, desde que ahoga todos sus odios y sus temores en la sangre de sus niños, en el dolor de los desposeídos, en la miseria de los sojuzgados. En tanto a este espectador universal solo le importa su pulsión de voyeur. Y con ella acredita su razón de existencia.
   Este espectador no quiere saber si es verdadero lo que le cuentan, sabe de antemano de la falsabilidad posible de cualquier mensaje. Tampoco desea conocer algo que lo podría enriquecer o comprometer o conmover. Lo único que desea es ver, más que el relato quiere la imagen.
   Una pequeña historia, perdida entre los miles de historias de la red, lo confirma: un elefante cautivo durante cincuenta años sonríe por primera vez. Y el espectador, exigente, defraudado, no se pregunta si un elefante puede sonreír (de lo que no dudamos), no quiere saber cómo sonríen los elefantes, no duda de la sonrisa del elefante (¡ya ni siquiera duda!). Su desencanto señala la ausencia de fotos, o de vídeos, que justifiquen su incompleta existencia frente al espectáculo soso de la felicidad.

                                                                             -*-

sábado, 2 de agosto de 2014

Frases escritas con sangre

   Hemos leído, seguramente, que en este mundo de paradojas “todo cambia  para que nada cambie”. También es cierto que asistimos a un tiempo de saberes comprimidos en frases más o menos ambiguas, pretenciosamente sintetizadoras de supuestas ideas absolutas. Es, tal vez, una forma de discurso social y se pone de manifiesto en cualquier soporte, las podemos leer en las revistas de divulgación científica o filosófica como ejemplificación de la genialidad de creadores, investigadores o pensadores.
   Así hacemos un curso sobre el pensamiento de Ortega y Gasset o las nociones ejes de la teoría lingüística de Chomski en tres o cuatro frases, citadas fuera de cotexto y de contexto como si fueran rozagantes frutos que se vuelcan generosos de la cornucopia de la sabiduría.
   Frases críticas, contradictorias, sosas, cursis o vacías, también hallamos en las redes sociales, engalanadas por diseños gráficos mas o menos coloridos, más o menos lujosos, más o menos acordes al sentido supuesto u orientado.
   Las frases que circulan pierden identidad, se empobrecen de sentido, se cargan de frivolidad y terminan por formar parte del juego vacuo de la autoayuda. Pero, al igual que las siglas, son constituyentes de los discursos circulantes en nuestra cultura, se han  instalado como un hábito de síntesis, como un rasgo discursivo de la liquidez de nuestro tiempo.
   Las hay para todos los temas pero son especialmente populares las frases que refieren al “amor” (desagradablemente empalagosas, casi siempre), las que se orientan a las enseñanzas de vida y reforzamiento de la autoestima (simplificadoras, enraizadas en el resentimiento y el egocentrismo, la mayor de las veces), las que propenden a la exaltación de valores y/o principios morales, estéticos, éticos, políticos, sociales (en general desconectadas de toda reflexión organizada y coherente), nociones fragmentarias, casi siempre mal citadas, incluso mal redactadas.
   Todas las épocas han tenido saberes aglutinados en pocas palabras, fáciles de recordar y útiles para ser recuperadas en esas ocasiones que requieren de algún modelo de encuadre o justificación dentro del panorama de la vida cotidiana.
   La moraleja de las culturas del Asia menor, que los griegos tomaron para sí y que sintetizaban las ideas esenciales de esa cosmovisión magnífica, preñada de desigualdades y crueldad a favor del más fuerte, o el más poderoso. Ejemplo irrebatible “La fábula de la cigarra y la hormiga” que tan bien representa el modelo acumulador de los pueblos que se alimentaban del botín y del comercio.
   Los versos moralizantes le fueron muy provechosos al pensamiento del medioevo feudal para mantener un rígido esquema donde todo estaba regulado, controlado, por la esperanza más allá de la muerte y la resignación del acá esforzado e impiadoso. Don Juan Manuel lo desarrolló magistralmente en los pareados que su conde hacía escribir como cierre de los esclarecedores diálogos que mantenía con Patronio.
   El refrán popular, tan caro a Sancho y que enervaba a Don Quijote, cuyas mentalidades diferentes estaban signadas por la profunda huella que instala la cultura letrada frente a la cultura ágrafa, tal como lo desarrolla Walter Ong en su sistematización de los niveles de oralidad.
   Frases cortas que aspiran a decirlo todo. Tal vez no lo logran; pero se acercan mucho a un conato de síntesis, al menos se ajustan al título de situaciones para las que no encontramos explicaciones, cuestiones que quedan fuera de toda razón y reflexión, cuestiones que después de un siglo, o de cinco siglos, o de quince siglos, se plantean exactamente igual.
   Es ahí que rescatamos esa frase que alguien dijo refiriéndose a los cambios que instalan o intentan instalar las revoluciones y que sin embargo no logran torcer la tendencia de la realidad a repetirse y reconstruirse con sus principios permanentes. Así la escalofriante distinción y separación que las ideas religiosas y/o políticas fomentan entre los seres humanos vuelven sobre la humanidad su helada cola de serpiente y su verdoso, mortal veneno, siempre letal, aunque pasen los siglos.
   Tal como ayer, los judíos, los gitanos, los homosexuales, los aborígenes, los negros, todos los diferentes del estereotipo, han sufrido el insulto, la persecución y el asesinato, así hoy… sin análisis, sin piedad, sin una pizca de bondad, de humanismo.
   Leemos en las redes sociales las mismas crueles palabras referidas al agobiador conflicto en Gaza y sus protagonistas, voluntarios o no, tal como leímos esas mismas palabras, esas ideas de discriminación y exterminio, en los libros de historia o en los testimonios de hechos sucedidos hace un siglo.
   Insultos descarados, impunes de toda equidad, degradantes de la condición del hombre como sujeto de derecho, logro costoso para lo humanidad como ningún otro lo ha sido; insultos reaccionarios que retrotraen al hombre a su condición más primitiva, nos ponen de frente al humano terrorista, al humano inhumano, a la deshumanización que, de por sí, tanta sangre/vida inocente le ha costado a esta tierra.
   Ante la guerra, el llanto de las víctimas, la crueldad infinita del humano, los intereses incomprensibles escudados en creencias religiosas o posicionamientos políticos, ya no somos capaces de tomar partido. Solo somos capaces de llorar con estas inútiles palabras por el hombre que demuestra cada vez cuán incapaz es de redimirse.
   Hijos de este tiempo de palabras vanas, nos quedamos con la frase: “todo cambia para que nada cambie”. Porque lo que en verdad no cambia, lo comprobamos entristecidos, es el hombre.




                                                             Foto de Josi V. G.
                                                                   
                                                                                    -*-

viernes, 1 de agosto de 2014

Recordamos al hombre de la imprenta   

   Recordamos un renault amarillo, sencillo, barato, eficiente. Una ruta de tierra y el monte ingrato del Chaco sobreexplotado, con su polvo irrenunciable y sus espinas. Un hombre, bajo, robusto, silencioso, calmo, manejando trecientos kilómetros concentrado y tranquilo. 
   En ese mismo renault amarillo nos llevó con su familia a sumarnos a la caravana celebratoria del mundial del 78, experiencia ingrata porque en la Avenida 9 de julio un grupo de indignados por los abusos de la Junta Militar casi da vuelta el autito con todos sus ocupantes dentro. 
   Recordamos el olor a tinta de su imprenta y el asombro del mecanismo deslumbrante de los moldes de plomo que organizaban la maravilla del texto impreso en un orden preciso, laborioso. 
  En esa misma imprenta ensayamos una mediocre colaboración ordenando boleteros, trabajo generosamente pagado, a veces inmerecidamente pagado. 
   Recordamos la vieja casa de estilo casi colonial, una columna de madera en el centro del salón comedor. Íbamos y veníamos alrededor de esa columna, sin mirarla, olvidándola a veces, pero sabíamos, aunque fuera intuitivamente que esa columna sostenía las vigas protectoras del techo.
   Recordamos así su condición de padre, con esa manera de los padres de entonces, pocas palabras, el estar condescendiente y protector, la firmeza, la constancia, un hacer de columna: el rol del que sostiene.
   Recordamos una lámina dibujada por Hermosilla Spak y la figurita del imprentero, redondeada, con una camisa amarilla de tela vasta, prolijamente ceñida a la cintura ya nada juvenil y el bigote cerrado, que empezaba a encanecer sobre la boca amable. ¿Donde habrá quedado aquella obra del César Hermosilla después de tantas mudanzas y cambios vividos por la familia del hombre de la imprenta?
   Recordamos, cuando le daba por la charla, relatos de leyenda; por él tuvimos noticias cercanas de Mario Nestoroff, con quién había trabajado en Villa Ángela haciendo algún tipo de publicación: una revista, un periódico, algo así. 
   Recordamos entonces que le gustaba mucho la poesía. Por él conocimos a Almafuerte, él nos prestó un libro del gran poeta romántico, libro que nunca devolvimos y que aun está en nuestra biblioteca. Libro inspirador con sus siete sonetos medicinales que ojalá alguien se los lea hoy, en estas horas bravas que la vida le pone por delante, don Eduardo López, padrazo, ciudadano decente, trabajador, generoso, hombre bueno, que no es poco decir.  Y del que aprendimos aquello:
                                                                 
                                    ¡Avanti!

Si te postran diez veces te levantas
Otras diez, otras cien, otras quinientas...
No han de ser tus caídas tan violentas
Ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas
Asimilan el humus avarientas, 

Deglutiendo el rencor de las afrentas
Se formaron los santos y las santas.

Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
Nada más necesita la criatura,
Y en cualquier infeliz se me figura
Que se rompen las garras de la suerte...

¡Todos los incurables tienen cura

Cinco segundos antes de la muerte!
                                      Almafuerte 

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domingo, 27 de julio de 2014

Mala noche y parir hembra

   La mirada polarizada es un eje conceptual constitutivo del paradigma de occidente. Ayer fue Grecia y los bárbaros, creyentes y gentiles, Roma y el mundo, cristianos y judíos, cristianos o herejes, blancos o negros, occidente u oriente, metrópoli o colonia. Un día se habló del norte y el sur, el este y el oeste, capitalismo o comunismo. La lista es inacabable. 
   Todas las polarizaciones imaginables tienen su lugar en ese modelo de nociones opuestas que acaso nació en la medialuna fértil con aquellos dioses de la luz y la sombra, la noche y el día, el bien y el mal: Mazda y Arimán. En realidad la historia de estos hermanos mitológicos es compleja, contradictoria y penosa, porque parte de la elección paterna que decide elegir a uno de ellos por sobre el otro para considerarlo primogénito y por ende meritorio de los derechos y prerrogativas por sobre todas las cosas. Desde el momento del nacimiento de Mazda, luego Ormuz, la existencia toda quedó partida en dos, como la relación de estos hermanos que se llevaron con su destino desde la luz hasta los olores: Ormuz será la luz y el aroma en tanto Arimán será la oscuridad y el hedor.
   Estos pueblos semitas son nuestros verdaderos padres, con sus luchas terribles y escandalosas que aún perduran, con su poder para las ideas y la resistencia, con su capacidad para mirar el cielo y descubrir ese orden inconmensurable y perenne que rige nuestro rodar infinito en el espacio. Los griegos fueron a buscarlos, los pelearon cara a cara y luego se sentaron a conversar entre ellos durante cinco siglos acerca de los saberes asombrosos que se guardaban en las severas bibliotecas del cercano oriente, entre arenas de desierto y montañas de oro conquistado.
   Y los griegos, pueblo venido de la luz, cambiaron su modelo pastoril y matriarcal por el modelo heroico, guerrero y machista de estos semitas perfumados y calientes que guardaban sus mujeres en cajas lujosas para el uso o el olvido, según sus caprichos. Ulises y Edipo lo ilustran de maravillas. Antígona luchando por hacerse oír y recuperar valores esenciales de pudor y ternura, es acaso el ejemplo más ilustrativo de los discursos que se habían subsumido con el nuevo paradigma y que habían dejado de tener sentido frente al severo modelo de autoridad varonil.
   Había llegado a ese pueblo de cabeza tan abierta y tan innovadora una noción extraña: la noción de dominación. Treinta siglos han rodado sobre las aguas del Egeo que vieron aquella mañana desangrarse una niña sobre la piedra ritual para que un ejército saliera a atrapar una mujer evadida. No importa la explicación geopolítica de aquella guerra repugnante donde muchos principios fueron pisoteados para que otros se impusieran. Es mucho más rico el mito con su sentido implícito, con su simbología: un mundo, una manera de vivir y pensar sucumbió con el incendio más monumental de la historia, ese que aún hecha sus flamas sobre occidente. 
   Desde entonces, la idea oriental de la mujer objeto disfrazada con términos como pudor, decencia, honor, obediencia, respeto, impregnó el mundo occidental y llegó a América con la conquista. La mujer como segundona, el segundo sexo, el segundo cuerpo, el cerebro de menor peso. Frued, Lacan y las leyes para justificar esa segundidad.
   ¿A quién le importa esa segundidad cuando una mujer ha sido capaz de no tenerla en cuenta, de desconocerla y vivir y crecer y envejecer como persona, al margen de su propia biología o con ella y todo? Importa sí, cuando no se logra hacer oídos sordos a las tantas mujeres que levantan sus genitales como un arma mortal de oscuridad y hedor y los exhiben impúdicas dueñas del viejo poder químico y salaz que podía, y puede, doblar cervices de reyes y de reinos. O de empresarios y capitales, hoy día.
   Mujeres que se dejan exhibir en programas televisivos, en pasarelas, en las avenidas desoladas de las locas ciudades, en las redes sociales, en cualquier esquina, ofreciendo en mercancía la mera madeja de su cuerpo como el bien absoluto. Entonces, treinta siglos de yugo se afianzan y baten carcajadas cadavéricas sobre esas nalgas expuestas cuando el conductor de televisión las termina de desnudar en público, cuando el otro conductor de televisión les dice "zorra" con toda impunidad y el insulto se replica en los medios como un eco interminable, cuando el más tosco de los hombres (dicen que sutil futbolista) hace encarcelar a una muchacha por oscuros motivos insondables (tal vez).
   Esto es solo una pizca invisible de lo que pasa en el mundo con las hembras de la especie, con sus congéneres que no aprendieron a jugar un rol digno en pro de sus derechos y los de sus hijas. Esto es occidente: un modelo de convivencia donde el principio del dominio sobre el otro no ha cambiado en treinta siglos y cuando algo se modifica es solo para invertir los roles. Este es el occidente que pretende dar cátedra en aquellos lugares donde las hogueras esplenden intentando destruir un universo para instalar el del vencedor. 
   Occidente olvida que la sangre de Ifigenia nutre soterrada e inocente su destino de siglos y que la carne de Helena aun impregna con su aroma las hogueras del mundo. Occidente debería rescatar el sentido de esa sangre que todavía pulsa en su raíz ideológica por salir a la vida y no debería volver a los pies de las altas murallas de Ilión. Ilión no necesita a Occidente y toda vez que Occidente intervino Ilión ardió. Que lo digan sino Palestina e Israel con sus niños llorando de terror entre las piedras en llamas. Y que Occidente pueda desmentir que no ha tenido gran responsabilidad en el artificioso esquema creado que hoy estalla en pedazos.

http://www.rpp.com.pe/

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sábado, 19 de julio de 2014

Porque a sufrir has venido

   Buenos días, tristeza; así recibía una jovencísima burguesita su propia llegada a la adultez en la reconocida novela de Françoise Sagan. Tiene hilo para cortar y tejer esto de la tristeza y el llanto. Los que escribimos generalmente lo hacemos con mayor soltura y mejor estro cuando se trata de temas amargos. No se escribe porque se sea feliz sino para buscar al menos el gajo transparente y neblinoso que remeda el velo delicado de la milagrosa, mágica, reina Mab.
   El dolor, la pena, el sentimiento trágico de la vida, la tristeza secular del indio conquistado y subyugado, el pathos ineludible del predestinado griego, el padecimiento del mártir, la exacerbación de la culpa que pide castigo de los místicos, y tantas otras formas de padecer que el hombre ensalza en su continuo derrotero hacia la playa melancólica y sola del sufrimiento.
  Y en ese sufrir se confunden razones y motivos. Desde los pueriles dolores de la adolescencia que desgarra sus velos juveniles en melopea de llanto por el primer amor igual que por un mechón de pelo mal rizado o una prenda de vestir que acentúa el ridículo del cuerpo desarmónico y tosco; hasta el dolor desgarrador del primer muerto amado que cava en cada vida el hoyo oscuro y hosco de la finitud inevitable. Dolores tan disimiles y tan vívidos, tan humanos.
   Pero la adolescencia es una escuela para la vida. Es entendible que se ejercite en ella la sensibilidad y sus meandros, los vericuetos alocados o complejos de la existencia. Otra reflexión merece la vida con sus azares y sus certezas, si es que alguna nos da, cuando ya ella nos ha galardonado con sus diplomas más exigentes y sus medallas más broncíneas.
   Ganadores, perdedores, luchadores del phatos personal de cada uno, aprendimos que el amor tiene mil caras, que la risa puede ser una máscara cruel y tensa, que las lágrimas son muchas veces solo agua con algunas sales, que es posible medir el alcance de cada dificultad y cada derrota y que nos hemos vuelto dueños y señores de nuestras tristezas. Y descubrimos cuanto más valioso es recapitular sobre los detritos de las pérdidas y aprovechar como insumo los fracasos.
   Para algunas personas, para ciertos pueblos, la vida es una sumatoria de caídas. Habría que ver de dónde se alimenta su retahila de dificultades, su rosario de angustias, su encadenamiento de derrotas. Aunque, como creían los griegos, tal vez todo está escrito y el hombre solo lo lee a medida que vive, hace presente y existencia lo que la moira ya estableció para él. Por eso debe ser que el inundado vuelve a su tapera desolada, carcomida, arrasada por las barrosas corrientes, cuando viene la bajante. Y vuelve a criar sus gallinas, y sus perros, y sus niños, en un reinicio inescrutable de ciclo, porque la vida sigue, porque para sufrir estamos en este mundo. 
   Entonces debe tener sentido que todo un pueblo llore por una copa, que ni siquiera es copa sino apenas un ícono burdo de los sueños y pasiones de la vaciedad, mientras en el norte miles de niños, miles de hombres y mujeres con sus perros, sus caballitos y sus cabritas mustias, rescatan lo mínimo de sus mínimas existencias en pobres canoítas, por sobre el lomo marrón y enloquecido de los padres ríos que alguna venganza terrible se están cobrando.
   Y van casi solos, con las hilachas de su destino mojado y frío; porque mientras tanto sus hermanos, o al menos sus conciudadanos, andan llorando por las plazas la pena caliente y luminosa que se transmite por las pantallas del mundo.


                                                                                                        Las imágenes son de: www.TerritotioDigital.com y de: Getty Images                                                           


jueves, 26 de junio de 2014

A ella la llamaron La Hermosa

   Una lejana isla, descubierta por los portugueses para el mundo occidental, recibió el nombre de Ilha Formosa, allá por el siglo XVI. La desafortunada isla padeció lo que las bellas padecen: el deseo de conquista de todos los que la avistaron contribuyó a ser sojuzgada sucesivamente por españoles, holandeses, japoneses y chinos. Su nombre de origen seguramente figura en alguna capa de los superpuestos relatos de dominación, guerras, politiquerías, burocracias y militarizaciones que padeció. Hoy se llama Taiwán, para nosotros y aparentemente está bajo la férula de China. Su larga historia tal vez en nada se parecerá a la de otra Formosa que tenemos por aquí en las cercanías.
   En aquellos años del siglo citado subían río Paraguay arriba algunos navegantes, exploradores, conquistadores, españoles y en su codiciosa mirada hambrienta de riquezas, preñada de ansias de posesión, se recortó, distinta, verde, lujuriosa, una curva del río con su punta de tierra implosionada de verde. Estos hombres eran aventureros, impulsivos y acaso valientes, pero no tenían demasiada originalidad, así que llamaron Formosa a la punta de tierra que los tentaba con sus promesas de calladas y jugosas mujeres desnudas, con los frutos pegajosos de almíbar, aroma y tersura mojada, palpitante incitación al goce y la conquista.Y la conquistaron.
   Formosa sigue llamándose con aquel nombre repetido y copiado de otras aventuras y otros paisajes. Es hoy una provincia argentina y hace honor a su nombre. Pero es, también, el feudo de unos pocos políticos que han sido denunciados continuamente desde hace veinte años por sus interminables violaciones a los derechos humanos, por su insaciable pulsión de riquezas, por su descarada crueldad, por su inaudita impunidad, por su impúdica exhibición de poder.
   Como toda América, Formosa ha padecido la conquista a sangre, fuego y despojo. Derramamiento de sangre que no termina, fuego que nunca deja de destruir, despojo que sigue macerando miseria y degradación. Formosa es mundo aparte en este país de provincias feudales, es una zona liberada para la injusticia y la persecución de sus originarios, es camino de contrabando y narcotráfico, es una herida agusanada que nadie desea desinfestar ni desinfectar porque los intereses de los pocos sostienen las ventajas de unos cuantos y porque el modelo áfrica está enquistado en América Latina. 
   Las voces de estos indios corajudos y oscuros no se escuchan demasiado lejos. Ellos gruñen, selváticos, resistentes, explotados como el primer día de la conquista (cinco siglos igual cantan los juglares de acá) y a veces aúllan a la luna, pálida madre sufriente que solo puede suavizar el brillo repulsivo de las necrosis de la injusticia. Asesinatos y expedientes se acumulan en el monte y en los juzgados de Formosa. Reclamos y protestas son acallados y reprimidos con violencia, pero aún más con el infinito, brumoso silencio, que rodea estas duras historias así como el mar rodea a Taiwán, en las antípodas, aquella ilha formosa que le diera a esta selva el nombre de su fatalidad.  

                                        Imagen tomada de http://pocnolec.blogspot.com.ar/ 

http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/felix-diaz-y-la-comunidad-qom-de.html
http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/atentado-contra-agustin-santillan.html
http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/reclamos-represion-y-cortes-de-ruta-en.html
http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/repudio-del-serpaj.html


domingo, 1 de junio de 2014

El viento quisiera ser

   Y un día nos volvimos a enamorar. Como siempre sucede el amor llegó sin avisar, cuando menos se lo esperaba, como una flecha invisible y extraviada que sin buscar donde caer, cayó en ese lampo estéril de nuestro corazón vacío, de esta vida azorada y quieta, de este larga madrugada opaca, seca de sueños.
   Tantos amores idos, tantas caras bellas o no, jóvenes o no, reales o ficticias. Medio siglo es un largo tiempo: para quien busca o no busca. Porque aun cuando se ha tomado distancia de las crueles pasiones y su ácida quemadura, aun cuando se ha desechado el ideal de la ternura cálida de la compaña cortesana y gentil, aun cuando se haya aceptado el trueque de la sana amistad sin riesgos, aun cuando la soledad se ha convertido en nuestra hermana más comprensiva y paciente, aun con todo ello, como decía Silvina Ocampo, "siempre volvemos a enamorarnos de los seres hermosos".
   Buscábamos por esos días noticias de Federico. Sus últimas terribles horas, su último poema, su último amorío. Y así encontramos musicalizados "Los sonetos del amor oscuro". Los cantaba una voz como un manantial. Esa voz venía desde una raíz fragante, tersa y luminosa y florecía en el aire, raiz y flor al mismo tiempo. Volvía a vivir Federico, en esa voz. 
   Así que como un animal sediento que entre las zarzas huele las flores frescas que crecen más allá del espinoso muro, más allá de las piedras grises, más allá del sombrío borde de la noche y de la muerte, en el agua trasparente y musical que fluye, eternamente serena, a pesar de la cercanía con lo áspero y lo cruel y lo innominado, como un animalito solitario perseguimos la estela sedosa de esa voz y llegamos a la orilla florecida, al manantial absoluto.
   Y muchos días vivimos en esa suave pendiente donde sobre doradas o azules piedras pasaba, diciendo lo nunca oído, aquella agua luminosa. Tal vez los que imaginaron el paraíso atisbaron una voz así y un inagotable y delicado encaje de palabras enredadas, engarzadas, entretejidas entre las notas de una guitarra o bajo la filigrana de la música de un piano, de un violín. 
   Así como los marineros atrapados por la magia de sus gargantas se dejaban arrastrar por las sirenas a ocultas, inaccesible y mortales playas, así nos dejamos llevar a ese universo en el que siempre había un pétalo blanco flotando sobre un centrífugo expandir de ondas mojadas y murmurantes. Un universo dentro del cual la poesía se impregnaba de dimensiones líricas inesperadas, donde el dolor y la ansiedad de la vida no eran tan terribles como era de amable la nostalgia por la belleza indecible, vívida, esplendorosa de esas canciones.
   Con él conocimos a otras gentes, algún su amigo, alguna de sus damas. Tuvimos que aceptar que habíamos llegado a ese territorio demasiado tarde para reclamar exclusividad. Teníamos sin embargo para compartir la poesía sangrienta y florecida de Federico y aceptamos el almibarado romanticismo localista de Rosalía, su gran amor. Es decir, lo aceptamos también con algún detalle menor que no nos hacía tan felices. Su origen galaico era parte de su encanto, le daba ese tinte delicado de juglar, la tonalidad ambarina en la voz, la quietud pícara de los ojos, la gracia de las manos.
   A veces volvemos a él por las sendas secretas de las redes sociales y lo espiamos un poquito, para saber dónde anda, que canciones nuevas ha soltado a los vientos. Y recuperamos aquel deslumbramiento. El mismo que nos desgarrara el corazón cuando nos cantara una fría madrugada con su voz de filomena y amapolas: 
                         Tengo en el pecho una jaula, 
                     en la jaula dentro un pájaro, 
                     el pájaro lleva dentro del pecho 
                     un niño cantando 
                     en una jaula 
                     lo que yo canto. 

   Y nos enamoramos un ratito otra vez, el tiempo suficiente para decirle cuán magnífico es su canto, su canto maravilloso señor Amancio Prada, usted que lleva en el pecho una jaula con nuestro mínimo y silencioso corazón. Eso que Usted cree que es un pájaro.