” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

domingo, 13 de abril de 2014

Los gatos de Memphis No

   Ciudad de las estatuas, hora cero de un sábado de abril, voz impostada de locutora nocturna en una radio "f.m.", programa new age, entrevistas edulcoradas, relatos privados, intimidad al estilo siglo XXI, es decir, mediática. Los entrevistados son jóvenes de este siglo a los que se les propone hablar del amor. Pudorosos y expuestos ellos escabullen la encrucijada sin desnudarse del todo. Pero siempre algo se filtra.
   La muchachita señala como a su gran amor al padre muerto. La ausencia, la orfandad, sobrevuelan la vocecita clara y delicada como la aureola de un ángel. Difícil para la locutora escarbar en esa herida de rosada y siempre fresca carne de pena que cubre la perenne presencia de un padre muerto, de un padre eternizado por lo inescrutable.
   Entonces la pregunta se orienta a los desparpajos políticamente incorrectos de Memphis No. Personaje popular del face book, atrincherado en una adolescencia feroz de cara a los ataques de la inevitable adultez, su voz de niño empalagado explica, en principio un poco cohibido y luego explícito y franco, que su gran amor son los gatos. No los gatos de la noche, esos que andan sobre tacos chispeantes de lentejuela y se adornan con sonrisas maquilladas de oferta. No los gatos de los que hablaba Quevedo, cuidadores de dinero. No los gatos de levantar cargas ni los gatos que brillan en las rutas para visibilizar ciclistas o motoqueros. Memphis ama los gatos  //gato doméstico (Felis silvestris catus)//.
   La locutora pierde el engolamiento de la voz por la sorpresa. ¿Será Menphis un fetichista, un nuevo sexo, un exótico sexópata? Si así fuera, ¡qué sabroso reportaje se viene! El muchachito cuenta entonces que creció con una madre "muuuyyy trabajadora" y que no tuvo padre. Dice que el amor a los gatos lo acompañó, dice específicamente "ahí estaban los gatos". Y relata episodios de esa infancia acompañada de gatos, con anécdotas de gatos, con nombres de gatos, con amor de gatos.
   Cuando los jóvenes se despiden, alegres y un poco tensos por la noche de estrellato radial, nos quedamos pensando que ha sido esta una historia de huérfanos. Una historia cosmopolita y corriente en la que la soledad y sus uñas de lana húmeda han marcado improntas en los destinos de los que serán los hombres y mujeres del siglo XXI. Niños y niñas criados por mujeres solas, ocupadas, apresuradas, esforzadas y austeras. Austeras a la hora del almuerzo, austeras en el vestir y en el disfrute, austeras en la pasión sensual, austeras en la tristezas, austeras en el amor y la caricia. Niños que en las noches frías, mientras la madre tomaba el ómnibus para ir a trabajar o a rendir un examen, se abrazaban a lo único cálido que tenían consigo: cuerpos tiernos de gatos.
   Tan lejos pareciera haber llegado la especie y sin embargo siguen sus cachorros abrazados a la cálida piel de la bestia venida de la selva o de las piedras o de la nieve del atemorizante exterior para abrigarlos en lo profundo de la cueva, como en el neolítico lo hiciera el lobezno perdido, rescatado por el cazador.
   La orgullosa especie del homo volviendo al círculo inicial de la vida, al contacto estrecho y amoroso con la sangre de los inocentes que fueran arrancados de la naturaleza y su primitiva justicia y traidos aquí, entre los cachorros humanos para arroparlos y salvarlos, para dar la cuota de ternura que las madres humanas no tuvieron disponible, que los padres humanos no supieron que hace falta.
   El amor a los animales está considerado un signo de evolución moral. Nuestro tiempo vive un auge del rescate de mascotas abandonadas y perdidas, una era de ideología verde, una moda de salvataje, al menos en los discursos, de especies animales y vegetales. Sin embargo, sería bueno revisar si esta actitud hacia los seres vivos que nos acompañan en nuestro paso por este mundo no es más que el deseo de progresar hacia la bondad, una búsqueda profunda de consuelo, compañía y abrigo ante el hondo desamparo de nuestra especie.
   Si así fuera, no es nuestro tiempo el que ha descubierto en el gato o el perro lo que no pudo encontrar en los hombres. Cuenta Diógenes Laercio que Diógenes de Sinope decía amar más a su perro cuanto más conocía a los hombres, dicho que parecería haber sido comprobado en carne propia por Lord Byron, ya que lo citaba a menudo. Hemos visto a los perros sonreir  y a los gatos arquear el lomo en afectuosa entrega ante la llegada del amo. Es evidente que son capaces de ofrecer amor. El primitivo y elemental amor del estrecho contacto, caliente y seguro como la vida. Memphis No lo puede asegurar.

                                                            OgyOnix, la gata de Memphis No


viernes, 4 de abril de 2014

¿Te acordás, Gabriel García?

   En ese edificio ahora está el museo. Pero hace cuarenta años atrás allí estaba el correo. Y en la vereda, donde antes había un quiosco de chapa, de aquellos plegables, hoy hay una locomotora antigua, también de hierro. En aquel quiosco pobre, con revistas ajadas de segunda, tercera, incontables manos, tuvimos nuestra primera cita. No, nuestro primer encuentro, con amor a primera vista. 
   Teníamos unas pocas  monedas. A esa edad, al borde de la infancia que demoraba en irse, otra muchachita habría comprado chicles bazooca o una revista de fotonovelas con Franco Gasparri. Pero en nuestro caso buscábamos libros. Y encontramos uno que era el único que podíamos pagar. Estaba muy barato porque había atravesado alguna lluvia y sus hojas estaban onduladas, deslucidas.    Las tapas eran rosadas, de un rosa que se había vuelto pálido por la mojadura y el título era largo, muy largo, y para colmo, doble. Lo llevamos acuaciados por el deseo siempre insatisfecho de leer. Ya conseguiríamos las de Franco Gasparri. Todas las chicas las leían y circulaban entre nosotras como hoy esa amiga de hojitas a la que en clave llaman maría.
   En la otra esquina, donde ahora está el Club de Pesca y entonces había una vivienda colectiva de estudiantes, vivían unas rubias despampanantes que eran de Coronel Du Graty. En el alto veredón de ladrillos suspendimos el pedal de la bicicleta y le echamos la primera ojeada: era una edición de Sudamericana, tenía un prólogo de Luis Hars y traía dos novelas cortas. Luis Hars hablaba de un escritor colombiano y, la verdad sea dicha, aunque leímos varias veces ese prólogo no sabríamos decir ahora si gracias a él comenzábamos a conocer a aquel morocho risueño y bigotudo, o si solo recordamos la aluvial sensación de deslumbramiento, el aleteo chisporroteado que anunciaba el nacimiento de un gran amor.
   Y el amor fue total. Nos enamoramos de esos personajes siempre vacilantes en la cuerda floja que pulsa sobre los ciegos precipicios de la tragedia, de ese mundo de sombras y miseria, donde la soledad late como un forúnculo caliente a punto siempre de estallar en desahogo de desgracia, de asco y de dolor, ese mundo de lujos apolillados, ese mundo decadente, machista, fantástico y exótico donde una muchacha podía llamarse Eréndira y ofrecer las hilachas de su cuerpo en oferta al último hombrecito de la tierra solo por amor y donde una vieja esposa, enferma y piojosa, aceptaba agonizar de hambre pero no dejaba de acompañar a su hombre hasta el extremo de la desolación.
   Un día llegamos a la universidad y compartimos nuestras lecturas con un novio eventual. El nos acercó "El Castillo" de Franz Kafka. Y se llevó a cambio el librito de tapas color rosa. Aquel romance de estudiantes terminó más temprano que tarde y los pobres libros se quedaron con las vidas cruzadas. Todavía en nuestros anaqueles está el libro de Kafka. No sabemos qué fue de aquel otro, ojalá lo hayan tratado bien.
   Añoramos largamente aquel pequeño libro donde leímos por primera vez La increíble y triste historia de la cándida  Eréndira y de su abuela desalmada, que era acaso la fábula de la hedionda, pegajosa explotación de América Latina, pero que nosotros leíamos como un cuento de hadas, hadas bizarras y caídas, pero hadas al fin. Accedimos también al, ya entonces, unánimemente aplaudido El coronel no tiene quien le escriba, relato de ignominia y resistencia que nos llevó mucho tiempo entender.
  Alguna tarde, ya en Resistencia, con penas de amor por el novio y el libro escamoteado, encontramos Cien años de soledad. Se nos desgarraba el pecho de felicidad con esas frases engoladas y al mismo tiempo transparentes que ojalá hubiéramos podido escribir nosotros. El amor era cada día más grande.
   Veinte años después, en un quiosco de un pueblo perdido en el viento norte y el polvo del Chaco adentro encontramos El amor en los tiempos del cólera. Y aquella siesta horrible, acezante de calor, mientras esperamos tres horas el colectivo destartalado que nos devolvía al hogar, después de un día de inútil y esforzado trabajo docente, renovamos los votos con el galán colombiano.
   Y no hace tanto leímos, otra vez asombrados, Del amor y otros demonios. No citamos los demás. Él hizo que América Latina fuera apreciada y respetada. Él nos dio un regalo invaluable: creó nuestras señas de identidad, enjuagó nuestra ignominia con el agua bautismal de su lenguaje lleno de poesía. 
   Ahora viene la dama con sus huesos batientes, fosforescentes. Anda extendiendo dedos dubitativos y temblorosos y aparta hojas de bananeros y de palmas, frescas hojas salpicadas de rocío. Y de lágrimas nuestras. Estamos llorando por Gabriel, el llamado García, de los Márquez. Aquel que conocimos una siesta, en la esquina del correo viejo, donde ahora está el museo, cuando teníamos catorce y no sabíamos nada de eso que llaman literatura. Y fue amor a primera vista... para siempre.

                                   Las imágenes han sido tomadas de https://www.villaangela-chaco.com   (a quienes agradecemos)


sábado, 29 de marzo de 2014

Alumnos... de ayer y de hoy


   Alguna vez los hemos amado tanto. ¿Cuándo murió el amor? ¿En qué momento la ternura y la furia por mostrarles las llaves de la vida se convirtió en este acíbar agrio que nos llena la boca frente a su desparpajo y su desprecio? ¿Cuándo y porqué cambiaron esos seres inofensivos e inocentes que quisimos cuidar del desencanto, que hubiéramos salvado de la guerra, de la pena, del hambre y, sobre todo, de la maldad del mundo?
   No lo sabemos. Apenas si podemos fijar en la pared de los recuerdos dos imágenes disimiles, opuestas, ilustrativas de la distancia que media entre aquellos y estos, después de treinta años de vivir entre ellos. 
   En la imagen primera hay un montón de caras bruñidas de juvenil encanto, bellas de una pureza que nosotros, seres desterrados del bulevar, ya habíamos perdido: ellos creían, ingenuas golondrinas sin destino, en la promesa del pájaro azul de la felicidad. Y en esa fotografía colorida y fresca, llena de sonrisas frutecidas tal granados partidos bajo el sol, madurando, ahí, un poco más alto que los otros, moreno, seductor, dulce y alegre, Abico canta a gritos, con un agudo desentonado, una canción de Emanuel.
   En esas aulas nos esperaban, desafiantes y desamparados, juveniles, con el corazón entregado como el cachorro ofrece la garganta a las fauces de la madre recia y protectora que lo muerde cariñosa para enseñarle a defenderse; esperaban confiados, transparentes. A veces nos preguntamos cuánto habremos traicionado esa confianza, esa maravillosa capacidad de sueño. Y una lágrima negra nos atraviesa el alma.
   Una siesta cualquiera nos dieron la noticia: Abico había muerto en un accidente. Iba de una escuela a otra escuela, sembrando margaritas por los bulevares perdidos del Chaco profundo. Abico, el principito pobre de aquel pueblo de tierra y pastizales. El alumno moreno, con su cara llena de risa ya no estaba. Ni él, ni aquella canción de Emanuel que nos dedicaba, pícaro y tierno, para escabullir la dura disciplina de esta mujer venida de los bulevares del ideal obtuso, inalcanzable. 
   Tal vez comenzó entonces la transformación. Tal vez aquella noche, en que miramos por última vez la cara de Abico en el cajón,, estábamos mirando también un tiempo que empezaba a morir y ser pasado. Y acaso, como en esas películas de zombies ahora estamos viviendo en un país de muertos que caminan, en un mundo de apestados terribles, en calles llenas de chillidos de miedo e inmundicia.
   Porque la otra escena es tan opuesta. Las caras tienen una pátina de aceite, un brillo malsano, maloliente. Y las risas son torpes y groseras. Y ese alumno nos mira, espatarrado en la silla, exhibiendo el bulto de esos genitales recientemente adquiridos, y tuerce despectivo la boca y hecha hacia el costado un esputo espumoso, abundante, que cae al lado de la pata del banco mientras él nos mira de frente, con unos ojos turbios, repulsivos.
   Menos mal que tenemos Internet para reemplazar los bulevares. Así que corremos a nuestro rincón secreto, donde no dejaremos entrar a los muertos vivos porque pondremos a todo volumen, para que se escuche en toda la manzana, la canción de Emanuel.



lunes, 17 de marzo de 2014

Cuentos

   A veces, después del asado o de un almuerzo cualquiera, el padre contaba cuentos. O recitaba versos. También en algunas noches, cuando la luna alumbraba tan transparentemente que parecía de día, como solía decirse entonces. Muchas veces era el segundo vino tinto el que propiciaba aquellas expansiones. 
   Salían a relucir entonces los cuentos de Don Juan, el zorro, pero en versiones que no hemos vuelto a escuchar en relatos orales, ni hemos hallado en recopilaciones de especialistas, cuando ya nuestros intereses y las necesidades del oficio nos llevaron por entre los libros como en aquellos años nos llevaba el senderito de ladrillos por entre los frescos eucaliptos del bulevar.
   Bajo el algarrobo, que en la memoria es gigantesco y magnífico y en el presente es achaparrado e inclinado hacia el sur como un anciano que va luchando contra el viento, con el poncho desmadejado y deshilachado, apañados por esa sombra que recordamos fresca y solidaria y que ahora solo abriga humedad y abandono, allí oíamos los relatos, con un asomo de sonrisa, con una pizca de curiosidad, infantiles y simples, todavía vírgenes de otros relatos mucho más crudos y terribles que nos estaban esperando al otro lado de la página, en el siguiente tramo de la vida.
   Don Juan había pasado varios días con sus noches jugando al truco con otros camaradas, tal vez el tigre y seguro el tatú. Así como hemos hallado al tatú o el carpincho como víctimas de la astucia aprovechadora del zorro en las asociaciones propiciadas por el zorro con el fin de beneficiarse del trabajo de aquel, así también en este cuento el zorro apunta al tatú para satisfacer su hambre.
   Porque los jugadores hace mucho que están gastando energías en su entretenimiento y están hambrientos. El Zorro orejea las cartas, aquí sería maravilloso poder transmitir la entrañable imagen recordada del narrador imitando el gesto característico de los jugadores de carta que desplazan uno sobre otro los pequeños recortes de cartón ilustrado para armar el esquema de su puntaje y espía por sobre las orejitas de las cartas los gestos, y si puede también las cartas, de sus rivales para poner en juego las picardías que permite el juego del truco.
   En este caso, mientras canta flor y truco, truco y envido, todo ese galimatías propio de la jerga del juego de cartas más representativo del criollo rioplatense, el zorro apunta con sus ojitos legañosos y malignos la rechoncha figura del tatú, al que imaginábamos apoyadito en la silla con su traserito casi en punta, la cola dobladita hacia un costado y la naricita vibrante husmeando las cartas sobadas y un poco gracientas por el uso.
-Tengo hambre- dice el zorro, y empieza a mirar golosamente al tierno, ingenuo, un poco tonto, tatú, combinándose con los otros para un probable festín... de tatú.
   En cierto modo, el tatú parece pero no es. Así que apercibiéndose del peligro que está corriendo decide una retirada con dignidad y en una orejeada última, vuelca sus cartas sobre la mesa y señala, perspicaz y oportuno:
-El que tiene patas cortas puede salir disparando, nomás.
   Tal vez no lo decía el tatú sino su pareja de juego que no logramos recordar quién era. Tal vez lo decía el tigre que sabía lo que era ser continuamente estafado por el zorro. Tal vez lo decía el tatú para anunciar que se mandaba a mudar. 
   Es este un cuento mal contado; porque la memoria emocional no es como la memoria que cultivamos en la escuela, en el estudio, en la práctica aplicada y constante de la reflexión. La memoria del pasado privado está armada de frases, imágenes, gestos, menudos chisporroteos de emoción y silencio y música  y un clima perdido para siempre que a veces vuelve con esa frase: 
-El que tiene patas cortas, puede salir disparando, nomás. Y la imagen del tatucito, real, tan claro, tan gracioso, escapándose, no como en los libros en dos patas verticales, humanizado, sino como un tatú, con ese trote de breves y menudos pasitos increíblemente rápidos.
   Eramos absolutamente solidarios con el tatú: por bonachón, por buena gente, por pacífico y gauchito. Porque nosotros éramos niños de campo, un poco como él, patitas enterradas, lomito oscuro, siempre a merced de los sagaces habilidosos dueños de los artilugios de la sobrevivencia en este mundo lleno de zorros, de tigres, y de alianzas por conveniencia entre los zorros y los tigres.  




miércoles, 12 de marzo de 2014

Paraguay global

   Las épocas tienen valores que se expresan en los objetos que las representan y que cristalizan en sí mismos esos valores. Naturalmente, casi siempre los que acceden a esos objetos son los que ocupan un lugar preponderante en la sociedad, o que aspiran a ello. Veamos ejemplos específicos que demuestren el aserto: cuando Zenón, el cínico, descubrió que podía beber con la mano arrojó al mar el cuenco que usara hasta entonces; tener un cuenco lo instalaba en el espacio civilizado de la cultura, era importante beber y comer como persona cultivada, en una casa decente había vasijas de arcilla, o de cobre, o de oro, en mayor o menor medida, según el estatus de sus moradores. Y en los palacios de los reyes hasta podía haber vasos de vidrio como prueba de que la riqueza y el poder también les permitía poseer utensilios que se rompían al menor descuido, puesto que podían reponerlos cuando y cuanto quisieran. 
   En la Edad Media poseer un jubón de terciopelo o una camisa de lino era posible solo para la más alta nobleza, pero lo que más importaba a un hombre de la nobleza guerrera que dominó la vida política y económica de Europa entre los siglos VIII y XIV era lo que le permitiría ser un señor de la guerra: una espada y un caballo. Las espadas, comenta en alguno de sus libros don Ramón Menéndez Pidal, podían tener el valor de un auto pequeño del siglo XX. Eso explica que los regalos del Cid a su rey o a sus yernos, hayan sido considerados regalos verdaderamente esplendorosos: caballos quitados a los árabes, muchos de los cuales tenían mayor valía que cualquier esclavo o siervo de la gleba para los valores de la época. Y espadas. Espadas de estirpe tan clara y tan definida personalidad que hasta tenían nombres como las personas.
   Para las actrices del cine de la primera mitad del siglo XX los vestidos de alta costura, las joyas (diamantes, oh, diamantes), los perfumes (¡aquel chanel nº 5!), constituían la prueba material de que habían llegado al más alto escalón de sus aspiraciones (ergo frivolidad).
   Se podría seguir enumerando, la alcantarilla del bulevar arrastra desechos del pasado, de los ingenuos o crueles sueños del pasado, sin ningún miramiento. Pero con los citados alcanza para ilustrar nuestra hipótesis: cada tiempo tiene su juguete mágico, su piedra de hacer sopa, su lámpara con su genio, que solo espera un toque para regalar a los hombres todas las maravillas de la tierra o del cielo: el poder, el amor, la riqueza, la fama, la eternidad. 
   Este tiempo, llamado global por su capacidad para instalar su poder masificador hasta en los pueblos de mayor energía identitaria, tiene también su elemento, se herramienta, su arma maravillosa e imbatible. Ya lo intuíamos: los medios de comunicación han cambiado hasta la forma en que se configura la inteligencia del hombre y parece redundante explayarse sobre la cuestión, que aun así se presenta inagotable. 
   Tan inagotable que una noche de estas miramos, y sin esperar la mágnífica sorpresa que nos depararía, una película paraguaya. Dulce tonada paraguaya, bilingüísmo, cosmopolitismo en el que la inmigración del cercano y lejano oriente ponen un toque más de exotismo, pobreza, urbanismo desbocado, jóvenes soñando como Aladino, mujeres de una fortaleza y una ternura únicas, todos rasgos del Paraguay que ya Roa Bastos, el augusto, nos había mostrado. Y en colorinche ajetreo de la vida paraguaya capitalina, el mundo global, los destellos de las pantallas pulsando los sueños, complicando los destinos, distrayendo, impulsando la aventura y la corrupción.
   La película se llama "Siete cajas", sus directores son Juan Carlos Maneglia y  Tana Schémbori, los personajes están a cargo de actores paraguayos y el eje del guión se centra en un adolescente llamado Víctor que sueña salir en televisión y que ese día descubre las maravillas del teléfono móvil, el celular. El protagonista, el héroe y antihéroe de la película es el celular. Una pequeña pantallita acompañada de un mínimo teclado y una batería traicionera, que se agota cuando más se la necesita, cuyo corazón de chip puede traer de regalo la más tonta y plena felicidad. Aunque no sirva para comprarle el remedio al hijo enfermo o sea usado para ocultar el desamor.
   "Siete cajas" ha sido nominada a muchísimos premios de los que ha ganado uno o dos. No porque no los merezca, sino porque es paraguaya: los actores son morenos criollos con escaso maquillaje, el paisaje urbano de la ambientación no es de utilería (es el mercado 4 de Asunción), los celulares que aparecen son los reutilizados que el mercado coreano o japonés manda a los países del tercer mundo, la lengua madre ameriindia impregna la mitad de los diálogos (aparece subtitulada), y decir Paraguay en el mundo global todavía suena a poco. Pero la película es maravillosa por muchas razones, más que nada porque es la primera vez que el celular muestra en una obra de arte el profundo sentido de su condición de fetiche global. 
    Dejamos enlaces por si quieren descubrir el universo paraguayo y su romance con el celular:
                           
                                                     La imagen de Larissa ha sido tomada de la red. Gracias.        




















www.youtube.com/watch?v=t1ax_XInBLE  
www.youtube.com/watch?v=kSva-gM5pFs    

sábado, 1 de marzo de 2014

Días de escuela

   El bulevar nos llevaba a la escuela. El primer grado fue maravilloso y larguísimo. A veces es como si hubiera durado toda la vida. La monja era morena, alta, delgadísima, y en su rostro agudo y seco como una pasa lisa se amalgamaban sin menoscabo la dulzura y la severidad. 
   Era obvio que trabajaba cuando sus alumnos descansaban en casa. Los más de cuarenta cuadernos tenían, el lunes por la mañana un sellito con el dibujo que representaba la nueva letra a aprender en esa semana. Corregía todos los días con una letrita retorcida y menuda que nuestro padre, de ancha, clara y elegante letra, detestaba. Hacía pasar al escritorio a cada uno de sus más de cuarenta alumnos, cada día, para leer en voz alta. Y alcanzaba el tiempo para la suma, el repaso oral y memorístico a los gritos, y hasta la broma delicada y graciosa o la sanción cruel y desoladora (era normal el plantón como castigo). 
   Antes de julio, el noventa por ciento de nosotros sabía leer. Todos escribíamos a la copia o el dictado casi sin dificultad. Y personalmente, a nuestra vida ya había llegado la literatura que campeaba en el libro de lectura, donde había osos y alas sin pájaros, lo cual nos parecía perfecto.
   El final de clase fue melacólico y tierno: puso su mano morena y ajada (las monjas trabajaban también en tareas domésticas,en ese entonces) sobre nuestros hombros de apenas uno y diez  de estatura y caminó junto a nuestro padre, orgulloso y serio, hasta el aula, para entregarnos el gordísimo cuaderno, sin una sola fotocopia pegada en él, todo obra nuestra, menos los dibujitos sellados que estropeábamos con los lápices de colores. 
   Junto con el cuaderno venía la libreta con un delicado y gentil mensaje para las vacaciones y nuestra promoción (así se dice ahora) a segundo grado. A ella le decían la hermana San Miguel. Nunca más la volvimos a ver. Decían que murió de leucemia en esas vacaciones.
   Tres años después dejamos la escuela privada por una serie de razones que no vienen al caso e ingresamos, otra vez deslumbrados, al universo popular de la escuela pública. El clima era más distendido pero no en desmedro del trabajo o el esfuerzo. Hubo, entre tantas, alguna maestra admirada por la pulcritud, la delicada entonación de la voz que denotaba la llamada buena educación. Descubrimos las uñas prolijamente pintadas y los labios con rouge. Aprendimos a caminar con paso de gacela como la bella maestra de cuarto grado y descubrimos que algunas de ellas criaban a sus hijos solas, aspecto que preanunciaba proféticamente nuestra vida futura. 
   La escuela pública fue un gran aprendizaje social. Y el inicio de la vida intelectual: la biblioteca era de libre consulta y tenía todos los Lo sé todo (de América y del Mundo), toda la obra narrativa de Constancio Vigil y las novelitas de las colecciones de Billiquen. Allí estaban guardadas,pero a nuestro alcance, la historia de Caperucita, Cenicienta y Pulgarcito. 
   Nunca más oímos hablar de Domingo Sabio pero aprendimos a recitar poesía y a leer paraditos en el frente (al principio en voz atorada de timidez y luego orgullosamente seguros de nuestras competencias), firmes y con el libro pesándonos entre el índice y el anular de la mano derecha.
   En la escuela pública terminamos de crecer. Encontramos la mejor amiga, que todavía nos acompaña. Atisbamos, avergonzados y culposos el amor insolente e iniciático. Y un día dijimos adiós y nos hicimos grandes. No sabemos si aquel tiempo era mejor que este. Tampoco nos interesa polarizar opiniones. Solo queríamos aprovechar para recordar y proponer la reflexión porque percibimos que es hora de hacer verdadera reflexión. No de volver al pasado, el cual es como la Atlántida: está definitivamente hundido en las aguas del tiempo y es el ámbito privado de los que venimos de él, solo nosotros podemos volver a esas aguas profundas que son nuestros recuerdos. 
   Pero el presente está oscuro y enredado, necesita reflexión, análisis y realismo. Así que para seguir con el presente y empezar a desentrañar su trama, dejamos este enlace:
                      http://www.lanacion.com.ar/1668516-como-vemos-a-los-docentes
   Vemos en esta columna un análisis objetivo y coincidimos con algunos puntos de la argumentación, que no vamos a señalar para no condicionar la lectura. Mientras ustedes leen nos vamos por el bulevar a mirar los viejos muros de nuestras escuelas: la privada y la pública. Porque las dos estaban a su vera. Y ambas nos acogieron y nos sirvieron la maravilla como menú del espíritu. 


      

miércoles, 19 de febrero de 2014


Canción en sepia


   El tío Víctor acurrucaba sus ojitos verdes y suavizaba la violencia sanguínea de su rostro abotargado de borrachín. En su gruesa garganta la voz se ablandaba como un río de leche y miel en el intento de entonar el pegajoso ritmo del chamamé. Por sobre el punteo de la guitarra los versos melódicos, llorones, de azucaroso romanticismo silenciaron el barullo fiestero de la reunión familiar.
                        “Una noche conversando con la luna // a la sombra de aquel viejo naranjal…”
   Una explosión de protestas, recriminaciones, burlas, acusaciones lo interrumpió; entre carcajadas y tragos los otros tíos, todos hermanos menores de Víctor, dieron el veredicto esperable para esa hora de la celebración:
-¡¡Ya está borracho el Víctor!!
-“Conversando con la luna”,¡Ja…Ja…Ja!
-Cómo que conviersa con la luna. ¡Ja!
-Es el último de los Barrios.-Se defendió el guitarrero.
   Era el último de los Barrios. Los románticos Hermanos Barrios. Debe haber sido allá por finales de los sesenta. La radio había llegado a todas partes y aunque los pobres carecían, como ha pasado siempre en todas partes, de muchas cosas necesarias, la mayoría de las familias tenían radio. El transistor y la pila de carbono lo hicieron posible. La era del consumo iniciaba su esplendor y también, con la masificación de ciertos hábitos culturales como los mecanismos de la moda y lo que después se llamaría multiculturalismo, comenzaba una etapa gloriosa para las culturas orales, populares, de raigambre tradicional.
   El chamamé, música con importante adn guaranítico, era poco apreciado en los núcleos de la cultura capitalina, central. Sin embargo en la región mesopotámica era la música identitaria y en el Chaco tenía gran predicamento. Los Hermanos Barrios traían un estilo diferente: melodioso, puerilmente lírico, con temática amorosa impregnada de melancolía y tristeza; era el chamamé canguí, tristón, de notas largas que se estiraban como un delicado río de lamentos sobre la corriente rosada del Paraná que separa y une indistintamente a la vieja y presumida Corrientes con el juvenil y casquivano Chaco.
   Era verdad: “Viejo naranjal” era en esos días el tema recientemente estrenado por los Barrios. Letra y música de Carlos Gualberto Meza y Martiniano Barrios, constituyó la novedad familiar traída por el tío Víctor en aquella navidad de infancia antológica y tan lejana que no logramos recordar el año.
   Pero, aún sin la precisión de una fecha, hay sin número de detalles de aquella navidad, una de las pocas pasadas con la familia amplia: en algún lugar de la estampa está el tío Tata, entretenidísimo relator de historias inverosímiles (en los libros aprendimos que sus sucedidos eran los cuentos del mentiroso, y sí: el tío Tata era el gran mentiroso en una familia de mentirosos). Un paisaje de vías de tren húmedas de lluvia nos llevaron pasito a paso a la casa de la abuela que sirvió, tal vez ya bien avanzada la noche, un budín con frutas hecho en el horno de barro.
   La guitarra pasaba de mano en mano porque todos los hombres de la familia eran guitarreros y cantores. Los mayores todavía cantaban las antiguas polcas y galopas paraguayas de la época de la Forestal. Los menores ya traían zambas y canciones del nuevo folclore, o chamamés juveniles como aquel que hoy volvió a sonar en la radio y abrió, con cincuenta años de distancia un álbum de rostros sepias e inusitadamente festivos: la infatigable cuenterería del tío Tata, un budín de frutas, las risas chacotonas de seis o siete muchachos a los que aún la vida no había arrancado del hogar materno.
   Un tiempo ido hace mucho tiempo: el Tata dejó hijos y nietos desperdigados en el norte santafecino, los tíos se fueron por los cuatro rumbos como lo hacen todos los hijos de todas las épocas, Víctor y su hermano mayor, Virginio, están muertos, los budines de fruta se compran en el mercado y hace décadas que aquellas vías de tren, por las que caminamos pacientes y tímidos (eramos niños de campo) hacia la casa de la abuela Lucía, desaparecieron con el país que tuvimos y perdimos.
   De todo aquello solo quedan las canciones:  
                                                                  Cuántas veces conversando con la luna
                                                               recordamos de aquel viejo naranjal,
                                                               cuando dulce morenita, cual ninguna,
                                                               tus promesas perfumabas de azahar.
                                                             …………………………………………..

   Sabemos que todo pasará, que todos nos iremos, primero por el ancho mundo y luego más allá de este mundo, y que aquí todo se habrá perdido. A excepción, quizá, de las canciones.