” La esperanza, es la carga mas pesada que un hombre puede cargar. Esa es la desgracia del idealista”
Firmado por: El Condicionado. Raimundo Arruda Sobrinho

martes, 10 de diciembre de 2013

  De Don Quijote y los refranes 

   Aquel día don Quijote le recriminó a Sancho su irritante costumbre de hablar, responder, argumentar, con refranes. Sancho hizo una larga defensa de su hábito de raíz popular y demarcó un espacio de las posibilidades de la comunicación humana que amerita una pequeña reflexión: nada nuevo hay bajo el sol, todo lo que podría decirse, dicho está. 
   Además de apreciar el profundo conocimiento de la sabiduría popular de Miguel de Cervantes Saavedra, capaz de hacer una de las recopilaciones más memoriosas del refranero español, y de demostrar el ingenio insuperado del escritor al elaborar una sesuda argumentación cocatenando refranes en una relación significativa, creativa, rítmica y oportuna; además de asumir que aunque el Quijote es un libro que nos ha costado esfuerzo leer también es un libro que no se termina nunca de decodificar e interpretar; además de apreciar en El Quijote a la primera novela total de la literatura occidental; además de todo eso, tenemos que agradecerle esa mirada recopiladora sobre las creaciones del lenguaje popular que tan útil nos es en este momento par sintetizar con un refrán de antigua raigambre española lo que nos inspira este paisaje de desazón social en que nos ha zambullido el momento de enfrentamientos, conflictos, caos, que nos toca observar desde el bulevard.
   Consignando algunas páginas de opinión leídas en la web (Que explica el fenómeno de los saqueos -Fernando Laborda- La Nación / El origen: una crisis social no reconocida -Joaquín Morales solá- La Nación), Sancho tal vez diría: "Cría cuervos y te sacarán los ojos". Porque Sancho, con su saber pragmático y utilitario, era capaz de prever, ya que no preveer, el futuro. Si solo miramos el presente es probable que perdamos de vista el futuro y que en ese futuro, que agazapado nos saltará un día a los ojos, valga el retruécano tomado del refrán, para cobrarse las deudas con el porvenir que no supimos considerar.
   Los que guardamos la juventud como una fuente de eterno alimento sabemos que es allí donde está la raíz de este ser que hoy somos: los sueños del joven serán probablemente el punto de partida de los esfuerzos del adulto. Aquel joven que fuimos, lleno de ideales, de deseos ingenuos de mejorar el mundo, de utopías irrealizables pero infinitamente bellas, nos dio esperanzas para regar el árbol difícil y rústico de la resistencia terca en que se encueva la ignorancia, nos dio poder para enfrentar el reconcomio de la envidia, la maldad y el resentimiento de los que no creían en el cambio, en la verdad, la justicia y la bondad. Pero toda esa potencia moral, ética, espiritual si se quiere, ha tenido su fuente en una visión del mundo que se formulaba a partir y a través de la educación. Y esa educación, con las contradicciones que son naturales en cualquier cultura, con los defectos que podamos encontrarle, con su matriz autoritaria y su sesgo disciplinar y coactivo, con sus marcas de prejuicios raciales, sociales, culturales, religiosos, políticos, esa educación nos preparó para vivir con otros: convivir.
   En dos páginas que siempre releemos a la sombra de los eucaliptos de nuestro bulevard, Pedro Salinas, en Historia de la literatura española (Del Mío Cid a García Lorca), analiza la relación que él observa entre Quijote y Sancho: una relación dual. Así como Quijote es el ideal, la ascesis,  Sancho representaría todo lo grosero del ser humano (así lo dice Salinas). Y sin embargo Quijote buscó a Sancho para que lo acompañe, porque aún cuando salimos a buscar el ideal, a desfacer entuertos, a arreglar el mundo, no podemos deshacernos de Sancho, de esa parte nuestra sin la cual estaríamos escindidos, incompletos. Sin embargo, Quijote establece las regulaciones de la convivencia, Sancho asume de a poco su posibilidad de bondad, de trascendencia, la convivencia con Quijote lo hace bueno, dice Salinas. Porque Quijote es el mejor. Quijote es esa parte de nosotros que debemos alimentar, hacer crecer, para que se imponga sobre los bajos, aunque naturales, comprensibles, instintos de nuestra parte Sanchezca.
   Cuando nuestra educación dejó morir a Quijote, lo descuidó al extremo de que lo sanchezco saliera crudo y absoluto, desnudo dueño de la realidad, nuestra convivencia comunitaria inició esta debacle socio- cultural que nos arrasa. Se le han dado nombres a esta cultura de la vulgaridad, la grosería, la desconsideración hacia el prójimo, se la ha catalogado como tinelización, plebeyización, entre otros adjetivos. Es evidente que la degradación de la empatía hasta el punto de su desaparición, la exacerbación de la sensualidad, de la búsqueda de satisfacción inmediata, el cultivo sistemático del resentimiento y el desprecio por el otro, el reinado infinito y pegajoso de la calumnia y el chisme, la maldad como espectáculo, nos han instalado en una cultura de profundo menosprecio por la vida ajena. Basta recorrer los medios de comunicación masiva, incluyendo las redes sociales de la web, para tener infinitos ejemplos de ello.
   Si en esta población que sale a destrozar el mundo por diversión, por resentimiento, por crueldad, por vaya a saber que insospechado sentimiento de venganza o resarcimiento, hubiéramos educado esa veta de bondad necesaria para la convivencia tal vez hoy podríamos, como Quijote y Sancho, sentarnos alrededor de un fueguito fraterno, junto a humildes pastores a compartir mansamente el pan escaso pero tan generosamente repartido y compartido.
   Quijote, que era pobre de solemnidad, no necesitó ni aún pedir para saciar su hambre y fue capaz de reflexionar melancólicamente sobre la pobreza a partir de un agujero en sus gastadas medias. Quijote habría sido capaz de pasar hambre antes de robar o de dañar a alguien. Al menos eso queremos creer. Queremos creer que nuestra parte quijotesca es capaz, aún en la peor de las situaciones, de mirar las riquezas, los alimentos, los bienes que acaparan otros sin osar levantar un dedo contra esos bienes ni menos aún contra esas personas. Queremos creer, contra toda contraria certeza, que aun en un sistema de disolución moral extrema, de corrupción impune, de desolación y decepción infinita, todavía el sol sale para todos y mañana será otro día. Todavía podemos decir junto a Sancho, llorando suplicantes: -No se muera, señor Don Quijote, aún nos falta salir a conquistar el reino de la bondad y la justicia.


domingo, 8 de diciembre de 2013

De la columna al bulevard

   Simón, el estilita, vivió toda su vida adulta alejado del mundo. Lo logró en gran medida buscando la altura: primero fue un promontorio, pero como la gente llegaba igual y no lo dejaba gozar del deseado aislamiento, Simón se instaló sobre una columna, la cual fue adquiriendo mayor altura cada vez, hasta llegar a medir quince metros. Debió haber vivido en esa condición entre veinticinco y treinta y cinco años. No fue el único, pero es de quién he tenido noticias siendo yo muy joven, gracias a mis apasionadas lecturas de la obra de Herman Hesse. 
   El mayor asombro, y las preguntas en aquellos años, lo constituían para mi las cuestiones prácticas de una vida en esas condiciones. Viniendo de una cultura campesina, sintiéndome dueña de las distancias y de anchos paisajes como lo son aún hoy los del Chaco rural, era difícil de asumir que alguien viviera en una superficie tan estrecha como aquella plataforma a la intemperie donde Simón pasó su larga vida. La estrechez del lugar, la desnudez, la probable ausencia de todo tipo de higiene, me asombraban y me repugnaban en medidas iguales.
   Han pasado muchos años en mi vida; y en el mundo han pasado muchos siglos desde la vida de Simón y su ascética manera de buscar la santidad. El mundo y la humanidad son aterradoramente multitudinarios y la tecnología digital ha replanteado la concepción de la soledad y de las búsquedas personales. Se está hoy en un estrecho lugar, eso sí lleno de confort, y se está allí solo, pero a la vez en relación con mucha gente, algunas decenas o algunos miles, según que uno sea más exhibicionista o más popular o más vistoso, o más consecuente con la cultura de la imagen. 
   Esos ámbitos digitales dan cierta percepción de vida social, de acompañamiento, de posibilidades de cercanía y participación. Son ricos en personas que tienen muy poco para decir y, en general eso que tienen para decir consiste en una receta sobre como vivir maravillosamente bien, maravillosamente light, maravillosamente perfectos. En esas redes todos son tan buenos y dulces y generosos, todos tienen la justa y verdadera opinión sobre todo. Nadie en realidad escucha y mira al otro más que con la caliente mirada de la competencia y el exhibicionismo. 
   Simón, el estilista, intentó separarse del mundo. sin embargo el mundo lo seguía adonde fuera y multitudes de hombres desfilaron al pie de su columna y muchos treparon a ella para pedirle consejos o escuchar su prédica espiritual. Simón no salió al mundo. el mundo vino a él.
   No puedo, como Simón, subirme a una columna, padezco de vértigo y soy extremadamente sensible a la intemperie. Pero tengo un bulevard por el que he andado y desandado mi infancia, mi ingenua adolescencia y mi atormentada juventud. Vuelvo a él cada tanto. Bajo sus viejos y maltrechos eucaliptos camino y divago mientras espero que lo poco que he aprendido y sembrado y cuidado, florezca para otros como florece el trébol su flor amarilla o azul; tímido, pequeño, sin claudicar, en cada primavera.
   El bulevard es un lugar donde seguramente podré defender la posibilidad que cada hombre tiene de ser distinto, de sufrir su propia desazón de existencia absurda, de celebrar la mansa felicidad del amor cotidiano, de beber la exaltación de la lucha necesaria, de vivir la vida sin necesidad de exhibirla a las miradas de nadie pero también sin esconderla en la miseria o el temor.
   En este bulevard no hay negros ni blancos, hombres o mujeres, jóvenes o viejos, lindos o feos. El bulevard es un ámbito donde todos merecen la vida, hasta los pequeños escarabajos que empujan como Sísifo la oscura pelota de su tristeza. Este bulevard es un homenaje a la bondad, a la libertad y a la palabra. Nadie te pedirá que vengas. Pero aún sin llamarte podrás entrar y caminar por él.
Porque, finalmente, aunque me aterran las magníficas alturas de la santidad y la gloria, quiero ser un poco como Simón, aquel ermitaño que quería estar a solas con su dios pero que nunca rechazó a ninguno de los que se acercaron a los pies de su columna.











jueves, 5 de diciembre de 2013


 
     He tomado esta imagen prestada de la red. No conozco el nombre del autor. Gracias.
Este chico
                                                                                                              A Gachi López, por la lucidez  

   Este chico ha tenido, básicamente, mala educación. 
  Ha tenido (un 70 % de posibilidades) malos padres. Y no malos padres porque no trabajaran o no lo cuidaran; malos padres porque no sabían decir que no cuando había que decir que no, porque cuestionaron a los docentes que estaban para enseñarle a pensar, porque le dieron lo que no podían darle a costa de fiados que no podían pagar y a costa de dinero que no le enseñaron a ganar. Malos padres porque no le mostraron, con ejemplo, con palabra, con disciplina, cual era la diferencia entre ser decente y ser un energúmeno maleducado e insolidario. 
   Este chico ha tenido malos ejemplos.
   Este chico creció en una sociedad que prioriza la imagen, el consumo y el entretenimiento como ejes de las búsquedas existenciales. Sus modelos fueron adultos que mentían enfermedades que no tenían para cobrar una pensión, docentes que elegían hacer paro para salir de shopin, empleados públicos que consiguen un cargo a pesar de su incompetencia solo porque son punteros políticos del mandamás de turno, policías que solo saben golpear cuando deberían proteger al ciudadano, gobernantes que se van de vacaciones en el avión oficial mientras los aborígenes de los bordes mueren de hambre. Y la enumeración puede seguir indefinidamente.
   Este chico ha tenido desde que nació identificado lo bueno y lo bello con lo violento y lo bizarro.
  Este chico quiere ser como Ricardo Fort, absurdo, ridículo, egocéntrico y auto destructivo, pero que todos hablen de él, aunque en ello le vaya la vida. Quiere vivir y morir como Paul Walker, estrellado y quemado, pero glorioso (la medida de la gloria no es equivalente a la que aprendimos los de la vieja generación, San Martín, Belgrano, etc).
   Este chico ha tenido muchas oportunidades de ser diferente.
   Este chico tuvo escuelas a pocas cuadras de su casa, tuvo clubes deportivos casi al lado de las escuelas, tuvo cines y teatros, tuvo festivales a los que asistir y apreciar la plenitud del alma y el corazón cuando sobrevuela por sobre nuestras cabezas como un ala dorada, borracha de felicidad y entusiasmo, impulsada hacia la altura por la música de una guitarra.
   Este chico, en cambio, no tuvo la oportunidad de punto de partida.
   Este chico nació en una cultura donde la juventud periférica es un castigo porque no se espera nada de ellos. Este chico no ha tenido, ni tendrá, la oportunidad de que el mundo espere de él algo diferente de lo que está haciendo en esa imagen. Por eso se les dan becas sin esperar que estudien o aprendan algo, Por eso es más fácil decir que los Pisa están mal planteados. Este chico está siendo utilizado por el sistema para dañar. Y eso da pena. Y miedo.

                           

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Nombres de mujer

   Pueblos, ciudades, con nombre de mujer. Villa Ángela. Dicen que viene de doña Ángela, esposa de Julio Martin, y que se debe en alguna medida, a que esta señora donó el terreno para la iglesia. Idéntico relato encontré en Santa Sylvina. Allí también. Casi sin variantes cuentan que la esposa del hombre fuerte de la zona se llamaba Sylvina y que donó el terreno para la iglesia. Por lo visto es el relato popular, instalado, una especie de tradición oral que en alguna medida recorta una imagen idealizada de esas mujeres según un estereotipo de mandato socio cultural de época.
   Mujeres devotas, amas de casa aplicadas, señoras de su casa, tal vez sumisas, conservadoras. Pero también mujeres que vivieron el rol de pioneras por razones de fuerza mayor, por elección, por esas circunstancias imponderables que nos arrastran hacia nuevos destinos antes de que podamos decidir el si o el no. 
    He visto otros casos de pueblos con nombres de mujeres. No conozco la leyenda que lo justifica. Pero no debe de haber mucha diferencia con estos de por aquí. Como todo relato oral, transmitido de boca en boca, se dice que había otra Ángela, que no era tan dama, ni tenía la posibilidad de donar tierras del estado para la santa casa de dios. Pero esa Ángela se ha perdido. Ha prevalecido la primera, primera dama, dama y señora.
   Los restos de dicha dama reposan en una cripta vidriada en la iglesia de la villa. A su lado, otra urna igual a la suya conserva, dicen, los restos del esposo, ese señor Martin, que junto a Grüneisen y algunos otros más, atravesó a machete los montes del Chaco austral y se instaló justo en el lugar donde las aguas de abundosas lluvias fluían hacia el sur y donde el tren de la lejana capital comenzaba a aquietar su sonoro traqueteo. Fin de la punta de rieles y justo al borde norte de los bajos submeridionales, con sus aguas indomables y sus ñacanináes mitológicas.
   A ese lugar vinieron, seguramente en el tren, acaloradas, curiosas y expectantes, las esposas de los exploradores, adelantados, conquistadores, colonizadores del siglo XX. Pocos relatos escritos quedan de esos días. Esas mujeres, ¿habrán escrito diarios íntimos, recetas de cocina, cartas a su familia lejana, esquelitas de chismes, anónimos ponzoñosos, mensajitos de amor y paz, postales de navidad? Si lo hicieron, ¿dónde fue todo eso? De ellas queda solo este puñado de cenizas, este nombre de filiación dudosa, y el nombre de un hombre y sus hazañas.

   Adheridas como una costra seca y polvorosa a los talones indomables de sus hombres esas mujeres no existieron más que como parte de un todo que las sobrepasaba y las anulaba y las desaparecía. Prototipo de rol de mujer se ocuparon de lavar, planchar, cocinar, coser, callar… y rezar. Algunas han dejado la pequeña escama de su nombre titilando como una luciérnaga pálida, bajo el sol endiablado de esta tierra excesiva. Otras dejaron hijos, sudor y lágrimas. Alrededor un gran silencio. El silencio impiadoso de la eternidad.



sábado, 30 de noviembre de 2013

Estampas con fondo verde

   El camino repetido incontables veces a lo largo de cinco lustros puede sernos indiferente. Pero no. A la vera de la ruta, varias veces reciclada y mejorada en estos más de veinticinco años, un paisaje inminente y siempre nuevo nos acuna los ojos y nos aliviana el corazón.
   Viaje de mediodía caluroso, hora impregnada de sudor y de una ardiente llamarada anaranjada que reverbera en el tramo final de la cinta grisácea y pegajosa. El ómnibus, una chatarra traqueteante, estrecha, recargada, acumula olores y gemidos, charlas grotescas, familiares o exóticas, dentaduras melladas de pobres campesinas de anchas caderas o de caras agrietadas, o con todo eso junto. El ómnibus es lugar de reencuentro, solidaridades, niños con mocos y pequeñas princesas emperifolladas con moños y puntillas. Aborígenes tímidos de El Pastoril se trepan desconfiados y tristes, hablan suave y opaco, tratando de ocupar su estrecho lugar sin molestar. Criollas charlatanas despellejan amigas comunes, hombres toscos se hacen bromas rudas y ríen a carcajadas. El ómnibus es un microcosmos donde se cruzan todas las clases, los gustos, las edades.
   Afuera el paisaje se va quedando, con sus casitas grises o blancas, como una larga estampa que fuera cambiando con el tiempo. Pueblos melancólicos se han ido extendiendo como salpicaduras de espuma, ganándole espacio al monte achaparrado, derrotado. El Pueblo Díaz era casi fantasma hace veinticinco años, ahora es una comunidad de casitas enredadas entre calles irregulares que imitan los lazos de un moño grande. Peguriel era solo un nombre, ahora hay vacas gordas pastando en potreros feraces y las casas viejas del pasado se ven florecientes, con plantas y gallinas en el patio. Coronel Du Graty, pretencioso y colorinche en el pasado, ya no es tan florido ni tan coqueto. Pero se ha vuelto ancho hacia el norte y hacia el suroeste mientras un basural al aire libre en el lomo cocinado de incendios le afea la espalda de chacras y viveros. La urbanidad siglo XXI no siempre les hace bien a los pueblos pequeños.
   Mucho más adelante caminos mejorados con ripio y anchas llanuras desmontadas rinde culto a la extensión de la frontera agropecuaria. En medio de esos campos se percibe algún techo de la llamada Villa Correa, o El Ñandubai, o ….. algo así. Lo que fuera también una colonia de campesinos desahuciados se está convirtiendo en un pueblo, a pesar de que como en todos estos lugares los jóvenes siempre se van.
   Al final de algo más de una hora de viaje zangoloteado y ruidoso, se ven las casuarinas costeras de Santa Sylvina. Santa Sylvina con sus murales y portalones de acceso tan kitch, con su juventud frívola, con sus sueños rotos, con sus luchas internas y agobiantes, con su esperanza, pueblos del interior, siempre apabullados de soledad, siempre deseantes del afuera.
   De Villa Ángela a Santa Sylvina, desde una ventanilla con visillos sucios y pringosos, junto a niños pegajosos de caramelos, resistiendo  la música machacona y desquiciante con un verso secreto de Conrado Nalé Roxlo (mi corazón eglógico y sencillo se ha despertado grillo esta mañana), vamos mirando las mutaciones magníficas de la cinta de mundo que nos ofrece este Chaco inigualable. Verde en siestas de agreste primavera, florecidos hasta lo indecible sus garabatos y sus chañares, grandes matas de flores amarillas o lilas en las orillas de los campos o las banquinas. Marrón y gris a fines del otoño, rastrojos sin final, tierra arrasada esperando la lluvia, negros pájaros acechando los terneritos recién nacidos o los pollitos graciosos e indefensos. En el invierno sábanas interminables de escarcha y un vapor de gasas inasibles estirando dedos agrios hacia el cielo.  Y el girasol con sus ojazos dorados bajo la luz de noviembre. Y el algodón lleno de flores de un rosado que vira hacia el amarillo suave, sedoso, inmaterial.
   Cuando se tiene la suerte de ocupar el primer asiento, y nadie se interpone entre el paisaje y los ojos, se aprecian mejor los pastores con sus cabras o sus vacas, bajo el sol imperioso, hombres simples y un poco tristes que saludan al paso levantando la mano. Si el conductor es amable incluso les envía un bocinazo, que seguro alegrará por unos minutos ese día de guardia interminable.
   En los viajes nocturnos, lo mejor es la luna. Las casuarinas parecen (y sé que la imagen no es original) ciegos monjes mirando a la distancia, los ceibos redondean su copa enrevesada y una plácida lechada de silencio blanco asabana la mágica distancia. Hay sobre el mundo, bajo esa luz ajena y desvaída, un profundo latido de eternidad. Una eternidad que dejamos atrás kilómetro a kilómetro, de una ciudad en otra, de una ventana iluminada a otra, de un árbol oscuro y quieto a otro árbol, más ciudadano, donde duermen, arrullándose tiernos, los gorriones.
   A veces viajamos bajo torrenciales bocanadas de lluvia o vientos rugientes, tremolantes. Dioses furiosos, antiguos, desterrados, muerden el lomo rasguñado de la tierra, deseando volver, buscando reintegrarse al oscuro terrón, a la retorcida y profunda raíz, al verde que renace en infinitos círculos de vida nueva. Los pueblos del interior del Chaco amanecerán mañana hablando de la lluvia, de árboles arrancados de raíz, de grandes lagunas pasajeras donde pájaros blancos y espadañas de hojas esmeraldinas florecerán en alas sonrosadas y canutos dorados.
   De Villa Ángela a Santa Sylvina no solo hay una cinta de asfalto. Hay, más que nada, un mundo que se hace y se rehace sin final, paciente y resistente, maravilloso y pleno. Cuando cierre los ojos, para volverme polvo, como debiera ser, aún estaré viendo esos árboles, esos pueblitos nuevos, esos niños. Y querré todavía que ellos amen ese verde… ese verde.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Sentido de urgencia

   Todos hemos mirado las fotografías, las desgarradoras y mediáticas imágenes de Filipinas: esa ciudad, para nosotros desconocida, lejana, exótica. Hemos sentido la pena momentánea y efímera de aquello que pasa muy lejos, que nos afecta con un leve temblor de empatía. Pero enseguida entramos al facebook y lo olvidamos todo porque allí hay abracitos, y hay cartelitos ingeniosos sobre la independencia de la mujer y sobre la buena onda y sobre el carpe diem.
   El cambio climático ha llegado. Es como esas visitas de las que se habla mucho, se anuncian y se anuncian, hasta que un día están a la puerta y toda la familia descubre, por fin, al desconocido que fuera tema de conversación, sobre el que circulaban leyendas pintorescas y terribles. Era verdad, existía. Ahora, cuando ya nos habíamos acostumbrado a que fuera un personaje de ficción, se aparece ante nosotros, tan carnal, tan verdadero, tan concreto.
   El cambio climático, resultado directo de la aceleración del calentamiento global, aceleramiento al que la actividad humana ha aportado mucho, casi demasiado, está aquí. No está ya llamando a nuestra puerta, como el lobo malo que soplaba y soplaba para derrumbar las casas de los tiernos chanchitos. Está dentro de nuestra casa, y arriba y alrededor. Es como un abrazo de constrictor: Asfixia, resquebraja, mata.
   Hay algunas personas que han planteado el riesgo y las posibles, seguras consecuencias con énfasis, con conocimiento, e incluso con valentía. Al margen de las críticas y acusaciones que se le hagan, Al Gore es uno de los hombres con poder que más ha trabajado para crear conciencia y generar cambios estratégicos en las políticas de las grandes potencias, empezando por su propio país, respecto de la cuestión climática.
   Su trabajo ha sido reconocido pero no es popular. Acerco un enlace interesante para ver una de sus conferencias y apreciar la lógica de su discurso y la fuerza de su entusiasmo en el intento de convencer, a los estados y a los particulares, de la urgencia que requiere el problema del cambio climático.
                                 http://video.ted.com/talk/podcast/2008/Impala/AlGore_2008.mp4
   Si, como debería ser, esta cuestión se convierte para vos en una urgencia, recomendá este y otros documentales de Al Gore. Desde el Boulevard intentamos, tan chiquitos nosotros, cambiar el mundo, este poquito de mundo. Es urgente.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Paisaje de muerte

   Paisaje trastrocado. El ancho bulevard vuelve a vivir, como todos los años, el día de los muertos. Vendedores de flores de papel, de plástico, de pasta, flores artificiales, colorinches y tristes. Tristes vendedores suplicantes ofreciendo paquetitos de velas, ramilletes de pétalos mentidos, jalonan el camino, extienden sus manos y te miran con ojos desolados. A veces, es más triste la vida que la muerte.
   En el extremo del bulevard, frente al puente alto que lleva a la entrada principal del cementerio, ha crecido una tusca, verde, luminosa, coqueta. Es una adolescente fresca y grácil, la tusquita, solita y sola mece su cabellera en el aire enamorado y asoleado, aprovechando el fresco que trajo la lluvia tormentosa de la noche pasada. Viudas y huérfanos pasamos a su lado rumbo a la casa muda y seca donde aguarda el muerto que nos ha tocado en suerte. A veces la vida es tan indiferente con la muerte.
   Guardias urbanos con ropa oscura y un chaleco fosforescente organizan la entrada de autos y de motos. Hay bicicletas, también. Pero en vano buscar un carro, una volanta: el tiempo ha pasado y trajo este paisaje tan distinto. Tampoco hay heladeros. Sobre las tumbas humildes los niños saltan, corren, ríen persiguiéndose traviesos y dichosos. A veces, la muerte se cambia de sonrisa y de peinado.
   Al costado oeste del cementerio hay un gran descampado verde, alto. Muchachos gritones juegan un picado de fútbol sin importarles la conmemoración que se desarrolla a cien metros de sus corridas, de su sudor juvenil, de su entretenimiento de cada fin de semana. No hay llantos en el cementerio, salvo una mujer mayor que se inclina sobre una cripta fresca y se seca dos lágrimas detrás de sus anteojos de sol. Lo demás es apenas trajín, idas y venidas. A veces, la muerte cambia su música.
   El cementerio ha extendido su predio solariego en al menos tres manzanas más desde aquellos tiempos de la infancia perdida. Un hombre robusto y rozagante se detiene frente a mi acurrucada tristeza y pregunta si éste es el fulano muerto que él busca. No creo. Le hago una síntesis de la vida de mi padre y él me da ciertos datos sobre su propio muerto. Sólo coinciden los apellidos. El hombre se aleja espiando entre los nuevos muertos, perdido, buscando su perdido muerto. Siempre, nunca a veces, la muerte es una pérdida.