” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

jueves, 26 de junio de 2014

A ella la llamaron La Hermosa

   Una lejana isla, descubierta por los portugueses para el mundo occidental, recibió el nombre de Ilha Formosa, allá por el siglo XVI. La desafortunada isla padeció lo que las bellas padecen: el deseo de conquista de todos los que la avistaron contribuyó a ser sojuzgada sucesivamente por españoles, holandeses, japoneses y chinos. Su nombre de origen seguramente figura en alguna capa de los superpuestos relatos de dominación, guerras, politiquerías, burocracias y militarizaciones que padeció. Hoy se llama Taiwán, para nosotros y aparentemente está bajo la férula de China. Su larga historia tal vez en nada se parecerá a la de otra Formosa que tenemos por aquí en las cercanías.
   En aquellos años del siglo citado subían río Paraguay arriba algunos navegantes, exploradores, conquistadores, españoles y en su codiciosa mirada hambrienta de riquezas, preñada de ansias de posesión, se recortó, distinta, verde, lujuriosa, una curva del río con su punta de tierra implosionada de verde. Estos hombres eran aventureros, impulsivos y acaso valientes, pero no tenían demasiada originalidad, así que llamaron Formosa a la punta de tierra que los tentaba con sus promesas de calladas y jugosas mujeres desnudas, con los frutos pegajosos de almíbar, aroma y tersura mojada, palpitante incitación al goce y la conquista.Y la conquistaron.
   Formosa sigue llamándose con aquel nombre repetido y copiado de otras aventuras y otros paisajes. Es hoy una provincia argentina y hace honor a su nombre. Pero es, también, el feudo de unos pocos políticos que han sido denunciados continuamente desde hace veinte años por sus interminables violaciones a los derechos humanos, por su insaciable pulsión de riquezas, por su descarada crueldad, por su inaudita impunidad, por su impúdica exhibición de poder.
   Como toda América, Formosa ha padecido la conquista a sangre, fuego y despojo. Derramamiento de sangre que no termina, fuego que nunca deja de destruir, despojo que sigue macerando miseria y degradación. Formosa es mundo aparte en este país de provincias feudales, es una zona liberada para la injusticia y la persecución de sus originarios, es camino de contrabando y narcotráfico, es una herida agusanada que nadie desea desinfestar ni desinfectar porque los intereses de los pocos sostienen las ventajas de unos cuantos y porque el modelo áfrica está enquistado en América Latina. 
   Las voces de estos indios corajudos y oscuros no se escuchan demasiado lejos. Ellos gruñen, selváticos, resistentes, explotados como el primer día de la conquista (cinco siglos igual cantan los juglares de acá) y a veces aúllan a la luna, pálida madre sufriente que solo puede suavizar el brillo repulsivo de las necrosis de la injusticia. Asesinatos y expedientes se acumulan en el monte y en los juzgados de Formosa. Reclamos y protestas son acallados y reprimidos con violencia, pero aún más con el infinito, brumoso silencio, que rodea estas duras historias así como el mar rodea a Taiwán, en las antípodas, aquella ilha formosa que le diera a esta selva el nombre de su fatalidad.  

                                        Imagen tomada de http://pocnolec.blogspot.com.ar/ 

http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/felix-diaz-y-la-comunidad-qom-de.html
http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/atentado-contra-agustin-santillan.html
http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/reclamos-represion-y-cortes-de-ruta-en.html
http://pocnolec.blogspot.com.ar/2014/06/repudio-del-serpaj.html


domingo, 1 de junio de 2014

El viento quisiera ser

   Y un día nos volvimos a enamorar. Como siempre sucede el amor llegó sin avisar, cuando menos se lo esperaba, como una flecha invisible y extraviada que sin buscar donde caer, cayó en ese lampo estéril de nuestro corazón vacío, de esta vida azorada y quieta, de este larga madrugada opaca, seca de sueños.
   Tantos amores idos, tantas caras bellas o no, jóvenes o no, reales o ficticias. Medio siglo es un largo tiempo: para quien busca o no busca. Porque aun cuando se ha tomado distancia de las crueles pasiones y su ácida quemadura, aun cuando se ha desechado el ideal de la ternura cálida de la compaña cortesana y gentil, aun cuando se haya aceptado el trueque de la sana amistad sin riesgos, aun cuando la soledad se ha convertido en nuestra hermana más comprensiva y paciente, aun con todo ello, como decía Silvina Ocampo, "siempre volvemos a enamorarnos de los seres hermosos".
   Buscábamos por esos días noticias de Federico. Sus últimas terribles horas, su último poema, su último amorío. Y así encontramos musicalizados "Los sonetos del amor oscuro". Los cantaba una voz como un manantial. Esa voz venía desde una raíz fragante, tersa y luminosa y florecía en el aire, raiz y flor al mismo tiempo. Volvía a vivir Federico, en esa voz. 
   Así que como un animal sediento que entre las zarzas huele las flores frescas que crecen más allá del espinoso muro, más allá de las piedras grises, más allá del sombrío borde de la noche y de la muerte, en el agua trasparente y musical que fluye, eternamente serena, a pesar de la cercanía con lo áspero y lo cruel y lo innominado, como un animalito solitario perseguimos la estela sedosa de esa voz y llegamos a la orilla florecida, al manantial absoluto.
   Y muchos días vivimos en esa suave pendiente donde sobre doradas o azules piedras pasaba, diciendo lo nunca oído, aquella agua luminosa. Tal vez los que imaginaron el paraíso atisbaron una voz así y un inagotable y delicado encaje de palabras enredadas, engarzadas, entretejidas entre las notas de una guitarra o bajo la filigrana de la música de un piano, de un violín. 
   Así como los marineros atrapados por la magia de sus gargantas se dejaban arrastrar por las sirenas a ocultas, inaccesible y mortales playas, así nos dejamos llevar a ese universo en el que siempre había un pétalo blanco flotando sobre un centrífugo expandir de ondas mojadas y murmurantes. Un universo dentro del cual la poesía se impregnaba de dimensiones líricas inesperadas, donde el dolor y la ansiedad de la vida no eran tan terribles como era de amable la nostalgia por la belleza indecible, vívida, esplendorosa de esas canciones.
   Con él conocimos a otras gentes, algún su amigo, alguna de sus damas. Tuvimos que aceptar que habíamos llegado a ese territorio demasiado tarde para reclamar exclusividad. Teníamos sin embargo para compartir la poesía sangrienta y florecida de Federico y aceptamos el almibarado romanticismo localista de Rosalía, su gran amor. Es decir, lo aceptamos también con algún detalle menor que no nos hacía tan felices. Su origen galaico era parte de su encanto, le daba ese tinte delicado de juglar, la tonalidad ambarina en la voz, la quietud pícara de los ojos, la gracia de las manos.
   A veces volvemos a él por las sendas secretas de las redes sociales y lo espiamos un poquito, para saber dónde anda, que canciones nuevas ha soltado a los vientos. Y recuperamos aquel deslumbramiento. El mismo que nos desgarrara el corazón cuando nos cantara una fría madrugada con su voz de filomena y amapolas: 
                         Tengo en el pecho una jaula, 
                     en la jaula dentro un pájaro, 
                     el pájaro lleva dentro del pecho 
                     un niño cantando 
                     en una jaula 
                     lo que yo canto. 

   Y nos enamoramos un ratito otra vez, el tiempo suficiente para decirle cuán magnífico es su canto, su canto maravilloso señor Amancio Prada, usted que lleva en el pecho una jaula con nuestro mínimo y silencioso corazón. Eso que Usted cree que es un pájaro.




sábado, 24 de mayo de 2014

¡Feliz cumpleaños Villa Ángela! 
Te dejo esta mirada sobre un lugar de mis lejanos años. No importa si nadie lo reconoce, estas son cuestiones entre vos y yo.

Foto de Emanuel F. V. G.  La Avenida del trabajo en su triplicación: la derecha va al cementerio hebreo, la diagonal va a La Suiza, la izquierda al portón principal de las represas de la fábrica de tanino. En el centro de la imagen la quinta de don Alfonso Castillo.

domingo, 18 de mayo de 2014

 Cambiar de vida... cambiar el mundo


   Cuentan que un día de sus días Paul Gauguin se marchó lejos a pintar cuadros. Después de vivir una acomodada existencia el agente de cambio eligió un estilo de vida marcado por la bohemia del arte y la pobreza. Esa parece ser la historia. El hombre cambió de vida: hoy un señor de traje, que fuma puros y porta un maletín lleno de documentos que representan una montaña de dinero, mañana un gañán despeinado y piojoso cuyos manchones de luz y de color dejan bizcos a los marchantes de arte. ¿Habrá sido tan así?
   Picados de curiosidad leemos versiones de la biografía (breves) de este hombre que fuera amigo de Van Gogh y que vivió vidas diferentes en diferentes épocas. Y ahí está el equívoco y la simplificación. El pobre de Paul se hizo hilachas luchando contra la fuerza de la marea de un modelo de vida que tenía parámetros y andariveles preestablecidos, seguros y casi inamovibles. Había nacido con su circunstancia y él decidió cambiarla. En el desgastante camino dejó todo, en primer lugar la seguridad de un estilo de vida ya configurado desde antes él nacer. Y con ello el resguardo de una familia, hijos y nietos para los cuales sería el paters familii, una vejez de las llamadas honorable y una muerte anónima, serena y rodeada de consuelo.
   Dejar aquello no fue fácil, ni fue de un día para otro. Es patente que intentó conciliar el rugido de sus impulsos artísticos con la vida burguesa pero que no lo logró. Incluso después de iniciar su quehacer pictórico algún pariente le consiguió trabajo en América y regresó varias veces a Europa y según se desprende de su correspondencia siguió en contacto con la madre de sus hijos. El cambio de destino fue más que nada para Gauguin un esfuerzo de autodestrucción y una inmersión en un universo que le era totalmente desconocido y para el cual no tenía herramientas emocionales ni simbólicas que le facilitaran la inserción.
   Sus sinnúmeras dificultades no lo hicieron regresar al antiguo estilo de vida y compensó la experiencia extrema de desamparo, pobreza y enfermedad con una obra maravillosa, que nos golpea aún hoy con la fuerza de su pulsión de vida, con la mansedumbre y desnudez de lo primitivo, con el fragor de lo salvaje. Porque con su pintura, Gauguin construyó un nuevo universo simbólico con el cual no solo reemplazó el de su clase de origen sino que sobre todo superó las limitaciones del sistema de creencias y valores de la burguesía capitalista de su tiempo. Y lo hizo solo, apenas acompañado por la empatía de algún marchante, que no habrá dejado de aprovecharse de su talento, y la identificación en sueños comunes que compartió con gente tan difícil y compleja como su amigo Vincent Van Gogh. 
   En el cambio, que no fue sencillo ni inmediato, Paul Gauguin se fue quitando pieles y quedando en carne viva, hasta llegar a ser solo el meollo dolorido de un hombre. Pero seguramente, si le hubiera sido dada una segunda oportunidad, lo habría vuelto a hacer igual. Eligió ser otro, y lo fue; hacer otra cosa, y lo hizo.
   Seguramente pocos pueden hacerlo. Cambiar de vida, marcharse, cerrar la puerta, quemar las naves, nunca mirar atrás: ¿cuántos hombres lo consiguen? Muy pocos. ¿Cuántos pueblos lo logran? Todavía menos. Y menos aún si no hay entre sus hombres alguno, o algunos, que se propongan esas miras y luchen por ellas con bondad, desinterés y vocación trascendente.
   Es evidentemente, demasiado difícil cambiar, volverse otro, alguien desnudo y potente, alguien capaz de desgarrarse de pies a cabeza para nacer de nuevo y hacer con lo que hicieron con uno un nuevo alguien. Y nos preguntamos, azorados, asqueados y solos frente a la multitud de las estrellas, cuándo lo hará, o lo intentará, el hombre como tal. No un hombre. El hombre total. No un Paul, tenaz y desprendido hasta de sí mismo, sino el colectivo infinito de negras criaturas atosigadas de miedo, de egoísmo, de crueldad, de conservadurismo y conformismo.
   Porque un día Paul se tomó en serio su sueño, el secreto sueño que nos corroe por las noches, oculto, soterrado, inexpresado. Después vino la vida de verdad. Esa de la que no sabemos si mañana tendrá sobre la mesa la hogaza de pan fresco.O tal vez ni siquiera tenga mesa con sus cuatro patas firmes de seguridad. 
  Y caminamos las ciudades profusas de colores inventados, de humo y de ruido y nos miran tristes y agobiados los caballos entre dos rígidas, inevitables varas, y nos  miran los niños del cartonero, morenos y calientes bocados de cañón. Y no nos mira el padre cartonero que se trepa a una alta y brillante motocicleta y se aleja  a marcar otro punto de recolección mientras los niños alzan el recio látigo y lo bajan severos, apurados, sobre el anca un poco angulosa del caballito escueto con sus cuatro patas móviles, temblorosas de esfuerzo. 
   Paul Gauguin llegó a Atuona, en las Islas Marquesas, y creyó estar en el Paraíso Terrenal. Pronto descubrió que los hombres blancos habían conquistado también ese lugar del mundo y que estaban imponiendo allí la base del modelo burgués capitalista de su cultura: la explotación esclavizante que aporta riquezas a unos pocos. El mundo aquel que hacía mucho había creído dejar atrás. Tal vez en esos dos últimos años intentó entender las razones que hacen que un hombre pueda cambiar y ser dueño de su destino y que, sin embargo, no permite que los hombres cambien y dejen el destino de los hombres en manos de los hombres. Tal vez para no pensar lo impensable se dedicó a realizar esculturas. Algo nuevo para él que era especialista en cambiar de rumbo. 
   El caballito de los cartoneros dobla la esquina cabizbajo y menudo. Los niños del cartonero siguen el rastro brilloso de la motocicleta de su padre. También brillan los negros, redondos ojos infantiles, asomados a los sueños pueriles y  preocupantes de los niños pobres del mundo.        
   Paul Gaugin murió el 9 de mayo de 1903, en Atuona, Islas Marquesas, después de cambiar varias veces de vida sin, naturalmente, haber logrado cambiar el  mundo. Dejó cuadros asombrosamente coloridos, en los que explota hacia los ojos que los miran la potencia de un alma que se animó a encontrarse a sí misma.


                                    ¿De dónde venimos? ¿Quienes somos? ¿Adónde vamos? 1897


sábado, 26 de abril de 2014

Adelina y la casa de la calle Pasteur   

   Esa calle debe ser Pasteur. Al 150. Más o menos. La cuadra empezaba con Guidini, el encuadernador. También supo estar allí la imprenta de Ojeda, el padre de Pocitos, galancito de nuestro séptimo grado. Eran todas casas de principio de siglo XX, de cuando Villa Ángela comenzaba a convertirse en ciudad. Casas estilo Belle Epóque, altas, con puertas y ventanas con ventiluz sobre el dintel y de doble hoja. Era una cuadra con mucho estilo. En una de esas casas vivía la abuela de Adelina Diez. 
   Adelina era la chica más hermosa de la 389. En nuestros recuerdos hay una estampa imborrable con la imagen de Adelina vestida con vestido de puntillas y una mantilla a la española sobre un alto peinetón. Debe haber sido para el veinticinco de mayo, cuando se caracteriza a las niñas lindas de dama antigua; y a las feitas de negrita vendedora de pasteles, con la cara tiznada de corcho quemado y un pañuelo de lunares en la cabeza.
   El acto estaría por empezar y en el salón del museo escolar se disfrazaba a los niños que tomaban parte. Eramos del turno tarde, así que no participábamos demasiado. Los chicos de la mañana eran el epítome de perfección en un barrio de clase media baja y de segmentos populares pobres y muy pobres. Así que nosotros espiábamos todo aquello que nunca nos tocaría en suerte. Por eso nos asomamos a la puerta entreabierta del museo y ¡oh maravilla! Todos los espiones suspiramos deslumbrados ante la belleza de Adelina envuelta en un puñado de blancura impoluta: ¡Qué linda!
   Adelina tenía además una abuela que vivía en una de las cuadras más interesantes de la villa. Esas casas eran la memoria en ladrillos de la ciudad. A esa altura, sobre los escombros de las preciosas casas del pasado, están construyendo un enorme edificio de cemento y zing. Tiene una rara forma que podría compararse con un barco, una especie de proa, combada y puntiaguda, toda de chapa. Su color acerado agrede la vista y seguramente la resolana del verano, con tanta chapa refractando la luz y el calor, desde ahora en más va a ser intolerable a su alrededor.
   Cuando descubrimos este monstruo engendrado por el progreso, evaluamos los posibles beneficios de su fealdad, la evidente ausencia de sustentabilidad y conciencia ecológica del arquitecto diseñador, la inútil destrucción de casas hermosas que aún estaban en buen estado y servían para albergar personas y la posibilidad de poner un edificio tan feo un poco más lejos del centro. Como no hay manera de rescatar las casas demolidas y de aventar el desagradable cascarón de zing, nos alejamos de allí a buen paso.
   Y recordamos aquella tarde en que compartimos con la linda Adelina y nuestra querida Tere una siesta de cine. Vimos "Quiero abrazarme a tus pies", de Sandro. El cine quedaba ahí a la vuelta. Y en aquellos años también había un cine en 25 de mayo e Irigoyen . Todavía está el edificio, con relieves hechos en cemento por las manos de aquellos albañiles que ya los hubiera querido tener de ayudantes el mismísimo Miguel Ángel. Y todavía dice CINE CERVANTES, en el frontispicio. Han estropeado sus puertas y sus ventanas con vidrieras que exhiben, como en todas partes el envilecido esplendor del consumo. Sin embargo la gallardía y la distinción del edificio se impone sobre la irrespetuosidad de los retoques.
   Esta vez nos vamos caminando despacito, pensando que Villa Ángela se está convirtiendo en una señora anciana que no se resigna a envejecer y que, por lo mismo, renuncia a la digna belleza de sus arrugas por el tramposo consuelo de los retoques del cirujano. 
   Mientras sus habitantes le desgarran el poético corazón de paloma silvestre con el estrépito de las motocicletas, le azotan la tibia piel de yegua mansa con el seco látigo de los carreritos cartoneros, le adornan las noches ensordecidas con relumbrones de lentejuelas, mientras se distrae, Villa Ángela cambia, se despelecha como una oruga que fuera fresca y libre para convertirse en la mariposa tecnicolor de su delirio.
   Por suerte, aunque la dulce Adelina ya tomará en otras calles la curva de la vejez, en la villa las niñas lindas siguen despabilándonos el alma con la rosa impoluta de su hermosura.

                                                                                      Imagen tomada de la web.

domingo, 13 de abril de 2014

Los gatos de Memphis No

   Ciudad de las estatuas, hora cero de un sábado de abril, voz impostada de locutora nocturna en una radio "f.m.", programa new age, entrevistas edulcoradas, relatos privados, intimidad al estilo siglo XXI, es decir, mediática. Los entrevistados son jóvenes de este siglo a los que se les propone hablar del amor. Pudorosos y expuestos ellos escabullen la encrucijada sin desnudarse del todo. Pero siempre algo se filtra.
   La muchachita señala como a su gran amor al padre muerto. La ausencia, la orfandad, sobrevuelan la vocecita clara y delicada como la aureola de un ángel. Difícil para la locutora escarbar en esa herida de rosada y siempre fresca carne de pena que cubre la perenne presencia de un padre muerto, de un padre eternizado por lo inescrutable.
   Entonces la pregunta se orienta a los desparpajos políticamente incorrectos de Memphis No. Personaje popular del face book, atrincherado en una adolescencia feroz de cara a los ataques de la inevitable adultez, su voz de niño empalagado explica, en principio un poco cohibido y luego explícito y franco, que su gran amor son los gatos. No los gatos de la noche, esos que andan sobre tacos chispeantes de lentejuela y se adornan con sonrisas maquilladas de oferta. No los gatos de los que hablaba Quevedo, cuidadores de dinero. No los gatos de levantar cargas ni los gatos que brillan en las rutas para visibilizar ciclistas o motoqueros. Memphis ama los gatos  //gato doméstico (Felis silvestris catus)//.
   La locutora pierde el engolamiento de la voz por la sorpresa. ¿Será Menphis un fetichista, un nuevo sexo, un exótico sexópata? Si así fuera, ¡qué sabroso reportaje se viene! El muchachito cuenta entonces que creció con una madre "muuuyyy trabajadora" y que no tuvo padre. Dice que el amor a los gatos lo acompañó, dice específicamente "ahí estaban los gatos". Y relata episodios de esa infancia acompañada de gatos, con anécdotas de gatos, con nombres de gatos, con amor de gatos.
   Cuando los jóvenes se despiden, alegres y un poco tensos por la noche de estrellato radial, nos quedamos pensando que ha sido esta una historia de huérfanos. Una historia cosmopolita y corriente en la que la soledad y sus uñas de lana húmeda han marcado improntas en los destinos de los que serán los hombres y mujeres del siglo XXI. Niños y niñas criados por mujeres solas, ocupadas, apresuradas, esforzadas y austeras. Austeras a la hora del almuerzo, austeras en el vestir y en el disfrute, austeras en la pasión sensual, austeras en la tristezas, austeras en el amor y la caricia. Niños que en las noches frías, mientras la madre tomaba el ómnibus para ir a trabajar o a rendir un examen, se abrazaban a lo único cálido que tenían consigo: cuerpos tiernos de gatos.
   Tan lejos pareciera haber llegado la especie y sin embargo siguen sus cachorros abrazados a la cálida piel de la bestia venida de la selva o de las piedras o de la nieve del atemorizante exterior para abrigarlos en lo profundo de la cueva, como en el neolítico lo hiciera el lobezno perdido, rescatado por el cazador.
   La orgullosa especie del homo volviendo al círculo inicial de la vida, al contacto estrecho y amoroso con la sangre de los inocentes que fueran arrancados de la naturaleza y su primitiva justicia y traidos aquí, entre los cachorros humanos para arroparlos y salvarlos, para dar la cuota de ternura que las madres humanas no tuvieron disponible, que los padres humanos no supieron que hace falta.
   El amor a los animales está considerado un signo de evolución moral. Nuestro tiempo vive un auge del rescate de mascotas abandonadas y perdidas, una era de ideología verde, una moda de salvataje, al menos en los discursos, de especies animales y vegetales. Sin embargo, sería bueno revisar si esta actitud hacia los seres vivos que nos acompañan en nuestro paso por este mundo no es más que el deseo de progresar hacia la bondad, una búsqueda profunda de consuelo, compañía y abrigo ante el hondo desamparo de nuestra especie.
   Si así fuera, no es nuestro tiempo el que ha descubierto en el gato o el perro lo que no pudo encontrar en los hombres. Cuenta Diógenes Laercio que Diógenes de Sinope decía amar más a su perro cuanto más conocía a los hombres, dicho que parecería haber sido comprobado en carne propia por Lord Byron, ya que lo citaba a menudo. Hemos visto a los perros sonreir  y a los gatos arquear el lomo en afectuosa entrega ante la llegada del amo. Es evidente que son capaces de ofrecer amor. El primitivo y elemental amor del estrecho contacto, caliente y seguro como la vida. Memphis No lo puede asegurar.

                                                            OgyOnix, la gata de Memphis No


viernes, 4 de abril de 2014

¿Te acordás, Gabriel García?

   En ese edificio ahora está el museo. Pero hace cuarenta años atrás allí estaba el correo. Y en la vereda, donde antes había un quiosco de chapa, de aquellos plegables, hoy hay una locomotora antigua, también de hierro. En aquel quiosco pobre, con revistas ajadas de segunda, tercera, incontables manos, tuvimos nuestra primera cita. No, nuestro primer encuentro, con amor a primera vista. 
   Teníamos unas pocas  monedas. A esa edad, al borde de la infancia que demoraba en irse, otra muchachita habría comprado chicles bazooca o una revista de fotonovelas con Franco Gasparri. Pero en nuestro caso buscábamos libros. Y encontramos uno que era el único que podíamos pagar. Estaba muy barato porque había atravesado alguna lluvia y sus hojas estaban onduladas, deslucidas.    Las tapas eran rosadas, de un rosa que se había vuelto pálido por la mojadura y el título era largo, muy largo, y para colmo, doble. Lo llevamos acuaciados por el deseo siempre insatisfecho de leer. Ya conseguiríamos las de Franco Gasparri. Todas las chicas las leían y circulaban entre nosotras como hoy esa amiga de hojitas a la que en clave llaman maría.
   En la otra esquina, donde ahora está el Club de Pesca y entonces había una vivienda colectiva de estudiantes, vivían unas rubias despampanantes que eran de Coronel Du Graty. En el alto veredón de ladrillos suspendimos el pedal de la bicicleta y le echamos la primera ojeada: era una edición de Sudamericana, tenía un prólogo de Luis Hars y traía dos novelas cortas. Luis Hars hablaba de un escritor colombiano y, la verdad sea dicha, aunque leímos varias veces ese prólogo no sabríamos decir ahora si gracias a él comenzábamos a conocer a aquel morocho risueño y bigotudo, o si solo recordamos la aluvial sensación de deslumbramiento, el aleteo chisporroteado que anunciaba el nacimiento de un gran amor.
   Y el amor fue total. Nos enamoramos de esos personajes siempre vacilantes en la cuerda floja que pulsa sobre los ciegos precipicios de la tragedia, de ese mundo de sombras y miseria, donde la soledad late como un forúnculo caliente a punto siempre de estallar en desahogo de desgracia, de asco y de dolor, ese mundo de lujos apolillados, ese mundo decadente, machista, fantástico y exótico donde una muchacha podía llamarse Eréndira y ofrecer las hilachas de su cuerpo en oferta al último hombrecito de la tierra solo por amor y donde una vieja esposa, enferma y piojosa, aceptaba agonizar de hambre pero no dejaba de acompañar a su hombre hasta el extremo de la desolación.
   Un día llegamos a la universidad y compartimos nuestras lecturas con un novio eventual. El nos acercó "El Castillo" de Franz Kafka. Y se llevó a cambio el librito de tapas color rosa. Aquel romance de estudiantes terminó más temprano que tarde y los pobres libros se quedaron con las vidas cruzadas. Todavía en nuestros anaqueles está el libro de Kafka. No sabemos qué fue de aquel otro, ojalá lo hayan tratado bien.
   Añoramos largamente aquel pequeño libro donde leímos por primera vez La increíble y triste historia de la cándida  Eréndira y de su abuela desalmada, que era acaso la fábula de la hedionda, pegajosa explotación de América Latina, pero que nosotros leíamos como un cuento de hadas, hadas bizarras y caídas, pero hadas al fin. Accedimos también al, ya entonces, unánimemente aplaudido El coronel no tiene quien le escriba, relato de ignominia y resistencia que nos llevó mucho tiempo entender.
  Alguna tarde, ya en Resistencia, con penas de amor por el novio y el libro escamoteado, encontramos Cien años de soledad. Se nos desgarraba el pecho de felicidad con esas frases engoladas y al mismo tiempo transparentes que ojalá hubiéramos podido escribir nosotros. El amor era cada día más grande.
   Veinte años después, en un quiosco de un pueblo perdido en el viento norte y el polvo del Chaco adentro encontramos El amor en los tiempos del cólera. Y aquella siesta horrible, acezante de calor, mientras esperamos tres horas el colectivo destartalado que nos devolvía al hogar, después de un día de inútil y esforzado trabajo docente, renovamos los votos con el galán colombiano.
   Y no hace tanto leímos, otra vez asombrados, Del amor y otros demonios. No citamos los demás. Él hizo que América Latina fuera apreciada y respetada. Él nos dio un regalo invaluable: creó nuestras señas de identidad, enjuagó nuestra ignominia con el agua bautismal de su lenguaje lleno de poesía. 
   Ahora viene la dama con sus huesos batientes, fosforescentes. Anda extendiendo dedos dubitativos y temblorosos y aparta hojas de bananeros y de palmas, frescas hojas salpicadas de rocío. Y de lágrimas nuestras. Estamos llorando por Gabriel, el llamado García, de los Márquez. Aquel que conocimos una siesta, en la esquina del correo viejo, donde ahora está el museo, cuando teníamos catorce y no sabíamos nada de eso que llaman literatura. Y fue amor a primera vista... para siempre.

                                   Las imágenes han sido tomadas de https://www.villaangela-chaco.com   (a quienes agradecemos)